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Archivo para la Categoría "Cosas de familia"

Buenas tardes, Mona

18 Marzo 2009 kotinussa 9 comentarios

Empezaré explicando, para los que no se dediquen a lo mío, que además de las clases, las reuniones diversas, las tutorías, las entrevistas con padres y las horas de guardia para sustituir a los compañeros enfermos, en nuestro horario se incluyen también “guardias de recreo”, es decir, pasearnos por el patio intentando que éste se parezca lo menos posible a un patio de instituto: niños jugando al futbol a lo bestia, parejitas morreándose detrás del gimnasio, chavales inconscientes poniendo en peligro su integridad física haciendo toda clase de actividades peligrosas, etc.

Continuaré diciendo que mi centro no es un colegio de primaria, sino un instituto de secundaria. De ello resulta que no hay nadie jugando “al corro de la patata” o “al pañuelito”. Es decir, que todos y cada uno de los alumnos, ya mayorcitos, están dedicándose a todo eso que debes evitar: colgándose de los pies de una portería de futbol, saltando la valla que da a la calle para recuperar una pelota o dedicándose a las peleas en grupo (no pasa nada, profe, es en broma, si son mis amigos).

Es fácil deducir que todo esto es para nada, pues tres profesores no pueden vigilar a más de doscientos niños al mismo tiempo, que además están separados por dos edificios que te impiden verlos a todos a la vez. Ni aunque nos pusieran una torreta y unos prismáticos como los vigilantes de la playa, podríamos controlarlos a todo.

Una vez que haya ocurrido el accidente o incidente, tampoco puedes hacer nada. Aunque la ley te obliga a tener unos botiquines bien surtidos, no puedes darle a un niño al que le duele la cabeza una aspirina infantil, ni siquiera con autorización paterna. Y mucho menos curar heridas, coger puntos o poner una venda. Debes llamar a casa de la criatura para que pasen a recogerla, o llevarla al hospital más próximo, dependiendo de la gravedad del asunto. Pero sin intervenir de otra manera, no sea que los padres pongan un pleito al instituto. En cambio, tanto en mi colegio como en el de mi hermano, había una enfermería donde se pasaban la mañana reparando toda una serie de pequeños desperfectos, y acto seguido te mandaban para clase como si nada hubiera pasado. Y los padres, agradecidísimos.

En fin, que pasa lo que tiene que pasar, que es lo que ha pasado siempre. Nunca falta un alumno con muletas por una mala caída jugando al futbol o una “amable” patada de su amigo del alma. Pero a diferencia de otras épocas, ahora estamos siempre con la espada de Damocles sobre nuestras cabezas, temiendo que cualquier padre te monte un pollo, tanto por no proteger a su niño como por protegerlo demasiado (intromisión en su vida privada). No vale de nada decir que si le has repetido a los niños doscientas veces las cosas que están prohibidas, y el niño las hace de todas formas, algo de responsabilidad debe caerle al angelito.

Por otra parte está lo que también ha ocurrido siempre: que al gordo le llaman gordo; a la que tiene gafas, cuatroojos; al que es bajito para su edad, enano y todo ese repertorio de lindezas y motes que se usa desde los tiempos de los egipcios. Por supuesto, se supone que debemos tener un detector de mentes para saber inmediatamente si a un niño le han dicho algo desagradable cuando no había ningún profesor delante. Y por supuesto, suele servir por parte de los padres como excusa perfecta para todos esos alumnos que no dan un palo al agua, no estudian, no traen el material a clase, dejan los exámenes en blanco y se pasan las horas molestando o, simplemente, durmiendo.

A pesar de toda la cháchara pseudopedagógica con que nos tratan de aturdir, sabemos que pasa lo de toda la vida, que los alumnos buscan siempre la manera de hacer lo menos posible, que son crueles entre ellos, que son egoístas, que estudiar les aburre (porque la verdad es que estudiar, así en general, es un coñazo cuando tienes quince años). Por parte de ellos nada ha cambiado. Y para muestra, un botón.

Década de los 40, en un colegio marianista. Hay un profesor que, como todos, tiene su mote. Éste parece un gran simio, y tiene unas manazas como palas de remo. Le llaman “el Mona”, por supuesto a escondidas. Mi padre llega una tarde un poco tarde a clase y supongo que de los mismos nervios, sabiendo la reprimenda que le espera, se le va la pinza y espeta un alto y claro “Buenas tardes, Mona. Me cago en tu padre”. El Mona se pone tan furioso que parece que le va a dar un ataque y, cogiendo impulso, lanza una de aquellas manazas para darle un guantazo a mi padre, directamente, pedagogía de la buena. Mi padre se agacha a tiempo y la mano del Mona le pasa a dos palmos sobre la cabeza. Después, visita al despacho del director, por supuesto, y castigo. Su suerte fue que en ese momento mi abuelo estaba destinado en Ceuta y mi abuela estaba acompañándole. Los niños están a cargo de “tata Moma”, la niñera que ha cuidado de los doce hermanos y que se quedó en la casa para siempre. Eso lo libró de que mi abuelo triplicara el fallido intento del Mona, pero sin fallar.

Cualquiera que hubiera conocido después a mi padre encontraría difícil creerse esta historia, porque era la persona más correcta y educada que se pueda imaginar. Pero los nervios lo traicionaron en aquel momento de esa manera.

Por eso, porque sé por sus relatos lo que era un patio de colegio en los años cuarenta y luego, por experiencia propia, en los sesenta y los setenta, no voy a echarle la culpa de nada a los niños. Por ahí no ha cambiado casi nada. El cambio está en los gili-padres, en los gili-políticos y en las gili-leyes.

Por cierto, mi padre, con su hazaña, se convirtió en el héroe de la clase durante una temporada, hasta que otro la hizo más gorda aún.

El blog de la tía Pepa

12 Marzo 2008 kotinussa 19 comentarios

A finales de mes, con la excusa de una reunión de trabajo y aprovechando el puente del día de Andalucía, pasé cuatro días en Madrid. En agosto me había quedado con las ganas de conocer la ampliación del Prado y en esta ocasión hice la visita que tenía pendiente.

Junto con esos grandes cuadros de tema histórico que todos hemos visto docenas de veces en los libros (El testamento de Isabel la Católica, La campana de Huesca, Juan de Austria presentado a Carlos V en Yuste, La vocación del duque de Gandía, etc…) me encontré de pronto con una pintura de la que tenía noticia pero que nunca había podido ver. Se trata de la que se considera la mejor pintura de Esquivel, y pieza capital del Romanticismo español. Esquivel retrata a las personalidades culturales más importantes del reinado de Isabel II como si todos estuvieran asistiendo a una lectura de Zorrilla en el estudio del pintor. En realidad es una reunión ficticia puesto que los cuarenta y tantos personajes retratados nunca llegaron a posar juntos.

