Buenas tardes, Mona
Empezaré explicando, para los que no se dediquen a lo mío, que además de las clases, las reuniones diversas, las tutorías, las entrevistas con padres y las horas de guardia para sustituir a los compañeros enfermos, en nuestro horario se incluyen también “guardias de recreo”, es decir, pasearnos por el patio intentando que éste se parezca lo menos posible a un patio de instituto: niños jugando al futbol a lo bestia, parejitas morreándose detrás del gimnasio, chavales inconscientes poniendo en peligro su integridad física haciendo toda clase de actividades peligrosas, etc.
Continuaré diciendo que mi centro no es un colegio de primaria, sino un instituto de secundaria. De ello resulta que no hay nadie jugando “al corro de la patata” o “al pañuelito”. Es decir, que todos y cada uno de los alumnos, ya mayorcitos, están dedicándose a todo eso que debes evitar: colgándose de los pies de una portería de futbol, saltando la valla que da a la calle para recuperar una pelota o dedicándose a las peleas en grupo (no pasa nada, profe, es en broma, si son mis amigos).
Es fácil deducir que todo esto es para nada, pues tres profesores no pueden vigilar a más de doscientos niños al mismo tiempo, que además están separados por dos edificios que te impiden verlos a todos a la vez. Ni aunque nos pusieran una torreta y unos prismáticos como los vigilantes de la playa, podríamos controlarlos a todo.
Una vez que haya ocurrido el accidente o incidente, tampoco puedes hacer nada. Aunque la ley te obliga a tener unos botiquines bien surtidos, no puedes darle a un niño al que le duele la cabeza una aspirina infantil, ni siquiera con autorización paterna. Y mucho menos curar heridas, coger puntos o poner una venda. Debes llamar a casa de la criatura para que pasen a recogerla, o llevarla al hospital más próximo, dependiendo de la gravedad del asunto. Pero sin intervenir de otra manera, no sea que los padres pongan un pleito al instituto. En cambio, tanto en mi colegio como en el de mi hermano, había una enfermería donde se pasaban la mañana reparando toda una serie de pequeños desperfectos, y acto seguido te mandaban para clase como si nada hubiera pasado. Y los padres, agradecidísimos.
En fin, que pasa lo que tiene que pasar, que es lo que ha pasado siempre. Nunca falta un alumno con muletas por una mala caída jugando al futbol o una “amable” patada de su amigo del alma. Pero a diferencia de otras épocas, ahora estamos siempre con la espada de Damocles sobre nuestras cabezas, temiendo que cualquier padre te monte un pollo, tanto por no proteger a su niño como por protegerlo demasiado (intromisión en su vida privada). No vale de nada decir que si le has repetido a los niños doscientas veces las cosas que están prohibidas, y el niño las hace de todas formas, algo de responsabilidad debe caerle al angelito.
Por otra parte está lo que también ha ocurrido siempre: que al gordo le llaman gordo; a la que tiene gafas, cuatroojos; al que es bajito para su edad, enano y todo ese repertorio de lindezas y motes que se usa desde los tiempos de los egipcios. Por supuesto, se supone que debemos tener un detector de mentes para saber inmediatamente si a un niño le han dicho algo desagradable cuando no había ningún profesor delante. Y por supuesto, suele servir por parte de los padres como excusa perfecta para todos esos alumnos que no dan un palo al agua, no estudian, no traen el material a clase, dejan los exámenes en blanco y se pasan las horas molestando o, simplemente, durmiendo.
A pesar de toda la cháchara pseudopedagógica con que nos tratan de aturdir, sabemos que pasa lo de toda la vida, que los alumnos buscan siempre la manera de hacer lo menos posible, que son crueles entre ellos, que son egoístas, que estudiar les aburre (porque la verdad es que estudiar, así en general, es un coñazo cuando tienes quince años). Por parte de ellos nada ha cambiado. Y para muestra, un botón.
