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Archivo para Junio 2007

Terrible duda

28 Junio 2007 kotinussa 18 comentarios

Aquí estoy, intentando decidir a qué dedico mi primer día de vacaciones.

Una piensa durante meses en las vacaciones, pero de un modo un poco abstracto. Luego, cuando están tan cerca, coincide con el periodo con más trabajo del curso y aunque teóricamente están ahí, esperándote al final, tu tiempo y tus energías están totalmente dedicados a hacer varias cosas simultáneamente.

En el mejor de los casos has hecho los grandes planes: un viaje, por ejemplo. Pero ¿y ese primer día en el que finalmente puedes levantarte a la hora que te apetece? Lo has deseado tanto que sería realmente una pena que ese primer día pasara sin pena ni gloria, a lo tonto.

En resumen, aquí estoy, intentando planear un buen día, y al mismo tiempo pensando que sería estupendo dejarme llevar y NO HACER NADA, ABSOLUTAMENTE NADA, para variar.

Se aceptan sugerencias.

Categorías:Cosas mías

Europeos a medias

24 Junio 2007 kotinussa 16 comentarios

Cuando yo era pequeña, la playa de Cádiz estaba llena de vendedores de cangrejos, bocas y cartuchitos de camarones. Mi madre jamás nos dejó comprar ni comer nada de eso, porque recordaba que cuando era niña iba a su casa una mujer a la que se ayudaba con comida y algo de dinero, cuyo hijo, tuberculoso, se ganaba un dinerillo cogiendo cangrejos. Como no cogía muchos, acumulaba los de varios días en una lata que guardaba debajo de su cama, así que aquellos cangrejos, cogidos y cocidos al modo “tradicional”, pasaban varios días en una lata mohosa, debajo de la cama de un tuberculoso, en una casa tremendamente sucia.

Lo tradicional en la manipulación y elaboración de alimentos estaba indisolublemente unido a mucha falta de higiene, a enfermedades y a ninguna supervisión por parte de cualquier tipo de organismo. Como no se podía garantizar que algo era inocuo, sólo cabía la prohibición. Por ejemplo, en Cádiz en los siglos XVIII y XIX, ya por esta época del año estaba prohibido vender carne de cerdo en los mercados, y sólo se restablecía la venta con la llegada del frío. Es imposible unir la seguridad de los procedimientos industriales con la supuesta bondad de lo tradicional, porque además tampoco es verdad que, como nos quiere hacer ver la publicidad, esté más bueno un turrón si se ha hecho partiendo las almendras a mano una a una con un mazo.

Mientras que de algunas cosas se abomina precisamente porque son “tradicionales”, se nos quiere hacer ver que otras deben seguir existiendo precisamente porque son “tradicionales” frente a lo industrial, sobre todo cuando hablamos de alimentación (y la agricultura que nos proporciona esos alimentos).

Se demuestra sin ningún género de dudas que muchas prácticas de la agricultura tradicional son nefastas, dañinas, que han causado la deforestación, la erosión, el empobrecimiento de los suelos, etc. La quema de rastrojos, por ejemplo, además de causar muchísimos incendios cada verano, trae consigo la pérdida de un alto porcentaje de materia orgánica en el suelo y un mayor gasto de abonos nitrogenados. Si se siembra sobre los rastrojos del año anterior la tierra retiene mejor el agua, disminuye el riesgo de inundaciones y se utilizan menos fertilizantes. ¿Apostamos algo a que la gente del campo va a seguir quemando rastrojos y, con ello, colaborando en la desertización de Andalucía? ¿Apostamos algo a que los gurús de lo verde seguirán desinformando a la gente y sacralizando lo “tradicional”? ¿Apostamos algo a que mucha gente seguirá llenándose los bolsillos subiendo los precios de todo aquello que tenga la etiqueta de “producido según métodos tradicionales”, “al estilo de la abuela” y demás?

Y para qué hablar de cuando nos intentan vender la burra de la “medicina tradicional” con el absurdo razonamiento de que “en China durante miles de años se ha utilizado el feng shui, acupuntura, shiatsu, reiky, moxibustión, reflexología, etc.” La respuesta es tan obvia como que por eso los chinos se han estado muriendo a chorros hasta que han introducido la medicina moderna, que el uso de la “medicina tradicional china” no implicaba su éxito, simplemente que no sabían o no podían hacer otra cosa.