Mi curiosidad se debía a que uno de los personajes representados en la pintura es Eusebio Asquerino, popular poeta y dramaturgo de la época. Su hermano Eduardo también fue poeta y dramaturgo, pero además periodista, dueño y director de un periódico y político (progresista, diputado en Cortes, senador y ministro plenipotenciario). No he conseguido aclarar cuál de los dos fue más famoso o mejor escritor, pues casi siempre se les cita a ambos juntos, ni por qué Esquivel incluyó en el cuadro a Eusebio y no a Eduardo. Quizás porque en esa época Eduardo estuviera viviendo en el extranjero, dedicado a su carrera diplomática. Estuvo destinado en Chile, en Bélgica y en Austria durante bastantes años. El caso es que Eduardo Asquerino era mi tatarabuelo, así es que por ese lado de la familia tengo a dos escritores de cierta fama, sobre cuya obra se han llegado a hacer tesis doctorales.

Una hija de Eduardo se casó con un militar, mi bisabuelo Gabino. Y este bisabuelo tenía un hermano y una hermana, Luis y Pepa. Luis y Pepa permanecieron solteros, y vivieron siempre juntos. Cuando Luis, que llegó a general, como su hermano, se retiró, ambos se fueron a vivir a lo que entonces era un pueblecito muy tranquilo de la costa gaditana, hoy un hervidero de gente a causa del turismo y de sus preciosas playas. Por la cercanía de este lugar con Cádiz, los tres hermanos pasaban mucho tiempo juntos. Pero más que ambos hermanos me interesa ella, conocida en la familia como la tía Pepa. En las fotos que se conservan aparece siempre vestida al estilo de fines del siglo XIX y principios del XX, con esos trajes de cuello alto y polisón, usando corsé a pesar de su edad, como atestigua la cinturita de avispa. Podría parecer que una dama así se aburriría mortalmente en un pueblecito de pescadores de aquella época, pero lo cierto es que parece ser que allí era muy feliz. Eso sí, jamás dejó de vestirse y arreglarse tal como estaba acostumbrada. Una señora de aquel pueblecito a quien ya conocí de mayor y que entonces era una niña me contó que los crujidos de sus faldas de moaré y sus varias enaguas almidonadas se oían de lejos cuando andaba.

El caso es que tía Pepa se convirtió en el personaje del lugar. Era tan metódica en su vida diaria que en una época en la que sólo media docena de hombres del pueblo tendrían reloj (incluyendo a su hermano), la vida de la gente se regía por los pasos de la tía Pepa. “Niños, a comer, que acaba de pasar doña Pepa camino de su casa“, decían las madres a los niños que jugaban en la calle. Y no se equivocaban ni en dos minutos.

Los padres de la tía Pepa (otros tatarabuelos míos) habían pensado en su momento que una señorita de la época y de su posición no necesitaba estudiar nada de nada, pero la tía Pepa, que ya de niña debía ser bastante especial, no se conformó con eso. Aprendió a leer y a escribir a escondidas, y además sola. Cuando sus padres lo descubrieron se horrorizaron. Aquello debía ser cosa del demonio.

El caso es que la tía Pepa durante casi toda su vida escribió un blog. Probablemente ella pensaba que escribía un diario, pero aquello no tenía nada que ver con los diarios escritos por señoras de la época ni por las de muchos años después. La tía Pepa no se limitaba a consignar lo que había hecho durante el día, sino que escribía sobre lo que opinaba de lo que pasaba y de la gente que tenía a su alrededor, reelaboraba los recuerdos de otras épocas y los convertía en relatos a veces divertidos, a veces emocionantes. Retrataba a aquel pueblecito con toda su gente, sus fiestas, sus acontecimientos y sus miserias. Y contaba los episodios originados en las visitas de su sobrino (mi abuelo) cuando le llevaba a los niños (mi padre y mis tíos), visitas en las que podía pasar de todo teniendo en cuenta que aquellos niños eran de la piel del diablo. Escribía con la libertad de quien pensaba que nadie leería aquello nunca, y con la tremenda personalidad de quien vivió siempre como quiso, a pesar de la época en la que le tocó vivir.

Supongo que mi tatarabuelo Eduardo y su hermano Eusebio, con sus dramones románticos y sus leyendas en verso, se horrorizarían si leyeran mi blog. Pero estoy segura de que a la tía Pepa le hubiera gustado. Y, sobre todo, estoy convencida de que hubiera sido la primera en abrir un blog si hubiera tenido la oportunidad.

Y ahora me voy a dormir, lo que por una gran casualidad hago en la cama que fue de la tía Pepa durante casi toda su vida.

Tal día como hoy, hace dos años: Kotinussa en la selva

Tal día como hoy, hace un año: De película

El retrato

10 Noviembre 2007 kotinussa 23 comentarios

Hace poco más de un año escribí un post sobre las mujeres de mi familia, en el que esbozaba una teoría sobre por qué la mayoría de ellas fueron unas mujeres muy poco corrientes para su época, independientes, casi todas solteras, grandes viajeras, al margen de las modas dominantes y nada frívolas o insustanciales, sobre todo teniendo en cuenta el ambiente en el que habían sido educadas.

En aquel post hablaba de la tía M., hermana de mi abuelo, que se permitió el lujo de dar calabazas una y otra vez a uno de los hombres más ricos de España por no perder su libertad de movimientos y su independencia. Hoy contaré una historia sobre otra tía M., a la que yo conocí durante gran parte de mi vida, pues murió hace pocos años.

¿Qué haría hoy una chica de 18 años si recibiera una enorme cantidad de dinero de una tía riquísima y pudiera gastárselo en lo que quisiera? Probablemente viajaría, se compraría un coche, montones de ropa y quizás hasta una casa.

Cuando M. tenía 18 años recibió de una tía suya la cantidad de 200.000 pesetas, que ahora parece una tontería pero que en 1928 daba para comprar varias casas, por ejemplo, o una finca en el campo. Cuando en su casa le preguntaron qué iba a hacer con ese dinero, M. contestó que quería que Zuloaga le pintara un retrato. Pensaron que era un capricho que pronto se le olvidaría, y le insistieron una y otra vez, a lo que M. siempre contestaba lo mismo. Le propusieron que invitara a varias amigas a hacer un viaje por Europa, y M. a vueltas con el retrato. Al final se convencieron de que la niña estaba decidida y se pusieron en contacto con Falla, amigo de la familia y gran amigo de Zuloaga, para que hiciera gestiones ante el pintor. Zuloaga se extrañó mucho de que una chica de 18 años estuviera tan empeñada en que le pintara un retrato. Era un pintor famoso, pero lo normal es que fuera un padre o un abuelo quien le pidiera que le pintara un retrato a una hija o una nieta, y que ésta lo considerara una pena de dinero gastado.

