Los Premios Goya y sus temas relacionados continuan ocasionándome tales sobresaltos que creo que me están afectando más que la campaña electoral. Lo último ha sido enterarme de que los premiados tienen que pagar mil euros por llevarse el cabezón a casa. Si no pagas, después de hacerte la foto lo guardan en la alacena a ver si el premiado del año que viene tiene la suficiente vanidad como para pagar. Y no dudo de que todos pagarán. Buenos son. Aunque luego digan que lo usarán para sujetar las puertas abiertas o que lo pondrán en el cuarto de baño, que es algo que queda lo suficientemente despreciativo como para resultar guay, pero sin llegar a atreverse a no ir a recogerlo, como han hecho otros actores con los Oscar e incluso con los Nobel. Estos paniaguados del cine español intentan fingir que desprecian todo eso (buena muestra son las caras de asco con las que algunos entran en la gala, sobre todo los hombres), e incluso hacen el paripé de que no pensaban ganar nada y por eso ni siquiera se han preparado cuatro frases apropiadas, aunque todos esconden un papelito en la mano con unas palabritas que llevan componiendo penosamente desde un mes antes.
Después de los Goya tuvimos los Premios TP, más cutres todavía, con Ana Obregón y Terelu Campos haciendo el ridículo más espantoso en el escenario; con una presentación insoportable de El Gran Wyoming, del que alguien escribió con mucha gracia que parecía que estaba recitando las Coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique; con un decorado y una escenografía que parecía recuperada de los primeros tiempos de la tele, y con comentadas sospechas de tongo. Porque resulta que la cadena que emitía (la Sexta), se llevó un inusitado número de premios en relación al número de espectadores que tiene, lo que no cuadra en absoluto porque precisamente se supone que son los espectadores los que otorgan estos premios.
A esas alturas ya envidiaba yo la suerte de los norteamericanos, que por la huelga de los guionistas se quedaron sin el espectáculo (que no sin el reparto de premios) de los Globos de Oro y parecía que se iban a quedar también sin el de los Oscar. Y no porque servidora vea lo de los Goya y los TP, pero es que como española me duele que quede constancia para los tiempos venideros de que las actrices españolas carecen completamente de sentido del ridículo a la hora de vestir, de que los actores españoles ni se peinan ni se lavan, y de que la gente del cine en España no sabe decir más de seis palabras, de las que tres son “joder”, “hostia” y “mogollón”. Por si alguien piensa que exagero, puede leer unas divertidísimas crónicas de lo que fueron las galas Goya de los años 2004, 2005, 2006, 2007 (una y otra) y 2008.
La noticia de que la huelga de guionistas en Estados Unidos ha terminado me reconforta un poco. Mal de muchos, consuelo de tontos. Bueno, por lo menos que no seamos nosotros los únicos que hagamos el ridículo. Algunos norteamericanos (diez o doce) también desearán que se los trague la tierra.
Pero no podía ser verdad tanta dicha. Definitivamente, pasaremos a la posteridad como los más gilipuertas, porque en un alarde de “y yo más”, acabamos de elegir al “Ave del año”.

Lo que oyen. El pato colorado acaba de ser elegido el “Ave del año”, y más o menos con los mismos criterios con los que se da el premio a la mejor película española. ¿Que a “La Soledad” la ha visto cuatro gatos? Pues le damos el premio al pato colorado, que son tan pocos los que quedan que ni sabíamos que existían. Yo tenía idea de que se elegía “Coche del año” al más vendido, se llamaba la “Boda del año” a la más popular y cotilleada… Pues lo del “Ave del año” tiene que ser como una especie de homenaje póstumo, porque se le da a la que le quedan tres telediarios. Puede ser como lo de Alfrendo Landa recogiendo el Goya de Honor, que después de oirlo balbucear incoherencias durante 10 minutos, todo el mundo pensó que le había dado un ataque cerebral allí mismo y se iba a caer redondo. Menos mal que el falso directo con media hora de retardo eliminó piadosamente el episodio.
Todavía no se ha anunciado cuándo y dónde será la gala, pero me imagino que por una vez dejarán en paz a Corbacho y, por coherencia, elegirán a la Gallina Caponata para presentarla, aunque me parece que Enma Cohen ya no cabe dentro del disfraz. Que no me meto con las gordas, ojo, sólo constato el hecho de que Enma ha triplicado su volumen en los últimos veinte años. Pero no hay mal que por bien no venga. Sería una oportunidad para que una de esas actrices españolas, a las que tan desagradable resulta ver incluso cuando están arregladitas, como Antonia San Juan o Blanca Portillo, salgan al escenario sin asustar a los niños que puedan estar viendo el espectáculo.
Tal día como hoy, hace un año: Preguntas (no retóricas)
Para no perderme ni uno