Pero hay cosas mucho más peligrosas que beber agua imantada, que no te cura pero tampoco te mata. Hay cosas que sí te matan, o te dejan lisiado, y ahí nuestro gobierno progresista, moderno y, sobre todo, que no se nos olvide, feminista, saca pecho porque no va a permitir que una directiva de la Unión Europea acabe con una “tradición” española, faltaría más, que además es de machotes, a diferencia de los afeminados belgas, que se divierten haciendo encaje de Bruselas. Mientras que desde febrero en el resto de Europa los menores de 12 años no pueden manejar petardos, en España se ha firmado una moratoria a esta directiva porque, como dijo Rubalcaba en un mítin, “de momento vamos a permitir que lo que es una cultura de siglos, siga siendo”. Sólo en las Fallas de Valencia, de 2001 a 2005, 30 menores de 12 años sufrieron amputaciones de dedos y manos, vaciamiento de ojos y quemaduras graves por el uso de petardos, sin contar con el resto de España, que cada primavera y verano se convierte en una traca continua.

El verano es el momento álgido de todas esas tradiciones peligrosas: niños que se desnucarán sobre los adoquines al caerse desde lo alto de un “castell”, jóvenes borrachos corneados por los toros sueltos en cualquier fiesta de pueblo y pólvora, mucha pólvora, que incluso suponiendo que se cumplan las normas legales para su venta, llegará de todos modos a muchísimos menores de ocho años facilitada por sus propios padres. Mientras tanto, los políticos se la cogen con papel de fumar por cualquier otra cosa. Por ejemplo, un niño de Primaria no puede jugar al “corro de la patata” en el recreo sin estar vigilado por un profesor, pero sí puede subir a un “castell” de ocho pisos, como la niña que murió el verano pasado.

Menos mal que somos europeos, aunque sea sólo a medias.

Actualización: Ayer, sólo en Barcelona, fueron atendidas 233 personas por quemaduras de petardos, 60 de ellas menores. Hubo 12 casos de quemaduras graves y 35 de amputaciones. Dos niños menores de 10 años sufrieron amputaciones de varios dedos y un hombre perdió la mano completa.

Siesta y delicias gastronómicas

21 Junio 2007 kotinussa 17 comentarios

Después de unos días locos con más de 12 horas de permanencia en el Instituto y miles de papeles que cumplimentar, siempre con la sensación de que te estás dejando algo importante sin hacer, llego a casa cerca de las cuatro de la tarde, como una zombie me voy para la cama a echarme una siesta y, por primera vez en meses, sueño. Extrañamente, el sueño no se desvanece en cuanto me despierto, y varias horas después todavía lo recuerdo bien.

Como suele pasar, en el sueño se ha mezclado de todo: la intención que tenía desde hace unos días de poner hoy un post nuevo, una conversación que tuvimos esta mañana en la sala de profesores (después de un desayuno con churritos) sobre cómo comíamos de pequeños, las últimas gestiones de una comida fantástica (alta cocina, prestigiosa escuela de hostelería) que celebramos mañana, unas fotos nuestras de bebés que hemos reunido para un montaje en vídeo muy divertido que estamos haciendo, y hasta un apretoncillo cariñoso en un brazo que me ha dado esta mañana el jefe de estudios (persona poco expresiva por lo general) por un favor que le he hecho.

Cuando me levanto me voy todavía casi sonámbula hacia el ordenador, con la idea fija de escribir el post que he pensado. Me detengo y reflexiono: ¿Pensado? ¿Cuándo lo he pensado? Entonces me doy cuenta de que el post lo he soñado. Vamos, que he soñado que escribía el post. Como me acuerdo perfectamente, empiezo a escribirlo tal cual, pero decido que el post, como los sueños, es un galimatías sin pies ni cabeza, y que iba a quedar un poco surrealista en comparación con lo que escribo habitualmente. Pero tampoco quiero descartarlo totalmente. Ya Artemidoro de Éfeso, en su obra “Onirocritica” (la única obra completa que sobre el tema de los sueños nos ha llegado de la antigüedad clásica) distinguía dos tipos de sueños: los que reflejan las preocupaciones de la vigilia y los que revelan sucesos futuros. Este pertenece desde luego al primer tipo, pero incluso así me sirve, porque ¿qué son sino eso mismo la mayoría de mis post?

