Jarrillos de lata
El jarrillo de lata es el paradigma de lo humilde, que está al alcance de todo el mundo, pero al mismo tiempo sirve para muchas cosas. El jarrillo de lata no se rompe, no se desconcha, y nos saca de muchos apuros. Dura muchísimo tiempo, y si no que se lo pregunten a John Wayne, que usó el mismo en un montón de películas. El jarrillo de lata no servía sólo para beber. En cualquier casa cumplía un montón de funciones. Lo usaban también los excursionistas, la gente del campo, los trabajadores en su tajo… En fin, que por algo se dice “más apañado que un jarrillo de lata”.
Los jarrillos de lata han desaparecido de nuestras vidas. Nos hemos ido al extremo contrario, con productos muy sofisticados, muy caros, y que sirven sólo para una cosa. Para hacer una limpieza usamos catorce productos distintos; para pasar el rato, una docena de aparatos diferentes. Pero, como un virus que se hace resistente a los antibióticos y cambia su estrategia, el útil jarrillo de lata se ha refugiado en otro lugar, y ahora disfruta de su mejor momento en el ámbito de la política.
Es increíble cómo nuestros políticos, una vez que se les acaba el chollo, sirven para cualquier cosa. Cualquier cosa que dé dinero, por supuesto. Felipe González, después de un agotador periodo como diputado en el que acudió a dos sesiones del Congreso en cuatro años, lo mismo asesora a uno de los hombres más ricos del mundo (muchas veces en contra de los intereses españoles, que tiene guasa), que diseña joyas, como si fuera la mujer de un torero. Aznar da clases en la universidad de Georgetown (EEUU) o en el Instituto Tecnológico de Monterrey (México), lo mismo da. Y en los ratitos libres es asesor de magnates de la comunicación o de fondos de capital riesgo.
El último ha sido Piqué, que ahora asesora a una empresa que promociona viviendas sociales en África. Que no digo yo que este hombre no valga, pero pienso que el contexto de las viviendas sociales en África le resulta bastante desconocido.
La cuestión que más me intriga no es cómo es posible que tengan esa capacidad, sino por qué cuando se dedicaban a la política no mostraron ni un pequeño porcentaje de ese talento que ahora derrochan a lo largo y ancho de varios continentes.
P.D. Hace un año publicaba: Feliz Navidad
El primero, con muchísima diferencia sobre los demás, era Robert Redford. Por supuesto, no me refiero al Robert Redford septuagenario (aunque no está tan mal), sino al Robert Redford de “Dos hombres y un destino”, con ese aspecto algo descuidado de greñas y bigotes. Y también al Robert Redford del extremo opuesto, el ultrarrepeinado y engominado de “El gran Gatsby”. La verdad es que me gustaba de cualquier forma.
Y el tercero en discordia era otro actor mucho menos conocido, aunque por aquellas fechas muy popular en España gracias a una serie de televisión llamada “Marcus Welby”. No, no se trataba del personaje que daba nombre a la serie, un viejete con pinta de abuelito, sino del actor Chad Everett, que hacía el papel del Dr. Gannon. Era una serie de médicos, una de las primeras después de “Dr. Kildare” (James Franciscus, muy guapo también). En España la serie hizo tanto furor que yo la compararía con el caso de “Urgencias” y George Clooney.
Esta criatura es una coreana que ha inventado un gorro-almohada. Ignoro si su triste expresión la traía ya de serie o se debe a que a cuenta de esto ha sido repudiada por su familia y amigos. Sea como sea, el artilugio es una cosa muy útil. Sales de casa con la almohada puesta y puedes aprovechar cualquier momento y lugar para echar un sueñecito: el metro, el trabajo, el cine, la espera de ese amigo impuntual… Por caridad, hagamos propaganda del invento, a ver si así conseguimos que venda un par de docenas y esboce al menos una sonrisa.
Lo de leer revistas en el cuarto de baño ya está muy visto. Y además, a la gente inteligente y cultivada como nosotros el cerebro nos pide más. Ejercitemoslo en esos ratos muertos mediante el rollo de papel higiénico estampado con sudokus. Eso sí, conviene que nos aseguremos de usar un rotulador permanente, para que la tinta no se traslade luego a otro lugar.
¿Eres amante de los gatos o, por el contrario, los odias? En cualquiera de los dos casos encontrarás un motivo para usar este sacapuntas. Tiene todos los detalles que podamos desear: bandejita para recoger los restos y efecto sonoro de maullido cuando se saca punta al lápiz.
Si te quejas de los pies fríos, ya no tienes excusa. Estas zapatillas están rellenas de semillas de lino. Se calientan durante minuto y medio en el microondas y conservan el calor durante varias horas. Eso sí, me parece que conviene tener un microondas aparte sólo para las zapatillas, porque después de usarlas durante meses dará un poquito de asco calentar la leche en el mismo sitio.
No vale que lo neguéis, sé que todos aprovecháis algunos ratitos en el trabajo para conectaros, leer los blogs de los amigos y escribir algún post. Este artilugio nos permite, al acercarse el jefe o el compañero cotilla, ocultar una o varias ventanas en la pantalla de la forma más disimulada. Se coloca en el suelo, bajo la mesa, y con un toquecito del pie las ventanas se ocultan. Pasado el peligro, con otro toquecito vuelven a aparecer. Y todo ello con carita de no haber roto un plato.
Por último, pero no por tener menos interés, este artículo especialmente indicado para animar fiestas un poco aburridas o ajustar alguna cuentecilla pendiente con ese cuñado cabroncete. Olvídate de la ruleta rusa, que luego lo deja todo lleno de sangre y otros restos desagradables y propón a tus amigos jugar con esta simpática ruleta electroshock. Sólo tienes que convencerles de que pongan el dedo en el contacto, pulsar el botón de encendido y la suerte comienza a girar. Ni que decir tiene que el jugador que retire el dedo queda descalificado. Ganará el o los jugadores que hayan aguantado hasta el final y no hayan recibido la descarga. Fantástica para esas reuniones navideñas con lo más inaguantable de la familia.
Yo, sinceramente, creo que este muchacho no está muy bien de la cabeza. Esa cara permanente de velatorio, esa expresión siniestra, incluso en el momento triunfal de la salida a hombros, y esa proporción tan altísima de cogidas por corrida (incluso dos en una tarde), me sugieren una persona bastante desequilibrada, que ha perdido el más elemental instinto de conservación. Vuelvo a mencionar a Belmonte, del que también decían que toreaba de una manera suicida, y que al final se pegó un tiro.





Para no perderme ni uno