Cuando se junta un político tonto y un falso budista listo…
Eso de que a veces los árboles no nos dejan ver el bosque es una gran verdad. Con árboles de primera línea como Calvo, Aído, Rodríguez, Caldera y otros especímenes que parecen jugar a una “Operación Triunfo” del disparate y la imbecilidad, nos estábamos perdiendo un hermoso bosque que, agazapado en un segundo término, nos hubiera hecho mucho más interesante (aún) la vida.
Pero a ratitos los árboles principales se toman vacaciones, y ahí está la segunda fila, presta a avanzar, bayoneta calada, para ocupar el hueco dejado y proporcionarnos inefables momentos.
Ayer, un individuo llamado Pere Navarro, que es nada menos que Director General de Tráfico, cumpliendo con el deber que se ha impuesto de ofrecernos cada año, en estos sosos meses de verano, algo de animación, me confirmó una vez más la intuición de que el eslabon perdido entre los prehomínidos y los primeros homínidos habita dentro del reducido espacio de un coche oficial.
Ya en julio del año pasado desató las iras de los gallegos culpando a la psicología de los mismos del elevado número de accidentes de tráfico. Piensa que los gallegos son “pesimistas por naturaleza” y tienen un problema psicológico que les impide buscar soluciones y darse cuenta de que la siniestralidad en su comunidad es similar al resto de España. Por supuesto, el hecho de las constantes lluvias, la dispersión del habitat, el estado de las carreteras…, nada de eso influye. Lo único que pasa es que los gallegos están instalados en el pesimismo. Varios partidos políticos pidieron su dimisión pero al final todo quedó en nada.
(Inciso: la ministra Narbona también declaró que en Galicia había más pirómanos por el bajo nivel de desarrollo socioeconómico).
Supongo que el BNG se frotará las manos cada vez que un político de alto rango del gobierno central hace declaraciones, porque la verdad es que les facilitan muchísimo el trabajo en las elecciones.
Volviendo a Navarro, hace unos pocos meses quedó con el culo al aire después de anunciar a bombo y platillo que los muertos en accidentes de tráfico habían descendido drásticamente. La policía le aguó la fiesta cuando hizo público que había dado orden de que se sacaran de las estadísticas los fallecidos en zonas urbanas, que por lo visto el hecho de morir a dos pasos de una tienda de Zara o de un colegio de primaria no es morir del todo, sino que para este señor te deja en un limbo fuera de las estadísticas, lo que le permite darse una sesión de autobombo ante los micrófonos de vez en cuando.
La última parida vuelve a sonar en julio. Ya digo que a estos de segunda división se les nota más cuando los otros están de vacaciones. Consistió en la presentación, ayer 16 de julio, en la sede central de la DGT, de un casco para motoristas con el que pretende reducir las escandalosas cifras de muertos.
Es un casco normal y corriente, incluso de tipo abierto, sin protección facial. Eso quiere decir que un pequeño golpe te puede pulverizar mandíbula y dientes, pero lo bueno es que cuenta con el valor añadido de que es un «casco budista portador de paz» como remedio contra «el estrés que causa en los motoristas la crispación y la crisis actuales».
Lo budista del casco, que se venderá en el Corte Inglés al precio de 150 euros, se limita a sus colores, rojo y azafrán, a que lleva inscrito un mantra sagrado y en el forro interior, sobre la coronilla, cosido un chakra. El chakra elegido es el séptimo, y está representado por una flor de loto color diamante con mil pétalos. Su función es “completar la persona, uniendo el yo superior y el inferior, y acentuar las facultades humanas”. También viene acompañado de una guía espiritual titulada “Live peace”.
Todas estas innovaciones son obra de unos monjes budistas catalanes a los que Navarro ha dado cuartelillo organizando un acto público conjunto con la presidenta de la Asociación de Prevención de Accidentes de Tráfico, María Eugenia Domenech, con presentación ante la prensa incluída, acompañado de Josep Riu, alias “Jamyang Tashi Dorje Rinpoché”. Según este fulano tan espabilao, todo el que use ese casco se convierte por obra y gracia de Siddharta Gautama en un portador de paz, que evita accidentes a su paso.

Lo grave es que si ese grupillo de colgados del “Laboratorio Budista de El Garraf” hubieran organizado esto por su cuenta, no nos queda otra cosa que reirnos un poco. Por supuesto, nos reiríamos algunos, no aquellos que hayan perdido a alguien por los quitamiedos asesinos o el mal estado de muchas carreteras. Pero lo malo del caso es que todo un Director General de Tráfico, que cobra un sueldo con el sudor de nuestras frentes, les dé credibilidad y seriedad, organizando un acto público y todo.
Supongo que los ministros estarán tomando nota y a la vuelta de las vacaciones varios de ellos sacarán decretos para que se decoren con chakras y mantras las paredes de los quirófanos, los cascos de los albañiles, las puertas y los coches de las posibles víctimas de ETA, y hasta el edificio de la Bolsa. Sería todo un bombazo que después de 25 siglos de budismo sea en España donde se le encuentre precisamente su relación con la solución a todos los problemas.
Ayer esperaba sentada en una parada de autobús. Me senté en el extremo izquierdo, donde daba la sombrita y soplaba un airecillo fresquísimo. Al otro extremo estaba una pareja, a la que no parecía importarle el sol. Y en medio, sitio para al menos dos personas.
El hecho de que hoy, 3 de julio, no tenga todavía planes para las vacaciones, a excepcion de unos días en Madrid en la segunda quincena de agosto, me ha hecho recordar con tristeza dónde me gustaría estar en estos momentos y por qué, desgraciadamente, no puedo, que no es ni más ni menos que la delicada situación política existente en mi rincón favorito del mundo: Oriente Medio. Estoy rabiando por volver a Siria, a Iraq o a Jordania. Y espero fervientemente poder hacerlo en pocos años.





Para no perderme ni uno