Eliminando la parte absurda lo que me queda es una reflexión sobre mi relación con la comida, que a falta de diversión os va a proporcionar solamente un poquito más de información totalmente inútil y supérflua sobre mí. Pero no seré yo quien haga oídos sordos a los mensajes de los dioses, no sea que se enfaden conmigo y decidan no enviarme finalmente la combinación ganadora de la Primitiva que estoy esperando soñar de un día para otro.

Kotinussa nació hecha un pitraco, tan escasa de carnes que a todo el mundo llamaba la atención el extraordinario tamaño de los ojos. No es que los ojos fueran tan grandes, es que la niña era un manojillo de huesos y en comparación los ojos parecían enormes. Mi madre, novata en este tema de los niños, estaba poco menos que convencida de que me iba a morir y, haciendo caso omiso de las indicaciones del pediatra, a escondidas me infló de todo lo que podía darme para que engordara un poco, con lo que me convertí en un bebé aceptablemente rollizo.

Cuando llegó la hora de la comida sólida, cerré de nuevo el pico. No había forma de que comiera nada, y mi madre volvió a la costumbre de sobrealimentarme con toda clase de complementos vitamínicos y demás. Seguí sin cogerle gusto a la comida, pero me volví una yonqui de todos esos mejunjes y me bebía a morro las botellas de Calcio 20, producto que sin duda algunos recordaréis. Yo creo que más que inapetente era vaga, porque lo que me daban en puré me lo comía sin rechistar, fuera lo que fuera. Poco a poco le fui cogiendo algo de gusto a comer. Bien gracias a ello, bien gracias a las mil botellas de toda clase de productos que me zampé, adquirí las suficientes carnes para que desapareciera el miedo a mi defunción, aunque sin pasarme.

Los dos años que viví en un colegio mayor en Sevilla me enfrentaron a la dura realidad de que comía lo que había, o comía lo que había. Empecé a comer cosas a las que hasta entonces me había negado, como coliflores o pimientos asados, con el gran descubrimiento por mi parte de que había un mundo de sabores que me había estado perdiendo durante 20 años. A partir de ahí empecé a disfrutar de la comida, con las únicas excepciones del menudo, los plátanos y el potaje de alubias.

De los 20 en adelante me tocó vivir una época en la que no estaba de moda la delgadez extrema, pero tampoco las curvas. Y yo tendía más a las curvas que a la delgadez. Hubiera estado mucho más a tono en esta época, donde es cierto que se glorifica la delgadez, pero al mismo tiempo se valoran también las curvas si están bien colocadas. O al menos, eso dicen, que una no sabe nunca si existe sinceridad en esas cuestiones o es sólo un intento de quedar bien con las curvilíneas. En realidad, a estas alturas me importa poco, porque ahora aprecio la buena comida más que nunca. Sigo sin ser de grandes cantidades, pero me encanta comer bien (me refiero a calidad). En los viajes no desperdicio la oportunidad de probar de todo (por muy raro que suene) y de ir a los mejores restaurantes que pueda permitirme.

A veces los viajes me han traído una vuelta provisional a esos tiempos escuálidos de mi primera infancia, como aquella vez en Siria en la que, sabiendo perfectamente que iba a coger algo malo, tenía tal desesperación por la sed que bebí agua de un grifo en uno de los jardines del palacio Azem de Damasco y tuve unas diarreas que duraron cuatro meses. Me quedé hecha una sílfide (como se puede intuir por la foto en la que estoy bailando flamenco con un traje de lunares rojos de un post pasado y eso que la fotografía no da en absoluto la medida de mi delgadez en ese momento). Pero, en general, los viajes me han traído inolvidables momentos gastronómicos.

Resumiendo, que Kotinussa ya no es un pitraco, pero a cambio pasa fantásticos ratos con amigos alrededor de la mesa de un restaurante. Mañana os contaré.

P.D. 1.- Teniendo en cuenta cómo lo empecé, me ha quedado un post de lo más raro, pero así lo voy a dejar.
P.D. 2.- En el sueño tenía un piso precioso. Lo he visto con tanto detalle que he tomado nota de algunas cosillas para tenerlas en cuenta con vistas a una obra futura bastante grande en la casa en la que vivo ahora.