Zuloaga aceptó el trabajo pero no se lo puso fácil a M., haciéndole saber que la pintaría en su estudio de París. La chica no se amilanó y buscó la manera de trasladarse a París con otra tía suya que tenía en esa ciudad un piso, para pasar allí los meses necesarios para pintar el retrato.

Cuando M. llegó por primera vez al estudio de Zuloaga, éste le enseñó un buen número de trajes que tenía allí para que eligiera uno para posar, y M. eligió uno azul. Zuloaga intentó convencerla una y otra vez para que eligiera otros vestidos, porque el azul no era un color que se le diera muy bien. Pero M. no había llegado hasta ese momento para dejarse convencer fácilmente, y no cedió. Al final fue el vestido azul.

Las sesiones de posado se prolongaron tres meses, y cuando la pintura estuvo terminada Zuloaga había quedado tan encantado con el retrato que le dijo a M. que había decidido quedárselo para él. Pero ya sabemos que ella, a pesar de su juventud, era tremendamente decidida. Y con una firmeza impropia de una chica de esa edad, sobre todo en una época en la que a las mujeres se las educaba para que fueran dóciles y manejables, no dio ni un paso atrás. La chiquilla de buena familia, pero de ciudad pequeña, frente al gran artista, estuvo firme como una roca.

Zuloaga, que después de varios meses de trato constante con ella ya debía conocerla bien, se resignó a dejar ir la que pensaba que era su obra favorita. Y le pidió un favor: que si podía volver a ver el cuadro alguna vez. M. le dijo que cuantas veces quisiera verlo, lo tenía a su disposición. Así que, de tanto en tanto, Zuloaga anunciaba que se iba a ver “a su novia de Cádiz”, que no era M., sino el retrato. Pasaba varios días en la ciudad, y cada día se acercaba a casa de M. para contemplarlo un rato.

Yo conocí a M. cuando ya era una señora madura, y siempre me pareció una persona extraordinaria. Cultísima, amable, educada, refinada, de conversación interesante. La lógica continuación de aquella chica de 18 años que, con una gran cantidad de dinero entre sus manos, sólo quería tener un retrato pintado por Zuloaga. De todas las poco corrientes mujeres de la familia, aquella a la que yo siempre quise parecerme.

Cuando murió hace unos años dejó en su testamento el retrato de Zuloaga al Museo de Cádiz, y allí está expuesto. Pero sólo unas pocas personas de la familia conocen la historia del cuadro. Ahora vosotros también la sabéis.

Categorías:Cosas de familia

La agenda de mi madre

24 Julio 2007 kotinussa 23 comentarios

Ayer mi madre me pidió que mirara un número en su agenda, porque se había puesto unas gotas en los ojos y no podía leer. Después de recorrer varias veces las tres páginas de la letra P, le dije que el número de Pili no estaba. Como insistió en que tenía que estar, volví a mirar varias veces más, y el número no aparecía por ninguna parte. Miré entonces por la letra del apellido, aunque mi madre aseguraba que ella nunca los organizaba de esa manera, y tampoco.

No había forma, y al parecer la culpa era mía, porque el número estaba ahí. Como no tenía ganas de discutir me olvidé del asunto, hasta que un rato después mi madre apareció triunfante, con la agenda en la mano. Me la puso delante de la cara y en la letra “C” estaba el siguiente apunte: “CARMEN (su prima Pili)”. ¡Y pretendía que yo lo encontrara! Cogí la agenda y tuve la paciencia de repasarla de principio a fin, con el resultado de encontrar 22 números que no estaban apuntados en una letra con la que tuvieran la menor relación.

Mi madre encontraba las explicaciones más retorcidas para justificar la inclusión de los números en el lugar donde estaban, aunque ella lo encontraba todo muy normal. Recordé entonces dos ejemplos.

Cuando trabajaba en el Museo, un día necesité los números de teléfono de unos estudiantes que colaboraban con nosotros. La persona que se ocupaba del teléfono era una señora mayor, a punto de jubilarse. Cogí su agenda y le di un millón de vueltas, hasta que encontré juntos los números de todos los chicos en la letra “N”. Allí estaban, bajo la descripción de “NIÑOS” (tenían alrededor de 20 años, pero para Mari Pepa debían resultar unos niños).

El otro ejemplo se refiere a una amiga de mi abuela, que tenía el número de teléfono de la pastelería “La Camelia” en la letra “E”, con la siguiente anotación: “ENSAIMADAS (buenísimas)”.

Como no conozco otros casos que los descritos, supongo que es una manía que les debe dar a todas las señoras de cierta edad. Sea como sea, ruego al cielo no tener que buscar con prisas un número en la agenda de mi madre.

Hay familias y familias

20 Mayo 2007 kotinussa 14 comentarios

Hace una semana se celebró el Día Internacional de Internet, que no sé muy bien para qué sirve, pero por lo menos da para que se escriban muchos artículos sobre el tema. Leí unos cuantos y, cómo no, había varios sobre los blogs. En uno de ellos se advertía de lo malo que es hacerse adictos a la cosa esta, como ocurre con todo. Y se daban unas pistas para averiguar si uno puede seguir tranquilo o debe plantearse abandonar. Por lo visto hay que dejar de escribir un blog: a) si uno empieza a considerar que cualquier cosa es susceptible de convertirse en tema de un post; b) si uno no deja de escribir en fines de semana y vacaciones; c) si uno empieza a escribir sobre la familia.

Con la primera condición no hay problema. Hay cosas sobre las que no escribo y punto. Después de leer este post os preguntaréis: Pues si estas son las cosas de las que escribe, ¿cómo serán aquellas de las que no escribe? No tiene nada que ver. Hay temas sobre los que no escribo aunque sean mucho más suaves e inofensivos.

La segunda condición ya no la cumplo. Precisamente en fines de semana y vacaciones tengo mucho más tiempo libre, y puedo dedicarme a escribir con tranquilidad, en lugar de aprovechar pequeños ratitos a salto de mata para dejar un comentario o publicar un post. A veces lo que hago es aprovechar fines de semana para escribir algún post y dejarlo ahí, en la nevera, listo para ser utilizado a lo largo de la semana.

La tercera condición tampoco la cumplo. Pero es que me parece que no soy la única, ni mucho menos. Mucha gente, en un momento u otro, ha contado cosas sobre la familia.

En resumen, que según ese bien intencionado artículo, debería dejar ya de escribir un blog antes de que esto se convierta en algo peligroso para mi estabilidad mental. Como siempre he tenido una extraña querencia por hacer lo contrario de lo que me aconsejaban, voy a hacer lo contrario, que es ahondar más en el tema familiar, porque siento la necesidad de contar la parte de mi historia que nunca he comentado con nadie. Son cosas que todavía me duelen, quizás porque están ahí, escondidas y pudriéndose en el fondo de mi memoria. No sé si sacándolas a tomar el aire se van a esfumar o no, pero es lo que me queda por probar.

