Archivo

Archivo para Febrero 2009

Otro poquito de indignación (inútil, pero inevitable)

26 Febrero 2009 kotinussa 14 comentarios

Imagina que eres bombero. Pero además uno ya con mucha experiencia, y que está al día de todos los adelantos. Imagina que ves en televisión una serie en la que en un episodio se trata de un asunto relacionado con tu profesión y que el jefe de bomberos o quien corresponda dice una sarta de tonterías y disparates sobre cómo apagar un incendio. O peor, incluso aconseja cosas que pueden resultar peligrosas de verse uno en un caso así.

Te indignas, te quejas, y siempre sale alguien que dice: “Pero no te sofoques tanto, sólo es una serie de televisión”. Pero tú sabes que mucha gente lo habrá tomado en serio, sólo porque el guionista no se molestó en documentarse bien.

Imagina que eres químico. Y un buen día, se estrena una superproducción norteamericana llena de estrellas de primera fila sobre la vida de Marie Curie. Y en esa película resulta que la Curie descubrió el radio y el polonio no por sus propias investigaciones, ni por las de su marido, sino porque se encontró en un desván los cuadernos de notas de otro químico, desconocido, que ya había hecho todo el trabajo y ella sólo lo aprovechó. O bien cuentan la verdad sobre su trabajo pero omiten el “pequeño detalle” de sus premios Nobel. Te indignas, te quejas, y siempre sale alguien que dice: “Pero no te lo tomes tan a pecho, sólo es una película. Seguro que el guionista ha introducido esas variaciones para darle más intriga a la cosa”. Pero tú sabes que para millones de personas esa película será la única vez que se acerquen al personaje de Marie Curie y tomarán a pies juntillas lo que se dice en la película.

Bien, pues eso me pasa a mí continuamente. Soy historiadora. No sólo he estudiado Historia sino que he pasado incontables horas en archivos helados o sofocantes, incómodos o polvorientos, para rascar unos cuantos datos que, convenientemente cotejados con otros y con bibliografía especializada, convertir luego en un libro, un artículo para una revista o una ponencia para un congreso.

Por eso, cuando veo anunciada una película o serie de televisión sobre tema histórico me echo a temblar. Porque sé que no pondrán en documentarse ni la milésima parte de interés que en el vestuario, o en la publicidad. Porque sé que sacrificarán la verdad en aras de la espectacularidad, o en los supuestos gustos de los espectadores.

Me he tragado los veinte episodios de la serie “Los Tudor”. Veinte episodios, nada menos, para contar lo que ocurre desde el momento en que el matrimonio de Enrique VIII y Catalina de Aragón ya hace aguas y la muerte de Ana Bolena. Es decir, sólo una pequeña parte de la vida del rey, por lo que está todo contado con una minuciosidad que no había imaginado antes. Es casi como si lo contaran día a día. Cualquiera que la vea pensará que la documentación y la veracidad son extraordinarias. Pero como en otras películas de tema histórico no vacilan en alterar fechas y datos importantes.

Un ejemplito nada más. En uno de los primeros episodios el rey tiene en 1519 un hijo bastardo con Lady Blount. Efectivamente, así fue. Además el rey hace algo muy importante, ya que en ese momento no tenía herederos varones: a diferencia de otros bastardos reales lo reconoce oficialmente como hijo suyo y lo presenta a la corte dándole el nombre de Henry Fitzroy (lo que quiere decir Enrique Hijo del Rey). Esto quiere decir que tiene un hijo varón reconocido guardado en la recámara para nombrarlo sucesor por si acaso no tuviera herederos legítimos varones más adelante. Esto es trascendental.

Fue criado como un príncipe en el Castillo Sheriff Hutton en Yorkshire. Su padre le tenía mucho cariño y se ocupó totalmente de su educación. Fitzroy fue nombrado conde de Nottingham y duque de Richmond y Somerset. Fue además gran almirante y teniente de los condados al Norte del Trent, cuando se le asignó casa propia, en vistas a prepararle en la administración del reino como paso previo a su legitimación para heredar el trono.

En 1533 se casó con Lady Mary Howard, la única hija del duque de Norfolk. En 1536 se puso enfermo. Pensaron que era tuberculosis y, finalmente, murió en ese año, el mismo año en que fue ejecutada Ana Bolena, justo cuando una ley pasaba al Parlamento para permitir que el rey le pudiese nombrar heredero.

Precisamente su muerte fue una de las acusaciones que se hicieron a Ana Bolena durante su proceso. Hubo sospechas de que ella le hubiera hecho envenenar para que así su hija Isabel se convirtiera en primera heredera al trono. En fin, la eliminación de un virtualmente heredero al trono de 17 años de edad no es un detallito sin importancia en la historia.