Categorías:Cosas mías

El taxista turco

17 Junio 2007 kotinussa 20 comentarios

Hace unos meses se hizo famoso en España un blog escrito por un taxista. Realmente es una buena idea, ya que la inmensa variedad de especímenes que entran en un taxi cada día debe dar para escribir varias docenas de post a la semana. Pero también es verdad que el gremio de los taxistas daría para protagonizar un buen número de entradas a un blog. Ya han protagonizado, en el campo de la ficción, memorables escenas de películas y chistes a miles, pero también son los héroes de multitud de anécdotas que, inevitablemente adornadas, contamos una y otra vez.

Yo, como todo el mundo (quizás más que muchos, pues como no conduzco tomo bastantes taxis), tengo mi archivo de taxistas curiosos: los hay taciturnos, parlanchines, protestones, impávidos, de los que te largan un mítin apenas te has dejado caer sobre el asiento, fuguillas, lentos, aficionados a la música, a los toros, al fútbol, a la política, educados, maleducados… En general, tienen fama de ser machistas y de derechas. Y por lo menos aquí en Cádiz se daba por seguro que cualquier taxista tenía al menos una querida, porque sus turnos de trabajo facilitaban muchísimo que engañaran a sus mujeres. Tópicos, al fin y al cabo, como en todas las profesiones.

En algunos países, por desconocimiento del idioma, me he quedado con las ganas de pegar la hebra con algún taxista. En otras ocasiones eso no ha sido un impedimento: el mismo taxista tenía tantas ganas de charla que nos hemos dedicado a una trabajosa combinación de lenguaje de gestos con las palabras más conocidas de varios idiomas, lo que nos permitió una precaria comunicación. Según donde te encuentres, el que una turista europea tome tu taxi debe ser una agradable novedad que un taxista aburrido no desaprovechará.

Ya habréis oído más de una vez que no hay circulación más demencial que la de El Cairo. La práctica ausencia de señales de tráfico, la mezcla de animales (camellos y burros) con bicicletas, motos y coches y la costumbre de ignorar los semáforos y las señales pintadas en el suelo deben ser la prueba de fuego para cualquier conductor. Por las puertas abiertas de los autobuses rebosa la gente, que se sostiene en un equilibrio muy precario agarrada a una ventanilla o al brazo del que tiene al lado, a punto de desplomarse sobre los coches de alrededor. En cualquier momento se te puede cruzar un rebaño de cabras, aunque estés en la avenida más céntrica de la ciudad, y unos fardos enormes depositados sobre un diminuto carro, que además sirven de asiento a los integrantes de una familia numerosa, te obstruyen la visibilidad. Los cruces se convierten en deporte de riesgo, porque nadie cede el paso a nadie, y todo el mundo, sin bajar la velocidad, sigue su camino buscando huecos sin dejar de serpentear. No creo que nadie sepa allí lo que es conducir 200 metros en línea recta. Es imposible.

Después de una tarde de compras en Khan el Khalili, Kotinussa y tres amigas, con los pies como claveles reventones, se dejan caer en los asientos del primer taxi que pillan, soñando ya con la piscina y las tumbonas del hotel, situado un poco a las afueras. Saben que el trayecto puede ser comparable a la más salvaje de las montañas rusas que hayan probado, pero ya lo han hecho varias veces y empiezan a dar por hecho que nunca pasa nada. Esa ocasion, sin embargo, resulta un poco distinta, porque tiene el aliciente añadido de un taxista que está encantado con las clientas que la han tocado.

En cuanto nos oye hablar reconoce que somos españolas, y nos dice que es admirador de Franco (que, a todo esto, hace ya bastantes años que se ha muerto). Sin darnos tiempo a reaccionar, nos dice que él es turco, no egipcio, pero que lleva en el país mucho tiempo. Eso explica su aspecto, con el pelo rojizo y la piel blanca y con pecas. Como nosotras apenas abrimos la boca y nos limitamos a asentir con la cabeza, él decide llevar el peso de la conversación, y en un momento nos cuenta su vida. Eso sí, todo el tiempo vuelto hacia atrás, mirándonos a la cara. Nosotras ni respiramos, imaginándonos ya empotradas contra el chiquillo que monta un borrico, o contra el camión cargado de obreros que regresan del trabajo. Para mejor hacerse entender acompaña su conversación con abundantes gestos con las manos, para lo que suelta el volante constantemente.