Cuando leo lo que otros escriben sobre la cuestión familiar, creedlo, me pongo amarilla de envidia. Todo el mundo tiene recuerdos bonitos de la infancia, de reuniones familiares, de juegos con hermanos y primos y cosas así. Yo siempre me he extrañado de no tener prácticamente recuerdos anteriores a los ocho años. Ahora pienso que puede ser algo que mi cerebro ha borrado precisamente como autodefensa. Es cierto que con el tiempo los momentos malos quedan atenuados, y los buenos, en cambio, se recuerdan vívidamente. Si no fuera así y los malos momentos se siguieran recordando con la misma intensidad, acabaríamos tirándonos a las vías del tren.

Si yo escribo sobre la familia, en cambio, todo sabe amargo. Este post no es ingenioso, ni divertido, no trata de lugares exóticos ni se mete con políticos sinvergüenzas. Es sólo un desahogo, que no pretende más que hacer un poquito de limpieza en mis recovecos sentimentales. Si sirve de algo o no, ya os lo diré.

Mis padres se casaron en medio de una tremenda oposición por parte de las dos familias, que no se trataban antes de la boda, apenas durante, y prácticamente nada después. Mi madre salió de la iglesia ya casada sin conocer todavía a sus cuñadas, y varios de sus cuñados se las habían arreglado para buscarse una excusa para no estar en la ciudad el día de la boda. Mi abuela paterna se negó a ser madrina de la boda y, en general, todo el mundo puso todos los inconvenientes posibles.

En esas circunstancias, lo normal una vez tomada la decisión de tirar para delante, hubiera sido pasar de todo el mundo y hacer su vida, pero ellos se empeñaron en seguir como si no hubiera pasado nada, con lo que vivieron durante muchísimos años en medio de una tensión constante, que no se calmaba, y lo que es peor, nos hicieron vivir a mi hermano y a mi en medio de esa tensión. Mi madre estaba y está convencida de que lo más importante es lo que los demás piensen de nosotros, y que al final somos solamente lo que los demás dicen que somos. Como a ese matrimonio nadie le auguraba más de dos días, mi madre se empeñó en demostrar a todo el mundo que se equivocaba, dando la impresión de que las dos familias estaban encantadas y felices.

En lugar de tratar de vivir feliz, mi madre centró su vida en tomarse la revancha de las humillaciones que para ella supusieron todos los acontecimientos alrededor de su boda. Ella iba a conseguir que mi abuela reconociera su error y acabara considerándola la mejor de todas sus nueras con lo cual, de paso, ella se sentiría rehabilitada ante la sociedad gaditana. La forma de conseguir esto sería dándole a mi abuela los nietos PERFECTOS, muy por delante de todos los demás en todo. Al final, estaba segura, mi abuela agacharía la cabeza, apabullada por el hecho de tener, gracias a ella, los nietos ideales.

Con lo que ella no contaba es que mi abuela y ella tenían ideas muy diferentes acerca de la perfección, y los valores de mi abuela no tenían nada que ver con los que ella nos inculcaba. Por lo tanto, y hasta el fin de su vida, mi abuela y todo el resto de la familia paterna nos siguió considerando con total indiferencia, sin molestarse en disimularlo, además.

Cuando yo nací mi abuela ya tenía cinco nietos, pero todos varones. Después de mí, siguieron llegando: uno, dos, tres, cuatro…, más varones aún. Por eso mi madre se centró sobre todo en mí, más que en mi hermano, porque de momento yo no tenía competencia, otras nietas con las que comparar. Eso explica que las presiones estuvieran centradas en mí.

Fui educada en medio de la incoherencia más absoluta, en medio de consignas aparentemente incompatibles, lo que unido a la tremenda tensión que se respiraba en el ambiente, no contribuyó precisamente a hacer de mí una persona con seguridad y confianza en mí misma. Todo lo que soy, en ese sentido, es fruto de una reconstrucción llevada a cabo posteriormente, que no pudo ser posible hasta que me marché a vivir fuera y encontré gente que me ayudó a tener mejor imagen de mí misma. A veces creo que al final me pasé, pues a veces peco de excesiva seguridad y autoestima. Es muy difícil encontrar el punto de equilibrio cuando tus referencias son tan confusas.

Por ejemplo, hasta el final del bachillerato yo viví totalmente presionada para sacar las mejores notas posibles. Sólo se admitía el sobresaliente, el notable era un fracaso. Con el bachillerato terminado con quince años, hice COU, lo que no servía para nada más que para ir a la universidad, ya que no añadía ninguna titulación. Con el COU terminado y la selectividad aprobada con dieciséis años, con un expediente brillante y la recomendación de todos mis profesores de que hiciera la carrera de Ciencias Exactas, me dicen en casa que qué tontería, que estudiar una carrera para qué. Entonces, ¿para qué esa obsesión por los sobresalientes? Pues se esperaba que mi abuela quedara impresionada, ya que el resto de mis primos no llegaban a esos niveles. Eran inteligentes, pero no se mataban a estudiar, lo que no impidió que la mayoría de ellos hicieran luego carreras brillantes. Como resultado, nada de eso había servido para nada, pues a mi abuela le importaban un bledo mis sobresalientes. Es más, me consideraba un poco rara por todo ello. Y una vez que ya quedaba claro que mis notas no iban a impresionarla, ¿para qué seguir con más estudios? Nadie pensó en qué era lo que a mí me podía gustar o convenir. No sé si os hacéis idea de la empanada mental que se puede tener a los dieciséis cuando ves que en tu casa no hay problemas económicos, que tienes unas notas de sobresaliente y, a pesar de todo, no quieren que sigas estudiando.

Con mucho esfuerzo conseguí que me dejaran estudiar una carrera pero, por supuesto, no fue aquella en la que destacaba; al fin y al cabo, ¿qué tontería es esa de dedicarse a aquello que hacemos mejor? ¿Qué capricho es ese de empeñarnos en lo que nos hace felices? Me permitieron estudiar algo prácticamente opuesto a lo que yo quería, con la esperanza de que me aburriera pronto.

Otro ejemplo. Yo tenía que ser brillante, pero al mismo tiempo no destacar, no llamar la atención. Se me advertía constantemente que en el colegio no me presentara voluntaria a nada. Si alguien me puede aclarar cómo se consigue sacar sobresaliente en todo sin que nadie se dé cuenta, agradecería la explicación.

Tampoco se me facilitó el tener amigas, porque más allá del colegio no me dejaban tener contacto con otras niñas. No podía llevar amigas a casa ni ir a casa de nadie. Crecí bombardeada por la idea de que si alguien demostraba que quería ser mi amiga era mentira, porque en el fondo la gente es muy mala y sólo querrían aprovecharse de mí, para que las ayudara con las tareas, o para usar mis juguetes. Jamás se me dijo que yo podía tener cualidades que hicieran que otras personas me quisieran por mí misma. Esta obsesión de mi madre respondía al hecho de que, en ese plan por conquistar a mi abuela, yo no podía ser una niña callejera, amiga de salir.

