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Archivo para Octubre 2008

Y ahora… lo contrario

26 Octubre 2008 kotinussa 9 comentarios

Por una gran casualidad, después de un post dedicado a aquellos objetos carísimos que mucha gente venera, encontrando belleza en ellos, Lula me pide que conteste a un meme que es justo lo contrario. Tengo que elegir cinco objetos sin valor ninguno pero a los que tenga un enorme cariño, hasta el punto de guardarlos durante años y años. Ahí va:

- En su infancia mi ahijado pasaba los veranos fuera de casa, en un chalet en la playa de la Barrosa. Hace unos diez y siete años, cuando tenía cinco de edad, la tarde en que se marchaban vino a despedirse de mí y me dejó como regalo un indescriptible objeto que consiste en un corazón de raso rojo, de unos cinco centímetros, relleno de algodón, ribeteado por un encajito blanco y con la inscripción “Te quiero”. Desde entonces lo llevo SIEMPRE en el bolsillo de la ropa que uso para estar en casa. Ahora el chico tiene veintidós años, está estudiando 5º de Ingeniería Industrial, y se monda de risa cada vez que se lo enseño.

- Una bata de invierno azul celeste con lunaritos blancos que tiene la friolera de veinte años. Recuerdo que costó bastante barata en una tienda muy corriente, pero para mí es perfecta. Es calentita pero no agobia y tiene una forma que me permite moverme con total comodidad. Aunque no dejo de buscar una de la misma forma cada vez que paso por una tienda de lencería, no he vuelto a ver una semejante. La lavo con todo cuidado, para que dure lo más posible pero, no nos engañemos, le queda más bien poco.

- Una muñeca de trapo muy rudimentaria que le compré a una niña en Egipto hace veinticinco años. Podéis ver su foto en el post La muñeca. Fue la primera de una colección de muñecas típicas que he ido comprando en todos mis viajes.

- Un cd con una recopilación de arias de ópera cantadas por Joan Sutherland. Fue gratis, porque venía de regalo con otro cd, y supongo que podría encontrar fácilmente cada una de las piezas que lo componen. Pero esa recopilación resulta para mí la perfección y resume lo favorito de mi cantante de ópera favorita.

- El primer cuento que tuve (Bee, el corderito), cuando todavía no sabía leer. También le dediqué un post hace algún tiempo. No es un libro lujoso ni mucho menos, sino uno de esos cuentos troquelados con la cubierta de cartulina y unas pocas páginas.

En fin, misión cumplida. Como sabéis, tengo por costumbre no pasar los memes a nadie, dejando que los haga quien quiera. Esta vez, por variar, se lo paso a Raquel, Zafferano, Mid, la Princesa del Guisante y Buch. No me odiéis demasiado.

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Relojes y móviles

23 Octubre 2008 kotinussa 18 comentarios

Comprendo que resulto rarita en muchas cosas, pero al parecer me llevo la palma en una de elllas. Al menos, todavía no he encontrado una sola persona que comparta mi opinión en este asunto. ¿Seré un ejemplar único en el mundo? Si es así, me hace hasta ilusión.

Hay dos objetos por los que muchísima gente siente verdadera pasión: los relojes y los teléfonos móviles. No porque les atraiga el funcionamiento, la tecnología y ese tipo de cosas, sino porque son capaces de verlos preciosos, ven belleza en ellos.

Es algo que nunca he sido capaz de comprender. Puedo comprender la utilidad de un reloj, aunque yo no lo use, y la de un teléfono móvil, aunque la mayoría del uso que se le da es totalmente supérfluo e innecesario. Pero no me entra en la cabeza que los consideren OBJETOS BELLOS.

Me parecen dos artefactos feísimos, incluso en el mejor de los casos. Si me ofrecen un Rolex Lady-Datejust Pearlmaster por 50 euros, lo rechazaría, lo juro. El hecho de que el modelo aludido lleve piedras preciosas, oro y demás no influye. Tampoco me gusta un reloj de plástico, de acero o de cualquier otro material.

Y cuando en una tienda de móviles veo a alguna persona embobada ante determinado modelo de teléfono móvil, mis neuronas hacen cortocircuito.

Afortunadamente para las empresas que fabrican estos objetos no debe haber muchos seres como yo.