Cuando ya nos ha contado su vida entera deja el volante, se inclina hacia el lado derecho del coche y se pone a buscar algo en la guantera. En ese momento no sólo no está sujetando el volante sino que ni siquiera está mirando. Sin poderlo remediar, gritamos las cuatro. El taxista gira un poco el volante con el codo y sigue a lo suyo. Saca un sobre donde hay un montón de fotografías, y empieza a enseñárnoslas con todo lujo de explicaciones: son su mujer y sus hijos. A todo esto, sigue sin coger el volante. A esas alturas ya hemos salido del centro de El Cairo y circulamos por una autovía camino de nuestro hotel, lo que nos daría cierta tranquilidad si no fuera por el hecho de que, al disminuir el tráfico, va a muchísima más velocidad.

Para terminar de ponernos los pelos de punta, llegando a la altura de nuestro hotel hace una maniobra peligrosísima. Como el hotel está en la otra acera y nuestro taxista no tiene paciencia para llegar a un sitio donde pueda girar, por su cuenta y riesgo se cruza y atraviesa la mediana y los dos carriles del sentido contrario. Se para muy satisfecho diciéndonos que hemos tenido una gran suerte de encontrarnos con él, un turco honrado que tiene un gran cariño a los españoles, y no un egipcio ladrón que nos hubiera cobrado de más. Nosotras, con manos temblorosas, le devolvemos las fotos de los niños y sólo nos falta besar el suelo al bajarnos del taxi.

Cuando en otras ocasiones me han preguntado si no me da miedo viajar a Oriente Medio y otros lugares peligrosos, siempre digo que después de haber atravesado El Cairo en taxi con el turco pelirrojo, ya no hay nada en el mundo que me pueda asustar.

4º A

12 Junio 2007 kotinussa 22 comentarios

Estoy disfrutando de mis últimas clases con el grupo del que he sido tutora este año. Nunca, en diez y ocho años, había dado clase a un grupo tan completo, tan encantador, tan estimulante, tan divertido. No ha habido entre ellos ni una sola discusión, ni una palabra desagradable. Es más, han surgido dos parejitas, una de las cuales, desgraciadamente, se romperá por traslado de una de las familias a Madrid.

A estas alturas es prácticamente seguro que TODOS aprobarán TODAS las asignaturas en junio. Y además nunca habíamos puesto tantos 9 y 10. Los profesores estamos desolados porque, por ley, sólo podemos poner en esta clase dos matrículas de honor en cada asignatura, cuando hay para más.

No os confundáis, no estamos regalando nada, ni tampoco se aplica lo de “en el país de los ciegos, el tuerto es rey”. El nivel de mi centro es alto y a estos niños les hemos exigido más todavía. Aunque quizás habría que decir que nos han exigido ellos a nosotros: en la mayoría de las asignaturas ya se han avanzado cosas del programa de Bachillerato, porque nunca dan un tema por terminado, quieren saber más, otro método para resolver un problema, un libro donde se profundice más en un tema, etc.

Hay unos cuantos realmente brillantes, pero hasta los que son simplemente normales se han acostumbrado a sacar el mejor partido a sus cualidades. Simplemente confiaron en nosotros y descubrieron que es posible obtener buenos resultados sin un esfuerzo demasiado grande. Basta con hacer las cosas bien desde el principio. Pero no se trata sólo de los resultados académicos, sino también, y sobre todo, del hecho de que son buenas personas, simpáticos, buenos compañeros, educados y respetuosos.

A finales de esta semana se irán a un viaje al que no les acompañaré, porque no me siento con fuerzas para seguir su ritmo todo el día. Después se desperdigarán por distintos centros para hacer el Bachillerato, donde dejarán impresionados a sus nuevos profesores. Pero ninguno de esos profesores habrá tenido la suerte que yo he disfrutado, la de tenerlos a los veintiuno juntos en una clase.

Luisa, Lucía, María, Elena, Nerea, Úrsula, Yaiza, Gonzalo, Miriam, Tere, Ana, José Enrique, Ángel, Pablo, Rocío, Álvaro, Aurora, Carolina, Celia, Gerardo y Borja. Ya os estoy echando de menos.