A todo esto le podemos sumar que mi familia paterna siguió ignorando todas estas “maravillosas cualidades” y mostrando su absoluta indiferencia por mí sin ahorrarme toda clase de humillaciones. Por ejemplo, mis tías eran ricas, caprichosas y tenían los armarios que se caían abajo de ropa. Se aburrían enseguida de cualquier cosa que compraban y para hacer sitio a nuevas adquisiciones, y de paso humillar a mi madre un poquito más, le daban para mí la ropa que ya no querían. Mi madre, en lugar de tirársela a la cara, la aceptaba con una sonrisa. No iba a arriesgar todo el plan enfadando a mis tías. La ropa que mis tías despreciaban era buena, buenísima, de las mejores marcas, y estaba prácticamente nueva, pero es lógico que una niña de quince años no quisiera vestirse con lo que desechaban unas cuarentonas. Pues mis razones no valían de nada, y mi madre me obligaba a vestirme con ella, pensando que eso haría que mis tías me miraran con más benevolencia. Todo eso acentuaba aún más mi inseguridad y mis complejos, ya que cada vez se me veía más distinta de las niñas de mi edad.

Estos son sólo unos pocos ejemplos, escogidos para que el post sea medianamente inteligible y no demasiado largo pero, como podéis suponer, hay más, bastante más. Básicamente se puede resumir en que mi papel en la vida era tratar de agradar a unas personas que pasaban completamente de mí, para que otras personas se sintieran justificadas.

Cuando mi abuela murió yo tenía veinte años, y estaba en Sevilla estudiando 4º de carrera. Mi madre no había conseguido lo que se había propuesto, pero nunca, hasta el día de hoy, ha reconocido haberse equivocado. Se jacta de habernos educado perfectamente y, lo que es peor, a pesar de mi total docilidad a sus planes, varias veces me ha echado en cara que de las ilusiones que se había hecho conmigo no se han cumplido ninguna.

Yo llegué a Sevilla hecha un lío. Por un lado creía que era un fracaso y que no valía nada. Por otro, empezaba a pensar que a lo mejor aquello no era cierto, porque otras personas opinaban lo contrario. Mis tres amigas del colegio llevaban ya tres cursos estudiando en Sevilla, por lo que no me encontré sola. Vivíamos juntas en el mismo Colegio Mayor y gracias a eso conocí rápidamente a un montón de gente. En la primera semana conocí a P., que fue mi primer novio serio. P. era guapo, simpático, divertido, el alma de todas las fiestas, el “soltero” más cotizado del círculo en el que yo me movía. Hasta ese momento ninguna había sido capaz de “cazarlo” y yo nunca me lo propuse. Estaba convencida de ser alguien insignificante, por lo que no acababa de creeerme que P. pudiera interesarse en mí. Al pobre le costó trabajo convencerme.

Algunos años después, P. empezó a hablar de casarnos. Yo entonces me di cuenta de que no quería casarme con él. Éramos demasiado distintos, prácticamente opuestos en bastantes cosas, y ambos teníamos que estar continuamente cediendo en cosas importantes para no tirarnos los trastos a la cabeza. Era encantador, pero frívolo e irresponsable. Quizás con diez años más habría cambiado, pero en aquel momento no era la persona con la que yo me pudiera casar. Me pareció que no debía tenerlo engañado así que, cuando el pobre menos se lo esperaba, lo dejé. Cuando lo comenté en casa, mi madre me dijo que estaban esperando a que yo lo dejara, pero que si no hubiera sido así, ellos me hubieran obligado a dejarlo, porque no les gustaba y nunca hubieran permitido que nos casáramos. Yo entonces le dije: “Como la abuela contigo ¿no?”. Si ella lo hubiera admitido, lo habríamos hablado. Si se hubiera callado, yo hubiera entendido que lo admitía y quizás me hubiera conformado con eso. Pero lo que hizo fue responderme que no dijera estupideces porque no eran casos comparables.

Esa ha sido siempre la tónica general. La no admisión de fallo alguno y la insistencia en que todo son imaginaciones mías. Hasta el día de hoy. Y yo, mientras tanto, cada vez he tenido más claro que me he pasado media vida pagando por decisiones que otras personas tomaron antes de que yo naciera.

Mis recuerdos de la infancia…

Cuento de princesas

23 Abril 2007 kotinussa 15 comentarios

El ser una bloguera desconocida y no una columnista de suplemento dominical tiene indudables ventajas. Una de ellas es que, amparándome en el anonimato, puedo contar mis cosas sin maquillarlas, sin fingir que todo es precioso. Como resultado, es posible que los que me leéis terminéis conociéndome mejor que muchos que son mis vecinos desde hace 27 años, mis compañeros de trabajo desde hace 15 o mis médicos desde hace 21. Lo que yo soy no se puede explicar satisfactoriamente por la cara que doy en las cenas con amigos, en las reuniones de antiguos compañeros de clase o, incluso, en las celebraciones familiares. Hace falta, para completar el cuadro, ese acontecimiento que se escondió en el último rincón de la memoria o ese personaje que nunca se nombra.

Por lo pronto, para conjurar los demonios de mi infancia, seguiré recordando a una de mis abuelas. Más que nada para que Wolffo, que se ha brindado amablemente a ser mi abuela en adelante, tenga claro cómo no debe ser.

Mi abuela, la rubia, la alta, la que nunca encendió una cerilla, parecía una princesa. Literalmente. Si pusiera aquí su foto se la podría confundir con una de las hijas del zar Nicolás II o cualquier otra de las nietas de la reina Victoria de Inglaterra.

Mi abuela, como toda princesa, vivía en un palacio. Literalmente. Así lo describen los libros: “Casa palacio de M. Estilo isabelino. La fachada es de una gran nobleza y corrección compositiva. Dispone de montera, galerías abalaustradas y escalera al fondo formando transición con el jardín posterior. El edificio conserva el carácter de la época, con una gran colección de bienes muebles.”

Mi abuela la princesa, que siendo adolescente ya había heredado joyas que se habían lucido en los bailes del emperador Napoleón III, no debía encontrarse muy a gusto en su palacio, porque cuando se acababa el curso en el internado prefería ir a pasar las vacaciones con las monjas a Riofrío, en lugar de volver a su casa, con sus padres y hermanos. Eso nos dará una pista sobre el cálido ambiente familiar que reinaba en el palacio de mi abuela, la princesa.