Pero en la serie, nada de esto pasa. Según la minuciosísima serie, el niño sólo aparece en dos o tres escenas y muere con tres o cuatro añitos, y se pasa por alto todos los datos anteriores. Por supuesto, en el proceso contra Ana Bolena ni siquiera aparece el tema, puesto que a la muerte de ese niñito Ana no había aparecido en la vida del rey.

A la vista de esto, temo que muchos otros acontecimientos de la serie se presenten de forma falsa, alterada, tegiversada. Porque yo no soy especialista en Historia de Inglaterra, de forma que se me deben haber escapado muchos detalles más.

Muchos pensarán que no se va a hundir el mundo por esa alteración de la historia. Por supuesto, pero, ¿era necesaria? ¿Mejora en algo la auténtica narración de los acontecimientos? ¿Es la Historia sólo un baúl para que los guionistas de cine y televisión no tengan que esforzarse demasiado en busca de buenos argumentos y la cuenten de forma que no haya manera de reconocerla? ¿Tan poca importancia tiene la verdad? ¿Para que nos molestamos en enseñarla si para millones de personas esta serie va a quedar como única referencia, como único acercamiento al asunto?

Tampoco es un inconveniente para los guionistas para mentir el hecho que se trate de un tema mucho más cercano en el tiempo. Cuando se estrenó “Carros de fuego” todavía vivían algunos de los protagonistas de aquellos acontecimientos, muy mayores ya, y para alguno de ellos fue un mazazo ver cómo se atribuían hazañas atléticas propias a Harold Abrahams. Se inventaron algunos de los personajes principales de la película, se ocultaron fracasos de Abrahams y triunfos de Eric Lidell, el otro protagonista. Y todo para mayor gloria de Abrahams. ¿Era necesario todo eso cuando los acontecimientos estaban tan recientes que había aún protagonistas vivos? ¿Merece la pena que por incluir un detalle sin importancia en la película un anciano que había sido nada menos que Presidente del Comité Olímpico Británico viera indignado cómo se atribuía a otro un record logrado por él? Incluso se mintió en detalles de su vida familiar. Aprovechando la coincidencia en el nombre (Sibyl), en la película dan a entender que Abrahams se casa con una popular actriz y cantante de la época, famosa sobre todo por su protagonismo en la opereta “El Mikado”. En realidad se casó con una cantante sustituta a la que nunca llegó a ver actuar en esa obra.

Luego están las meteduras de pata. El entrenador de Abrahams dice en la película que es un problema que el gran atleta norteamericano Jason Shorts sea más alto que él. Luego resulta que eligen para representarlo a un actor al que el otro le saca un palmo de altura.

En fin, para qué seguir. Aunque algunos digan que no merece la pena, yo sigo indignándome. Y porque contar la verdad de todas las épocas lo más fielmente posible es mi profesión, imagino que a cada uno en su profesión le pasaría lo mismo.

Eros y Thanatos

26 Febrero 2009 kotinussa 8 comentarios

Llevo casi las tres cuartas partes de mi vida oyendo hablar sobre ello. Primero, en mis clases de filosofía del bachillerato, después en la Facultad, en distintas asignaturas, y luego en multitud de lecturas de todo tipo: mitología, novelas, ensayos, etc.

Para mí era una teoría completamente comprendida y asimilada, pero sin haber tenido ninguna vivencia que la corroborara. No sé si me explico bien.

Esta madrugada, sin embargo, mientras daba vueltas en la cama intentando dormirme, sin estar pensando en nada concreto, fue como un relámpago de lucidez. Eros y Thanatos. Todo es Eros y Thanatos.  Sólo hay Eros y Thanatos.

(Qué post tan extraño me ha salido, ¿verdad? Es que estoy de un estado de ánimo algo raro).

Categorías:Cosas mías

Los niños con los niños, y las niñas con las niñas

16 Febrero 2009 kotinussa 11 comentarios

No es un fenómeno nuevo, aunque no podría decir exactamente cuando empezó. Supongo que, como tantas otras cosas comenzaría imperceptiblemente y fue en aumento.

Mis alumnos tienen casi todos entre 12 y 15 años, aunque hay unos cuantos con un año o dos más, por haber repetido alguna vez. Lo lógico sería que estuvieran los chicos pendientes de las chicas y viceversa. Pero ocurre justo lo contrario: los niños con los niños y las niñas con las niñas. Y no sólo porque siempre que puedan hagan grupos por sexos (para deporte, para jugar, para sentarse en clase o para lo que sea), sino porque mientras los chicos no miran otra cosa que no sea un balón de fútbol, las niñas están constantemente, incluso en clase, cogidas de las manos, haciéndose cosquillitas, acariciando el pelo a la que está delante, y abrazándose y dándose besos a la más mínima excusa. Tienen sus agendas escolares llenas de páginas y páginas dedicadas a primorosísimos rótulos con los nombres de sus amigas, que les han costado horas y horas de pintar con rotuladores, purpurinas y otros sofisticados elementos los mencionados nombres rodeados de corazones. Se escriben cartitas con dibujitos, corazones y demás, como si se tratara de la pareja de novios más empalagosa del mundo.