Categorías:Cosas mías

Un lugar imposible de inventar

10 Junio 2007 kotinussa 6 comentarios

Benarés es una ciudad única en el mundo, y no lo digo por sus monumentos, ni por sus paisajes, ni por sus fiestas, su artesanía o su gastronomía. Es el lugar donde cualquier persona con más sensibilidad que prejuicios deja de lado todo lo que hasta ese momento ha pensado, sentido o creído, y llega a pensar que no sólo está realizando un viaje en el espacio, y hasta en el tiempo, sino también algo más, difícil de explicar.

Después de atravesar una masa humana como no verás en ningún otro lugar de la India, llegarás a los ghats que bajan hasta la Madre Gangá, el Ganges. Si tus prejuicios superan a tu sensibilidad, te fijarás especialmente en que hay mucha suciedad por las calles de esa ciudad medieval, algo inevitable en un lugar donde confluyen diariamente miles de peregrinos, te desconcertará el hecho de que no haya límites bien marcados entre la muerte y la vida, lo sagrado y lo profano, el misticismo y la vida cotidiana. No estamos acostumbrados a culminar un viaje al centro de nuestra alma a escasos centímetros de un barbero que afeita a su cliente, o a que los niños jueguen zambulléndose muy cerquita de una pira donde se incinera un cadáver mientras los familiares varones del fallecido contemplan, sin llantos, como el cuerpo material se descompone al separarse los cinco elementos de los que está formado. Ese aparente caos, que permite que todo se mezcle, de entrada repugna a nuestra tendencia a la clasificación, al orden. Si podemos superarla durante un rato a lo mejor llegamos a comprender el lazo emocional que une a aquella gente con el río, su lazo sagrado con la naturaleza.

Merece la pena levantarse antes del amanecer, para que la salida del sol te sorprenda, si es posible, en una barca frente a los ghats. Cuando Surya (el sol) sale, la piedra dorada de los edificios que bordean el río, el cielo rosa y violeta, los saris rojos, naranjas, rosas y amarillos, los tonos de los pétalos de rosa, las magnolias y los lotos que, ofrendados en cestillos, flotan sobre el agua, el sonido de las campanas y la música de los templos cercanos, el murmullo de los mantras y el brillo dorado de los recipientes de latón usados en los rezos, componen el escenario donde desde hace muchos siglos los indios acuden a sentirse más cerca de lo sagrado.

Merece la pena volver a la puesta del sol, cuando miles de luces empiezan a encenderse a lo largo de la orilla y los fuegos funerarios y la sombra de los edificios sobre el Ganges apagan los colores de la mañana y lo tiñen todo de gris hasta que Surya vuelva unas horas más tarde. Los búfalos que se bañan a esta hora se comen las flores dejadas como ofrenda flotante por los peregrinos y los pandits que han estado ayudando a la gente con los rituales se retiran.

No es muy probable que consigamos atisbar un reflejo de la eternidad. Lo tenemos bastante complicado porque seguiremos más atentos a esquivar las bicicletas, los rickshaws y las motos que avanzan sin orden ni concierto y sin pararse por nada ni por nadie; estaremos intentando distinguir dónde empieza el olor de un cuerpo humano que se quema entre sesenta kilos de madera y dónde termina el olor del sándalo o el incienso que acompaña la ceremonia; pondremos nuestra atención en mantenernos alejados de leprosos que piden limosnas y de montones de excrementos puestos a secar para usarlos como combustible. Sin embargo, de regreso a nuestra realidad cotidiana, no será posible que olvidemos fácilmente la fascinación que nos produjo Kashi, la ciudad de la luz.

Categorías:Cosas de viajes

El lado oscuro

8 Junio 2007 kotinussa 15 comentarios

Está claro que si de entrada sacas todos tus trapos sucios no vas a hacer muchas amistades. Por eso, después año y medio intentando convencer a todo el mundo de que soy buena persona, alguien de fiar, simpática e incluso inteligente, puede que haya llegado el momento de mostrar mi verdadero ser, en la confianza de que la imagen que ya se haya hecho cada uno se resistirá a dejar paso a la realidad.

Sí, señores, Kotinussa tiene un lado oscuro, un pasado turbio que amenaza con volver constantemente, haciendo trizas esa imagen angelical pacientemente construida con la que tiene engañados a tantos incautos.