Extrañamente, o quizás no tanto, cuando ella formó su propia familia reprodujo el mismo ambiente y repitió los mismos comportamientos de sus padres. Al parecer se había olvidado de lo que había echado de menos de niña. Tuvo muchos hijos, pero estuvieron en manos de institutrices y tatas. Se les mantenía alejados hasta que eran lo bastante mayores como para comportarse como adultos y no resultar molestos.

Cuando yo nací desperté brevemente el interés de mi abuela, la princesa. Al principio fui la única nieta, y posiblemente se habló largo y tendido de las expectativas que existían sobre mí. Seis años después hubo otra nieta, más rubia, con más cara de princesa, y su interés se traspasó a la recién llegada. Eso me liberó de toda una lista de obligaciones pendientes, y me permitió dedicarme a todo lo que más la pudo molestar: estudios antes que fiestas, libros antes que amistades convenientes, viajes a sitios horriblemente sucios y atrasados antes que a sitios bonitos y con tiendas lujosas.

Aunque haya princesas y palacios, esto no es un cuento, de forma que no hay final feliz.

 

 

Un poquito de autobombo

22 Abril 2007 kotinussa 13 comentarios

Yo tuve dos abuelas, como casi todo el mundo en aquella época. Ahora es distinto. Estamos que tiramos la casa por la ventana y uno puede tener cuanto quiera de cualquier cosa. Estaría bueno que la realidad se impusiera a nuestros deseos. Por no aludir a personas reales, pondré como ejemplo unos personajes de ficción que deben darse en la realidad más de lo que parece: los niños de Mónica y Chandler, de la serie “Friends”, tienen cinco abuelas; dos biológicas y tres “legales”, una de las cuales es un abuelo reconvertido en abuela.

Para muchas personas esto será una gran ventaja, para otras no, depende de cómo sean las abuelas. Porque hay abuelas y abuelas. No quiero ni pensar lo que hubiera sido mi infancia con cinco abuelas. Tener dos ya fue bastante.

Mis abuelas eran muy, muy diferentes. Una de Cádiz y otra de Santander, con todo lo que esto implica, que no es poco. Una con los ojos azules y el pelo tan rubio que pasó a tenerlo blanco casi sin que se notara, y la otra que a los noventa años y de forma totalmente natural apenas tenía media docena de canas. Una muy alta y la otra diminuta que calzaba un 33. Una no había encendido una cerilla jamás en su vida (literalmente), pues siempre había tenido alrededor abundante servicio que había hecho todo por ella. La otra hizo de la cocina de su casa, por pura afición, su hábitat natural. Una se casó muy joven y la otra con treinta años, lo que en aquella época era tardísimo. Una se pasó cincuenta años sin hablarse con su única hermana y la otra formó con sus tres hermanas una especie de matriarcado muy curioso. Mi bisabuelo había comprado dos casas contiguas de tres plantas y según se le fueron casando las hijas les fue dando un piso en aquel gran edificio. Las cuatro hermanas vivieron juntas toda la vida, tomaron las riendas de la familia, prácticamente anulando a sus maridos, y cualquier asunto que surgiera, fuera importante o trivial, lo decidían entre las cuatro.

Mis abuelas eran muy distintas, y apenas se trataban entre ellas. Pero tenían una cosa en común, y es que jamás fueron con sus nietos cariñosas, tiernas, dadas a los mimos, otorgadoras de caprichos, etc. Eran, por el contrario, especialistas en ver defectos donde nadie más los veía, en encontrar “peros” a cualquier cosa, en rebajar cualquier logro que hubieras conseguido.

Cuando una persona se echa flores se le pregunta si no tiene abuela, porque se supone que las alabanzas sin mesura son propias de éstas. Como ese nunca fue mi caso, en el asunto de oir cosas agradables tuve que apañármelas por mí misma, y reconozco que empecé bastante tarde, por lo que no tengo demasiada práctica. Pero hoy me voy a dar un poquito de autobombo, porque me apetece.

Si bien cada día se pueden leer en distintos periódicos a muchos columnistas de postín, los domingos es ya el acabóse. A los diarios habituales les sumamos los suplementos dominicales, y no hay suplemento que se precie que no tenga varios colaboradores de renombre para que opinen de lo divino y lo humano. Escritores, académicos, filósofos, científicos o cocineros “tres estrellas Michelín” reinan en las páginas de colores disfrutando del inmenso privilegio de tener a su disposición una página completa para decir lo que le apetezca.

Yo siempre envidié esa oportunidad. Sentía que tenía opiniones tan sólidas y fundamentadas como el que más, y me moría de ganas de expresarlas. Alguna vez las puse por escrito, con tanto cuidado como si las fuera a publicar. Alguna vez las envié a un periódico o suplemento sólo por darme el gusto de expresar mi opinión. Siempre con la advertencia de que no quería que editaran o mutilaran mi carta, pues suele entonces perderse la línea del razonamiento. No era mi prioridad ver mis palabras impresas, sino dejar constancia de lo que pensaba, aunque sólo se enterara el pringado al que le toca leer todo eso, o corregir errores de bulto cometidos por periodistas que piensan que con el título de periodismo les ha venido también el conocimiento de todas y cada una de las materias susceptibles de ser tratadas. Alguna vez las publicaron, lo cual tiene más mérito de lo que parece, pues en esos textos siempre salía a relucir mi faceta más irónica, mi lado más mordaz, mi lengua más afilada, mi propósito más caústico.

Por eso, cuando descubrí los blogs me lancé inmediatamente a la tarea. A diferencia de otras personas que se pasan meses leyendo y comentando los blogs de otros antes de decidirse a abrir uno, yo leí por primera vez un blog durante un puente de la Inmaculada, y antes de que el puente hubiera terminado ya tenía yo el mío. No lo pensé dos veces.

Desde entonces, ya leo a los grandes “opinadores” de otra manera. A veces descubro a cualquiera de ellos diciendo lo mismo que he dicho yo, pero con la diferencia de que yo lo dije antes y algunas veces mejor. Una vez escribí sobre el peligro que existía de que con esto de los blogs todos nos creyésemos literatos. Y establecía un paralelismo con una situación que se dio en la antigua Roma, cuando se extendió la fiebre literaria y todo el que podía se pagaba una lectura pública de sus obras, con consecuencias más bien nefastas. Pero no estoy hablando de eso, porque la literatura es otra cosa, no sólo juntar dos frases con sentido. No me estoy arrogando ningún talento literario. Sólo constato que en el mundo de los blogs (y no precisamente en esos blogs “estrella” que todos sabemos) se encuentran auténticos diamantes, y que la calidad de muchas publicaciones no bajaría un ápice si en lugar de los habituales colaboradores aparecieran algunos textos de blogueros desconocidos. Creo que ahí se está desperdiciando un material excelente, en el que me incluyo, porque todos tenemos, de vez en cuando, un día inspirado.

Y de tanto en tanto, la abuela imaginaria que me dice cositas al oído, cuando lee una columna de Elvira Lindo, o de Pérez-Reverte, o de cualquier otro, me comenta que está muy bien, pero que le gustó más cuando yo escribí sobre ese mismo tema.