Década de los 40, en un colegio marianista. Hay un profesor que, como todos, tiene su mote. Éste parece un gran simio, y tiene unas manazas como palas de remo. Le llaman “el Mona”, por supuesto a escondidas. Mi padre llega una tarde un poco tarde a clase y supongo que de los mismos nervios, sabiendo la reprimenda que le espera, se le va la pinza y espeta un alto y claro “Buenas tardes, Mona. Me cago en tu padre”. El Mona se pone tan furioso que parece que le va a dar un ataque y, cogiendo impulso, lanza una de aquellas manazas para darle un guantazo a mi padre, directamente, pedagogía de la buena. Mi padre se agacha a tiempo y la mano del Mona le pasa a dos palmos sobre la cabeza. Después, visita al despacho del director, por supuesto, y castigo. Su suerte fue que en ese momento mi abuelo estaba destinado en Ceuta y mi abuela estaba acompañándole. Los niños están a cargo de “tata Moma”, la niñera que ha cuidado de los doce hermanos y que se quedó en la casa para siempre. Eso lo libró de que mi abuelo triplicara el fallido intento del Mona, pero sin fallar.
Cualquiera que hubiera conocido después a mi padre encontraría difícil creerse esta historia, porque era la persona más correcta y educada que se pueda imaginar. Pero los nervios lo traicionaron en aquel momento de esa manera.
Por eso, porque sé por sus relatos lo que era un patio de colegio en los años cuarenta y luego, por experiencia propia, en los sesenta y los setenta, no voy a echarle la culpa de nada a los niños. Por ahí no ha cambiado casi nada. El cambio está en los gili-padres, en los gili-políticos y en las gili-leyes.
Por cierto, mi padre, con su hazaña, se convirtió en el héroe de la clase durante una temporada, hasta que otro la hizo más gorda aún.





Completamente de acuerdo, esta protección de la que goza el niño frente a los adultos están haciendo de ellos personas sin educación. Porque en definitiva como tú dices, todos los niños sienten y padecen similares sensaciones, la cuestión es que no se puede educar a un chaval en estas condiciones. Padres separados que no se ponen de acuerdo en una misma línea de educación y que prefieren llevarse la contraria para que el hijo se ponga en contra y a su favor. Padres que dan más crédito al niño que al profesor aunque saben perfectamente que su hijo no ha dicho una verdad desde que nació. Y leyes que no hacen si no favorecer esta situación con el tema de las penas de cárcel sobre los progenitores que utilizan el bofetón como método correctivo. Y por qué no decirlo, profesores que están superdispuestísimos a echarse a la calle por una subida de sueldo, por una reducción de horario, hasta que no se conseguió la jornada intensiva en institutos y colegios no se paró, sabiendo que esto conllevaría un perjuicio para la educación de los niños y que sin embargo no han querido poner este mismo empeño cuando se les quitaba la autoridad que necesitan demostrar ante un clase de niños que si bien son niños, también son mayoría y con lo único que cuenta es con esa autoridad y una forma de hacerle saber que no obedecerles trae consecuencias.
Creo que esa es la clave: las consecuencias.
Es imposible educar a nadie en la idea de la responsabilidad si sus actos no tienen consecuencias. Y no las tienen. y ojito con que se te ocurra llamarle la atención al niño.
Creo que vamos a pagar toda esta cultura de la hiperprotección de nuestros príncipes muy cara. Carísima. Y lo peor de la factura lo van a tener que pagar ellos.
Claro que sería muy difícil que una cultura adulta que ya de por sí evade responsabilidades por sistema fuera capaz de inculcar esa idea en sus vástagos. Sería un milagro.
Pues… no tengo nada que añadir salvo que me esfuerzo a diario para no ser una gili-madre, creo que lo consigo pero yo, por si aca, me sigo vigilando bien de cerca.
Besos
He disfrutado mucho el relato. Además, me ha servido para confirmar lo acertado de mi decisión de nunca prepararme una oposiciones para ser profe de instituto. Bueno, para nada. Por muy tranquilizador que sea lo del sueldo seguro, eso de hacer lo mismo ahora que dentro de 20 años me angustia sólo de pensarlo.
Que te sea leve, rubia!!
Besos.