Su camino cuesta abajo hacia la perdición comenzó cuando, con diez años, le robó del pupitre del colegio una enorme bola de plastilina a su compañera A.B. Fue por la tarde, un ratito antes de que empezara la clase. Estaba sola en el aula y no pudo resistirse, ya que a las ganas que tenía de apoderarse de esa bola de plastilina se unía la manía que le tenía a A.B. Años después, la vida recompensó a A.B. con un marido forrado de dinero, aunque de una edad provecta y el aspecto de un Jordi Pujol con una cojera de esas que no pasan desapercibidas. Por aquel mismo tiempo Kotinussa tenía un novio que era el doble exacto de Jeremy Irons (cuando Jeremy Irons era joven y guapete) y cuyo padre estaba igualmente forrado, lo que demuestra, queridos niños, que los malos no siempre reciben su merecido.

El robo no le produjo tantas emociones como había pensado, así que se decantó por otra forma de maldad, como el engaño. Con quince años y un noviete recién estrenado se marchó de vacaciones a un pueblo de la sierra de Cádiz, y allí se encontró con una novedad en la pandilla de veraneantes que frecuentaba, conociendo a un chico sevillano rubio, con ojos azules, que era una monada. Efectivamente, Kotinussa le puso los cuernos al pobre F., y además luego volvió con él como si nada, más que dispuesta a tener un amor en cada puerto, por lo que pudiera pasar.

Pensó más tarde que si al robo se le unía el riesgo de cometerlo en un país extranjero, con la posibilidad de acabar en una de esas cárceles que ponen los pelos de punta, la cosa tendría más interés. Así que, aprovechando un viaje a Ceilán, robó una lamparilla de barro de un altar de Visnú en un templo hindú, agravando el robo con el sacrilegio.

Últimamente se ha dedicado a violar repetidamente una de nuestras leyes más importantes, fumando en algunos lugares prohibidos. Esto va de mal en peor.

Categorías:Cosas mías

Entre libros

6 Junio 2007 kotinussa 22 comentarios

Cuando yo era jovencita, allá por el periodo interglaciar Riss-Würm, existía una cosa llamada “Servicio Social”. Durante muchos años, para poder presentarte a unas oposiciones en la Administración necesitabas haberlo realizado. En el periodo al que me refiero ya no era obligatorio, pero todavía seguían pidiéndolo para algunas cosas. Si no tenías el bachillerato duraba 6 meses, y si lo tenías te saltabas el primer trimestre, que constaba de clases teóricas, y pasabas directamente a los 3 últimos meses, que consistían en una prestación que podías desarrollar en una gran diversidad de sitios, como oficinas, hospitales, comedores o guarderías.

Yo había hecho el bachillerato en un colegio con un alto nivel de exigencia, por lo que el COU en el Instituto y la Selectividad me resultaron un auténtico paseo. Por eso, al terminar el curso de COU no estaba yo especialmente cansada. Estaba más bien aburrida. La playa no era una novedad para mí. Durante toda mi vida había vivido junto al Paseo Marítimo, disfrutando de unos 4 meses de playa cada año, pues empezábamos con la temporada a mediados de junio y las clases no empezaban hasta bien entrado octubre, con frecuencia después del día de la Patrona (7 de octubre). La perspectiva de aquel verano era más de lo mismo de siempre. Y ya no esperaba con impaciencia, como años atrás, la quincena en la dehesa de mi abuela o en el pueblecito de la Sierra.

No sé a quién de mi familia se le ocurrió que para distraerme podía hacer el Servicio Social. Como la directora de la Biblioteca Provincial era amiga de mis padres, me enviaron allí directamente. Doña Ernestina me dejó elegir lo que quería hacer en la Biblioteca: estaba la Sección Infantil (no me gustaba eso de ocuparme de los niños pequeños), el Centro Coordinador de Bibliotecas (aburrido porque prácticamente no tenías relación con nadie más que con los que trabajaban allí), la parte de catalogación de libros (trabajo bastante especializado que no se aprende en unas semanas, por lo que me olía que iba a estar todo el tiempo pegando tejuelos y realizando actividades similares, nada excitantes), el Fondo Antiguo (igualmente aburrido porque allí sólo entraban algunos investigadores) y la Sección de Préstamo de libros de adultos (prácticamente lo único que quedaba, descartando todo lo demás).