Solteras de oro

1 Septiembre 2006 kotinussa Deja un comentario

Mencionar en un post a mi tatarabuela la que desafiaba a Curro Jiménez me ha llevado a recordar a otras mujeres de mi familia de las últimas cuatro generaciones, que la verdad es que componen un grupo curioso. Lo que tienen de especial es que, en una época en que la inmensa mayoría de las mujeres de toda clase y condición se casaban (y muchas más de una vez), en mi familia la mayoría de las mujeres permanecían solteras, mientras que los varones se casaban todos. Y no es porque tengan algún defecto de nacimiento, o alguna incapacidad. Como en todas las familias, hay de todo, pero la verdad es que abundan las guapas, simpáticas y divertidas.

La cuestión es que prácticamente todas ellas, siendo todavía muy jóvenes, tenían ya unas propiedades y unas rentas que les garantizaban vivir sin problemas el resto de su vida con independencia económica. Y ahí está el quid de la cuestión, me parece a mí. Habrá quien diga que las mujeres ricas también se casaban habitualmente, pero es que lo usual es que la mayoría de esas mujeres llegaran a ser ricas cuando ya llevaban bastantes años casadas, al heredar a sus padres. Sin embargo, mis parientas, cuando todavía eran muy jovencitas, heredaban a una tía soltera o a una tía abuela, y antes de cumplir los 20 ya no necesitaban del dinero de nadie. Con lo cual se formó un círculo vicioso: se quedaban solteras, no tenían hijos, y cuando morían dejaban su herencia a una sobrina también jovencita, que por ese motivo se convertía en una mujer independiente a temprana edad, que no se casaba porque no le daba la gana. Sobre todo porque a la vista estaba que las solteras de mi familia vivían divinamente, felices y contentas.

Una de ellas, la tía M., era el personaje más curioso entre toda esta galería de personajes curiosos. Se permitió el lujo de darle calabazas una y otra vez nada menos que a José Lázaro Galdiano, un señor guapo, culto, multimillonario, generoso y altruista hasta el punto de que cuando murió dejó al Estado español su maravillosa colección de arte (13.000 obras) y su biblioteca (20.000 volúmenes) junto con el palacete donde hoy está el museo que lleva su nombre, y otros bienes para poner en marcha la fundación que hoy lo gestiona todo. Cualquier mujer de aquella época hubiera matado por poder casarse con este señor, pero la tía M. no estaba dispuesta a renunciar a su santa libertad, a sus viajes cuando le apetecía viajar y a hacer en cada momento lo que le vino en gana. No cuento aquí las historias de la tía M. por no hacer esto muy pesado, pero continuamente protagonizaba sucesos que en esa época se consideraban muy chocantes, y todo porque no le tenía miedo a nada y se consideraba igual (o incluso superior) a los hombres que tenía alrededor.

Este verano se ha publicado una encuesta con los siguientes resultados: en España, el 30% de los hombres y el 30′1% de las mujeres rechaza el matrimonio. Cómo se ve, no hay diferencias entre hombres y mujeres. Pero estoy segura de que el motivo de que las españolas piensen así no se debe a otra cosa que al tema económico. Cuando las mujeres han empezado a estudiar y a tener una profesión han podido elegir si casarse o no, sin las presiones que sufrían las de generaciones atrás por no tener un medio de vida. Estoy segura de que si en la época de mi abuela las mujeres hubieran podido estudiar y trabajar en trabajos satisfactorios, bien pagados y de acuerdo con su vocación (y no sólo como criadas, lavanderas, etc…), también entonces muchísimas mujeres hubieran elegido la soltería.

Como última prueba, vuelvo a observar a las mujeres de mi familia de mi generación. Es curioso, pero de todas las primas, las únicas que se han casado han sido aquellas que no han tenido gusto o capacidad para los estudios. Todas las que tenemos una carrera y una profesión continuamos solteras. Y por algo será.

Una carrera fugaz

Cualquiera que me conozca sabe de mi profunda resistencia a dejarme fotografiar. Solamente en los viajes, en algunos sitios verdaderamente espectaculares, me he dejado hacer alguna foto. Y tengo muy claro de detrás de mí no voy a dejar ni una sola foto en la que yo aparezca. Por supuesto, el retrato del que saqué el detalle que aparece en este blog será convenientemente destruido. Ya he dejado instrucciones por escrito para que, si por los motivos que fuese no pudiera hacerlo yo misma, otra persona se haga cargo de esta tarea.

Pero al parecer no ha sido siempre así. Lo digo porque siempre hubo en mi casa muchas fotografías de cuando yo era pequeña. Y se nota que no me molestaba posar, porque siempre aparezco muy sonriente y sin esquivar la cámara. Una de las historias que circulan por mi familia es, precisamente, la de mi fugaz carrera como modelo publicitaria.

ModeloMás o menos a los seis meses me quitaron los faldones y los enaguados, pero como era el mes de febrero, estuve varios meses más vestida con peleles y ropa de ese tipo, en espera de las temperaturas primaverales. En mayo, por fin, me vistieron con mis primeros trajes cortos, que eran de villela, estampados con florecitas, y adornados con punto inglés. Y, como no, me hicieron una serie de fotos para dejar constancia del momento, como si en vez de una puesta de corto hubiera sido una puesta de largo.

Algunos meses después, en la mejor perfumería de la ciudad se montó un escaparate de productos infantiles y (téngase en cuenta que era 1960) como entonces las marcas comerciales no enviaban a las tiendas esas grandes fotos en color que adornan los escaparates de hoy, pidieron al propietario de un estudio fotográfico que quedaba al lado de la tienda algunas fotos de niños para adornarlo. Allí era donde me habían hecho las fotos, y la costumbre era que conservaran los negativos, de forma que el fotógrafo seleccionó justo la serie de fotos que me había hecho (una de ellas es la que figura en este post). A los de la perfumería les gustaron y encargaron enormes ampliaciones. En aquel momento a nadie le parecía mal algo semejante, y ni les pasaba por la cabeza pedir autorización a los padres de la niña en cuestión.

El caso es que allí estaba Kotinussa, ampliada a tamaño poster, presidiendo un escaparate de colonias, champús y polvos de talco, en una de las calles más céntricas de Cádiz. La perfumería estaba muy cerca de la casa de mi abuela y del despacho de mi padre, y además toda mi familia compraba allí, de forma que era cuestión de unos días el que se enteraran. Y mi padre se presentó en la perfumería exigiendo que las fotos se retiraran inmediatamente. El dueño de la tienda se deshizo en excusas, alegando que no sabía quién era la niña, y las fotos se quitaron en ese mismo momento. Es decir, mi carrera como modelo duró aproximadamente tres o cuatro días.