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El cafelito

16 Octubre 2008 kotinussa 8 comentarios

Mi autobús sale a y media en punto. Estoy en la estación de autobuses desde y veinte, pero no hay señales del autobús ni del conductor. Por fin llega a y veintisiete, con el tiempo justo para que los que esperamos subamos y paguemos el billete.

Pero cuando nos disponemos a subir el conductor cierra la puerta y anuncia que va a tomarse “un cafelito”, así, en diminutivo, para que suene menos descarado. Ni que fuera un diabético que tiene que ponerse insulina. Por supuesto, no hay salida a y media. El conductor viene cuando buenamente le da la gana (el café debía estar bastante caliente) y encima, usando la táctica de “la mejor defensa es un buen ataque”, nos pone cara de perro por si a alguno se nos ocurre protestar.

Y así una y otra vez. Luego dicen que si los maestros nos lo montamos muy bien, que si los funcionarios…, etc. Sin embargo, esto es una empresa privada y el fulano, con el mayor descaro, ni siquiera se molesta en poner la excusa del tráfico. Y, mucho menos, pedir disculpas por el retraso.

En España parece que eso de “el cafelito” tiene que ser aceptado como una excusa universal, que inutiliza cualquier otro razonamiento.

Mi autobús mañanero. Un triste panorama

7 Octubre 2008 kotinussa 16 comentarios

Este año mi horario de clases es completamente opuesto al del curso pasado. En lugar de entrar todos los días temprano y salir cuanto antes, ahora entro más tarde y salgo todos los días a última hora. Esto, unido a la reducción de jornada que pedí para no llegar al agotamiento que sufrí el curso pasado, ha cambiado totalmente mi forma de desplazarme al Instituto y a casa (trabajo en una población distinta a donde vivo). El año pasado iba todos los días en coche con cuatro compañeros y volvía en autobús. Este año, voy en autobús todas las mañanas y vuelvo en coche con un compañero. Así he ganado cinco horas y cuarto de sueño a la semana.

El caso es que todas las mañanas voy en un autobús que, antes de dejarme en el Instituto, pasa por las urbanizaciones más lujosas de El Puerto de Santa María, repletas de chalets espectaculares. Los habitantes de esas urbanizaciones, por su nivel de vida, no son usuarios habituales del autobús, y menos aún antes de las 10 de la mañana. Mi autobús diario va repleto de mujeres que van a esas urbanizaciones a trabajar como asistentas. Es curioso observar el autobús con 25 ó 30 mujeres, nunca o muy raramente un hombre, todas conocidas entre sí y charlando, y ser yo la única que sé seguro que se dedica a otra cosa.

Algunas tienen ya cierta edad, y posiblemente nunca tuvieron oportunidad de dedicarse a otra cosa. No tengo nada que decir sobre ellas. Tienen toda mi admiración y mi respeto. Sin embargo, un porcentaje bastante grande tienen bastantes menos años que yo, e incluso hay un grupo de jovencitas. Ante estas últimas, sobre todo, me pregunto todos los días por qué nunca se preocuparon de prepararse para otra profesión menos dura y mejor pagada. Y que nadie me diga que eso sólo es posible ahora, con la extensión de la educación obligatoria. En mi primer curso en la universidad, nada menos que allá por octubre de 1976, había en mi clase un grupito de alumnos cuyos padres eran jornaleros del campo, casi nada. Mi mejor amigo de la Facultad era hijo de un obrero de los astilleros (ahora él es uno de los vicerrectores de la Universidad de Sevilla). Ninguno de ellos vivió en su familia un ambiente que empujara al estudio, probablemente en las casas de muchos de ellos no había ni siquiera libros. Y, sin embargo, allí estaban.

Por eso, cuando veo a mis más jóvenes compañeras de autobús todas las mañanas, me pregunto qué ha pasado para que ahora, con más facilidades que nunca para estudiar o prepararse para una profesión, con módulos de formación profesional de distintas categorías, miles de ayudas estatales para formarse y crear pequeñas empresas, etc., las ambiciones hayan descendido a lo mínimo, conformándose muchas de ellas con echar horas en casas y, todo lo más, ser cajeras de supermercado. La mayoría de los estudiantes no aspira a hacer un bachillerato, y un porcentaje enorme ni siquiera se afana lo más mínimo por acabar la ESO, a pesar de los programas de diversificación, garantía social y demás.

Os aseguro que el panorama es desolador.

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