Hace unos días, en mi instituto, se celebró san Valentín como un medio para que los de 4º de ESO reunieran dinero para el viaje de fin de curso. Los alumnos podían enviarse unos a otros flores de verdad, flores de caramelo, adornitos en forma de corazón, ositos de peluche de los que cuando le aprietas la barriga dice “te quiero” y cosas de esas. Bueno, pues contra lo que se podría creer, un 90% de los envíos fue entre chicas. Una niña, que yo sepa, recibió más de sesenta cartas de otras chicas de su edad, donde se juraban amor eterno entre corazones de purpurina y flores pintadas sobre cartulinas de colores, formando algunas sofisticadísimas tarjetas. Otras se gastaron un pastón en enviar claveles a montones de amigas.

Mientras tanto, los chicos, sin comerse un colín. Ni tarjetas, ni flores, ni caramelos, ni nada.

Yo cada vez entiendo menos. Cuando yo tenía esa edad, estábamos en colegios separados. Y nos faltaba tiempo para reunirnos con los niños del colegio de al lado al salir de clase. Y, por supuesto, no gastábamos un duro ni un minuto de tiempo en dibujar tarjetas floreadas llenas de corazones a nuestras compañeras de clase.

Lo dicho: cada vez entiendo menos.

Extraños en Bombay

2 Febrero 2009 kotinussa 7 comentarios

Hace ya muchos años que aprendí a no creerme (ni a creernos) el centro de todas las cosas. Esa tendencia que tenemos frente a otras culturas de creernos superiores en nuestras diferencias y demás, desapareció viaje a viaje, continente a continente.

Una de las formas más divertidas de este aprendizaje ocurrió en 1985, en mi primer viaje a la India. Para ese momento yo ya había viajado a Italia, Grecia, Inglaterra y Egipto, pero a ningún lugar tan exótico como la India.

Después de una noche en tren y un interminable viaje en avión, pasando por Frankfurt y Nueva Delhi, llegamos a Bombay. Además del cansancio, nuestros cuerpos y mentes sufrían del típico jet-lag, y todavía nos quedaba lo peor. No teníamos tiempo de descansar porque había que aprovechar las mareas para ir a la isla Elefanta a ver unos templos excavados en la roca. De modo que nos llevaron directamente del aeropuerto al puerto de Bombay. Delante del impresionante monumento, la “Puerta de la India”, nos soltaron con la advertencia de que no nos separáramos para no perdernos entre aquella masa de gente.

No estábamos preparados para contemplar lo que se desarrollaba delante de nuestros ojos. Una multitud que se movía sin parar a nuestro alrededor, esquivándonos con habilidad, todas las mujeres vestidas con saris y los hombres con dhotis, el traje típico de un blanco deslumbrante, un conjunto de colores en las vestimentas de ellas y en los turbantes de los hombres que nos hacía pensar que estábamos mirando por un caleidoscopio, las flores amarillas, naranja y rosa que adornaban las trenzas negrísimas de niñas y jóvenes, el bullicio… No era raro cruzarse con señores muy mayores que llevaban con la mayor naturalidad turbantes rojos, naranjas, rosa fucsia… Estábamos como alelados. En medio de aquel maremágnum, en medio de aquella masa que parecía saber perfectamente a dónde se dirigía, el grupito de europeos pálidos y boquiabiertos, vestidos con nuestros vaqueros o chinos de color beige y verdoso, y con nuestras camisetas blancas de algodón, era como una isla. Sin decir nada, todos pensábamos ¡qué exótico es todo!

De pronto, se nos acerca una parejita joven y nos explican en un inglés bastante decente que eran de un pueblecito pequeño y que estaban de viaje de novios. Él llevaba una cámara de fotos en la mano y pensamos que nos iban a pedir que les hiciéramos una a los dos juntos. Pero resultó que lo que nos pedían era permiso para hacernos una foto a nosotros. Entonces nos dimos cuenta de que los exóticos, los raros, los extraños éramos nosotros. Por supuesto, nos agrupamos y sacamos nuestras sonrisas para aquella foto, pensando en el momento en que aquella pareja volviera a su pueblo y la enseñara a sus asombrados amigos y parientes, con el comentario de “¡Mirad qué gente tan rara se puede ver en la ciudad!”

Desde entonces, todos tuvimos muy claro que eso del exotismo y la rareza era muy relativo. Y nunca más nos volvimos a sentir el centro de nada.

______________________

Tal día como hoy, hace un año: Bee, el corderito travieso

Tal día como hoy, hace dos años: Catálogo de manías