He recordado todo esto porque en Cádiz, con motivo del Carnaval, ha habido espectáculos para adultos y también para niños. Y una de ellas ha sido una pobre criatura que ni me acuerdo cómo se llama (la niña canta algo de un pom-pom), y que lleva ya algún tiempo arrastrándose por los escenarios de pueblos en fiestas, imagino que ante la satisfacción de sus padres, que encima estarán convencidos de que le han resuelto el porvenir a la chiquilla.

Y aprendí a sobrevivir a la familia

30 Diciembre 2005 kotinussa Deja un comentario

No sé como empezar, porque las cosas que voy a decir sobre mi familia son bastante duras, pero no empecé este blog para montarme una fantasía de vida. Como suelen decir, la realidad supera a la ficción, así que adelante.

Cuando leo lo que otros blogueros escriben sobre sus abuelos cariñosísimos, sus padres comprensivos y siempre dispuestos a echar una mano y sus hermanos que son más amigos y cómplices que otra cosa, me asalta la duda de si en mi caso será verdad eso que a todos nos han dicho alguna vez de pequeños, que nos compraron a una gitana, que nos encontraron dentro de un canasto, etc. Porque me cuesta creer que aquellas personas que aparentemente son mi familia lo sean en realidad. Se me comprenderá mejor si los describo someramente:

- Una abuela que en toda su vida sólo se quiso a sí misma. Tuvo doce hijos, y en cuanto podía se los quitaba de encima poniéndolos en manos de criadas. Era muy rica, tenía una casa enorme, con cuatro plantas, y, con una mentalidad muy victoriana, los niños dormían lo más lejos posible de los padres (de hecho, dos plantas más arriba), junto a las habitaciones del servicio, para que si molestaban a alguien, fuera a las criadas y no a ella. Para que os hagáis una idea de cómo se las gastaba la señora, en un lapso de tiempo muy corto una hija y una nuera estuvieron a punto de morir de parto, y su reacción fue decir que la próxima vez que alguna se quedara embarazada se iba de viaje al extranjero y no volvía hasta que todo hubiera pasado. Tierno y entrañable, ¿verdad? Yo nunca fui lo bastante guapa ni lo bastante rubia para ser una digna nieta de ella. Fui inteligente y estudiosa, pero eso no tenía ningún valor a sus ojos.

- Un abuelo, marido de la anterior, a quien no conocí porque murió cuatro años antes de que yo naciera. Pero creo que no me perdí nada. Era de los que gobernaban su casa a golpe de cinturón.

- Una abuela que no era mala persona, pero de un carácter tan seco que no la recuerdo jamás contándome un cuento, abrazándome, jugando conmigo…

- Un abuelo, marido de la anterior, que tengo entendido que era de lo más cariñoso conmigo, lo que se entiende como un auténtico abuelo, pero al que casi no recuerdo porque murió cuando yo era pequeña.

- Unos padres que se pasaron toda mi infancia exigiéndome sin parar, sin mostrarse nunca satisfechos. Y, por supuesto, cualquier logro por mi parte no era mérito mío, sino que se debía a lo perfectos que eran ellos educando. Unos padres a los que tuve que oir muchas veces “qué lástima, con las ilusiones que nos hicimos contigo cuando naciste, y no se ha cumplido ninguna”. Unos padres que no me dejaban ir a casa de ninguna amiga, a ningún cumpleaños, a jugar con nadie, porque eso suponía que tarde o temprano esas niñas tendrían que venir a mi casa, y ellos no estaban dispuestos a soportar la molestia de niños ajenos (y luego resulta que mi madre se sorprendió mucho porque una vez dije que me gustaría que la madre de mi amiga M. fuera mi madre, y se sintió muy dolida). Para mi madre lo más importante en el mundo es lo que los demás piensen de nosotros, y reconoce que ha tomado muchas decisiones en su vida según esa idea. Para mi padre lo más importante en el mundo es que nadie ponga en duda su autoridad y que nada imprevisto le haga cambiar los planes que tiene trazados.

- Unas tías que fueron siempre las típicas señoritas de buena familia, sin dar un palo al agua, muy ocupadas en ir a la playa, jugar al bridge, viajar por todo el mundo y hacer vida social. Un ejemplo: cuando una de ellas estaba muriéndose de un cáncer, las restantes no dejaron ni un solo día sus mañanas de playa, sus partidas de cartas y sus reuniones. Y cuando su “tata”, una mujer que había dejado a su propia familia para ir a cuidar de ellas de pequeña y luego estuvo sirviendo durante 50 años en casa de mi abuela, se puso ya muy enferma, la enviaron a Canarias, con una hija a la que había dejado de niña para ocuparse de ellas, y se desentendieron.

- Unos tíos muy ambiciosos, todos con magníficas carreras, que con mucha inteligencia se han ayudado unos a otros, utilizando sus contactos y sus amistades. Las personas más apegadas a lo material que conozco.

- Un hermano que siempre ha pasado de mí, parecidísimo a mis tíos. Casado con una mujer idéntica a él. Tienen una casa maravillosa, en pleno centro histórico, que en cualquier momento podría ser visitada por los fotógrafos de una revista de decoración. Si cometes el error de mover cualquier cosa tres centímetros, te suelta que “si me vas a dejar la casa como Sarajevo después de un bombardeo, para eso es mejor que no vengas”. También tienen otra casa fantástica, en la misma ciudad pero al lado de la playa, para darse el lujazo de ocuparla sólo durante tres meses al año, “porque si no puedes bajar directamente a la playa desde casa, se te quitan las ganas de ir”. Para valorar esto hay que tener en cuenta que vivimos en una ciudad bastante pequeña, donde no hay distancias.

Qué maravilla de familia, ¿verdad?

Todo esto viene a cuento porque quería explicar, para completar el post sobre mi colegio, qué es lo que aprendí en él. Además de muchas matemáticas, historia, física, literatura, etc…, aprendí dos cosas muy importantes que me han permitido sobrevivir a mi increíble y tóxica familia.

- Que yo no he nacido para cumplir las expectativas de nadie.

- Que lo que los demás piensen de mí me toca un pie.

Y la verdad es que eso me lo enseñaron allí en el colegio. No estoy segura de que las personas que me lo enseñaron estuvieran satisfechas de ver lo que he hecho algunas veces con eso, pero a partir de cierta edad he desarrollado cierto placer perverso en hacer lo contrario de lo que se esperaba de mí. Por supuesto, eso me ha convertido aún más en el garbanzo negro de la familia, lo cual me tranquiliza enormemente.

Y mi última conclusión es que funcionamos mucho a base de tópicos. Ni todos los abuelitos son como el abuelito de Heidi, ni la familia es siempre lo más valioso que uno tiene. Hay quien habla por experiencia propia, pero demasiadas veces nos dejamos llevar por lugares comunes.

Categorías:Cosas de familia