Yo por suerte no soy ni gili-padre, ni gili-politico … porque seguramente metería la pata al igual que el resto.
Y las gili-leyes … ¡¡¡las gili-leyes están para saltárselas!!! jajaja (aunque después antente a las consecuencias … :S )
Me suena que cuando era pequeño y me abría la cabeza por colgarme cual murciélago de una portería, me llevaban a la enfermería, me vendaban la cabeza y a seguir corriendo. Supongo que igual que los niños se vuelven cada vez más insolentes, los padres también lo hacen (porque estoy convencido de que los niños cada vez son más insolentes)
Por cierto … yo iba al colegio Maristas …
Un beso, Koti. Y muchas gracias por tus palabras en mi aniversario.
Lo que me gusta a mi son los apodos femeninos para chicos: La MAgia Fernández, La MOmia López, …¿A que son muy literarios?
Alicia, me alegro de que nunca prepares unas oposiciones, ya que tu serias una gili-profesora, es un gran error pensar que el profesor se dedica a repetir año tras año la misma tarea como si fuese el dia de la marmota, el profesor debe estra en constante evolucion y cada dia debes de innovar para controlar una clase que evoluciona, incluso debes formarte en nuevas tecnologias tanto educativas como administrativas, por no hablar de contenidos como las tecnologias o la informatica…
Creo que en una medida muy pequeña, pero tambien aportan su granito de arena al caos gente como alicia que entran a la enseñanza buscando un sueldo fijo y muchas vacaciones (los gili-profesores o tambien llamados cagamandurries) si no te gusta enseñar no enseñes, ya que seguramente es la tarea mas dura si no tegusta hacerla.
Yo soy profesor y creo que los padres que desautorizan al profesor hacen un flaco favor a sus hijos, y a si mismos, ya que no tardaran mucho en perder el respeto al padre si algun dia se lo tuvieron
RSB
RSB, has extraído conclusiones de tu propia cosecha a partir de mis palabras. Yo también soy profesora vocacional y le debo buena parte de lo que soy a los excelentes profesores que he tenido. Nunca leerás una palabra mía descalificándolos o desautorizándolos. Bueno, seamos sinceros, con algún gili-profesor me he cruzado, pero a esos hay que darles de comer aparte,
Porque me conozco como persona y sé en qué condiciones puedo dar lo mejor de mí misma, no sólo en mi propio beneficio (espiritual, no económico), pero, sobre todo, de mis alumnos, escojo (como opción personal) una cierta inestabilidad, que en mí actua de estimulante, es un impulso para mi creatividad y capacidad de crecer, evolucionar. Por eso, en los últimos 6 años, he tenido alumnos de 7 a 65 años. Y he enseñado desde el alfabeto español a cómo configurar un Google Groups, desde las características de los Australopithecus, hasta cómo usar los blogs como herramientas para la enseñanza. Tengo formación académica y pedagógica en todas esas áreas. También he estudiado mucho, aunque no fuera preparándome una oposición. Y continúo haciéndolo. Para mí, todo eso es riqueza. Y este mes, mi sueldo, con suerte, será de 250 euros.
Admiro la labor de los profesores que, con escasos medios, consiguen que sus alumnos, no sólo aprendan a aprender, sino también a SER. Empezando por darles ejemplo.
Y, por cierto, una de las mejores cosas que me enseñaron mis profesores y mis padres fue a no esconder la mano cuando se tira la piedra, RSB. Siento que te hayas sentido atacado, pero créeme, “el sueño de la razón, produce monstruos”. Si me conocieras, comprenderías que lo que te ha traicionado ha sido el ir tan a la defensiva, imagino que por la de ataques y críticas injustificadas que has tenido ya que oír. Sé que, a veces, debe de ser frustrante. Te mando todo mi apoyo. No soy tu enemiga, soy una compañera de lucha. Aunque con menos privilegios, por decisión propia.
Si quieres seguir el debate: aliciacm. El resto, como en cualquier dirección de gmail.com.
Besos, Koti.
Rectificar es de sabios: cmalicia, no aliciacm.