El cafelito
Mi autobús sale a y media en punto. Estoy en la estación de autobuses desde y veinte, pero no hay señales del autobús ni del conductor. Por fin llega a y veintisiete, con el tiempo justo para que los que esperamos subamos y paguemos el billete.
Pero cuando nos disponemos a subir el conductor cierra la puerta y anuncia que va a tomarse “un cafelito”, así, en diminutivo, para que suene menos descarado. Ni que fuera un diabético que tiene que ponerse insulina. Por supuesto, no hay salida a y media. El conductor viene cuando buenamente le da la gana (el café debía estar bastante caliente) y encima, usando la táctica de “la mejor defensa es un buen ataque”, nos pone cara de perro por si a alguno se nos ocurre protestar.
Y así una y otra vez. Luego dicen que si los maestros nos lo montamos muy bien, que si los funcionarios…, etc. Sin embargo, esto es una empresa privada y el fulano, con el mayor descaro, ni siquiera se molesta en poner la excusa del tráfico. Y, mucho menos, pedir disculpas por el retraso.
En España parece que eso de “el cafelito” tiene que ser aceptado como una excusa universal, que inutiliza cualquier otro razonamiento.





Parada de autobuses de cercanías con destino al centro. Un jueves. 17.23 horas. Hay un autobús estacionado. Le pregunto al desaliñado-y-desgarbado-conductor-que-en-ese-momento-sale-del-mismo-fumándose-un-cigarrito-que-displicentemente-arroja-a-la-acera-mientras-cierra-la-puerta-y-se-dirige-al-bar-de-al-lado-a-vete-tu-a-saber-qué-pero-con-cara-de-y-a-ti-que-te-importa-mientras-malicio-para-mi-¡¡¡ese-solisombra!!!. – ¿A qué hora sale? –Sale en diez minutos, me espeta de reojo. Vuelvo a mirar mi reloj. Son ya y veinticuatro, casi y veinticinco. Calculo. Veinticuatro y cinco son veintinueve, y cinco treinta y cuatro, casi treinta y cinco. Ajusto mis torpes entendederas y mi impreciso reloj a la perfección de un horario de autobuses y concluyo, date!, tiene que salir a menos veinticinco, porque a menos veintiséis pasadas es absurdo. Siento una gran paz al entenderlo todo. Mirando con satisfacción a los lados para expresar mi solidaridad al único pasajero del desolado andén exterior, una señora con ropas poco adecuadas para su edad que sujeta de la correa a un caniche mientras le habla a su móvil, y que, inmediatamente, al contemplar mi pupila en su pupila oculta tras unas gafas de sol extragrandes de montura de pasta blanca, gira el cuello nerviosamente hacia otro lado y al poco se marcha. Irreductible en mi contento intento sentarme en equilibrio en un banco al que le falta el travesaño más cercano a la rodilla y tiene astillado otro que amenaza con pellizcarme las posaderas, cuando en esto veo que el citado chofer sale apresuradamente del bar pasados cinco minutos, cinco (lo juro), se sube rápidamente al autobús, arranca y, con la puerta aún abierta, se marcha revolucionando ruidosamente el motor diesel de origen alemán cual cuatrero perseguido por las fuerzas del bien, mientras un servidor, atónito y con la boca abierta se levanta a cámara lenta del potro de tortura y hace amago de decir “Presenteee” con voz meliflua elevando indeciso el brazo derecho a un destino que le abandona para siempre.
Después de varias imprecaciones masculladas entre dientes contra el susodicho y parte de su –sin duda inocente- familia, juro y rejuro que nada más llegue a casa le pongo una reclamación que se le cae el pelo, mientras con saña busco en mi escasa cultura de todos los Derechos –Administrativo, canónico, etc, etc.- la terrible figura legal por la que el canalla va a perder su grasiento cabello, sintetizando de todo el mar de impotencia que: “Pero que tío más cabrón”, que sin duda en latín suena más categórico.
Hirviendo de varias emociones fuertes, vuelvo solicitando consuelo a mi peligroso amigo el banco.
Oh momentos de cruel soledad…
Llega otro autobús. – ¿A qué hora sale? – A menos cuarto, me contesta el educado joven uniformado. – Salen cada 15 minutos. Pago y me siento. A menos cuarto arrancamos. En la primera parada no sube nadie, en la segunda tampoco, ni en la tercera. ¡Voy todo el trayecto con el autobús para mi sólo!. No me lo puedo ni de creer. Contemplo relajado desde mi enorme taxi a 1 euro el paisaje en el bonito atardecer, a las gentes y sus ajetreos. Olvidado ya del todo de mi ex afrenta reflexiono sobre las distintas tonalidades del azul. Casi a última hora entra una guapa joven con un bebé en un carrito. Nos cruzamos una sonrisa…
Perdón por divagar. Pon una reclamación por escrito. Convence a algún compañero de viaje que haga lo mismo.
Al final todo es cuestión de formas, supongo. Porque si el hombre llega siempre a y veintisiete y ha de salir a y media no tiene tiempo de nada, como bien señalas. Si está así toda la jornada laboral, es explicable que necesite hacer un alto para el cafelito y el cigarrito. Pero claro, esas no son formas.
… Y es que el cafelito es sagrao…
Besos
Miros si cambia las formas lo único que conseguirá es que los pasajeros vayan todos a poner una reclamación a la empresa. Como es una empresa privada le caerá una buena al conductor, ya que al empresario le importará un pito que el trabajador tenga derecho a tomar su cafelito y ponderará las reclamaciones de los que habitualmente son pasajeros y se quejan. O se le cae el pelo o lo echan, de ahí que el pobre hombre utilice la mejor defensa, la mala cara. Porque el que el autobús salga tarde no es culpa del cafelito del trabajador sino de que los empresarios no contratan el personal suficiente para que todos tengan tiempo de disfrutar de los derechos que nos otorgan el estatuto y los convenios laborales. Sin embargo en él no pensamos en la protesta. Y esa es la cuestión principal por la que los estados bajan la formación (al hilo del post anterior) y el nivel de cultura de la educación obligatoria de un país, para tener trabajadores que no saben que pueden exigir sus derechos y ciudadanos que no saben que estos los tienen y que los empresarios se los embolsan en la cuenta de beneficios al ahorrar en personal.
Me imagino que dependerá bastante de la profesión, porque a mí personalmente (y no, no soy mártir ni nada) me hacen en ocasiones (más de una y de dos y de trres) perder tiempo de mi hora de comida para realizar tareas laborales, y no porque mi ritmo de trabajo sea lento, que no lo es, sino porque precisamente como no lo es, así no hay que pagar horas extras a los demás… total…
Menos mal que aquí en Canarias funcionamos de otra forma!
Tomamos cafecito!
Besotes!
Los conductores del autibús tienen mala fama, es cierto. Es como una fama de mala follá que nunca se la han conseguido quitar de encima. Si encima tiene la desfacharez de dejar al personal esperando mientras el se toma su café…la cosa empeora.
Pero eso no justifica que, como dices, hayas dejado de tener 12 años. ¿Quien te dió permiso?
más que de la profesion o el sector donde se realice (público/pivado) todo esto depende del talante de cada uno, en su forma de actuar según son condición, no?
Besos. Angie.