Me pusieron entonces en la sección de préstamos de adultos, bajo la tutela de un chico que se llamaba Paco. Paco tenía veintitantos años y estaba encantado, porque cambiar a un señor cojo de cincuenta y pico por una chica a punto de cumplir los diez y siete no estaba mal. Era muy, muy simpático, y nos reíamos muchísimo por cualquier cosa.

Por aquel entonces las bibliotecas no estaban informatizadas, y el préstamo se hacía a mano, cada lector con su ficha de cartulina azul claro y cada libro con su ficha de cartulina amarilla. En un día me hice con todo el manejo y en seguida me conocía tan bien al público habitual que en cuanto veía a alguien entrar por la puerta, ya podía sacar su ficha antes de que llegaran al mostrador, pues me sabía de memoria los apellidos y los números de carnet de los más asiduos. Además, Paco y yo teníamos un nombre en clave para referirnos a cada uno, y así podíamos hablar tranquilamente delante de cualquiera.

Aficionada como soy a resolver problemas y rompecabezas en general, lo que me encantaba era poner en claro los tremendos enredos que se podían formar a veces cuando se había hecho algún préstamo sin apuntarlo en las fichas, o no se habían anotado las devoluciones. Algunos de esos enredos se remontaban a meses atrás, en la época del cojo, y me encantaba ir desentrañando la madeja hasta descubrir dónde estaba el libro X o qué préstamos tenía en realidad el lector nº 2017. A veces Paco y yo hacíamos carreras a ver quién resolvía antes esos líos.

Teniendo en cuenta que estábamos en verano y en Cádiz, el que una persona que no estuviera estudiando acudiera asiduamente en esos días a la Biblioteca implicaba que era alguien a quien le gustaba realmente leer. Por aquel entonces en la Biblioteca había libros, libros y libros; ni películas, ni juegos de ordenador, ni cd’s de música. Era un placer estar continuamente rodeada de gente así. Nos recomendábamos libros mutuamente y yo estaba segura de que nunca en mi vida me daría tiempo de leer todo lo que tenía en lista de espera a resultas de aquellas recomendaciones.

Mucha gente no lo entenderá (por ejemplo, mis alumnos), pero aquel fue uno de los veranos más entretenidos de mi vida.

Categorías:Cosas mías

Recordando viejos tiempos

1 Junio 2007 kotinussa 10 comentarios

El texto no es mío, aunque no recuerdo donde lo encontré. Mañana sábado vuelvo a tener exámenes en la Universidad (y ya hasta septiembre, gracias a Dios), así que me parece muy oportuno.

A la mayoría nos traerá muchos recuerdos. Se trata de las veinte fases de un examen:

- Llegada (demasiado temprano) al lugar del examen. 
- Repaso compulsivo y totalmente infructuoso de los apuntes. 
- Fase de cachondeo nervioso pre-examen. 
- Entrada atemorizada al aula donde va a perpetrarse el examen. 
- Reparto de los folios para el examen (”¿Cinco folios?” dicen algunos). 
- Reparto de las hojas de preguntas (”En algo tan pequeño no pueden caber muchas preguntas” dicen algunos infelices). 
- Vuelta de la hoja y descubrimiento de que usan un tamaño de letra 5 o más pequeño 
- Carcajada histérica. 
- Resoplidos varios y llevadas de manos a la cabeza automáticas. 
- Descubrimiento de que con lo (poco) que se recuerda no se puede contestar ni a la mitad de las cuestiones. 
- Intentos vanos de copia (con el subsiguiente descubrimiento de que el de al lado tiene menos idea que tú). 
- Fase de derrumbamiento, desesperación, impotencia y espera (ya que está feo entregar el examen tras sólo diez minutos). 
- Entrega del examen y huida del lugar del crimen. 
- Fase de cachondeo nervioso post-examen. 
- Fase de exclamación de palabras soeces (”Man metío la pisha” y demás). 
- Comparación de resultados (comprobando que no hay dos personas con las mismas respuestas). 
- Fase de consulta compulsiva de los apuntes (cuyo único resultado es empeorar el estado de ánimo del consultante). 
- Fase de declaración de principios: “Ya no voy más a… (Cálculo, Física, Algebra…)” 
- Fase de negación (”¿Examen? ¿Qué examen? Yo no he hecho ningún examen”). 
- Fase depresiva post-traumática y elaboración de planes para eliminarla: Necesito pegarle a alguien; necesito una sesión con el Doom II; necesito emborracharme; necesito una partida de rol…