La increíble historia de Osmán y Kotinussa
(Post dedicado a Mari, que está en un sinvivir hasta que no conozca la historia al completo)
Érase una vez, en un pueblecito de la Turquía profunda, un muchachote llamado Osmán. Su familia tenía rebaños de cabras, y hacían unos quesos buenísimos. De hecho, cuando de tanto en tanto alguien pillaba unas fiebres de Malta a cuenta de los quesos de la familia Yulmaz, aseguraba que eran las mejores fiebres de Malta que habían conocido en su vida.
Osmán estuvo ocupándose de las cabras desde los ocho años, pero aquella vida no le gustaba. Por aburrimiento, mientras las cabras pastaban aprendió a tocar el violín. Su padre lo veía practicar y aseguraba muy sombrío que aquello no traería nada bueno, que la música era ocupación de gente de mal vivir.
Cuando Osmán dejó plantadas a las cabras y formó un grupo musical que amenizaba las bodas, las fiestas de los pueblos y otras celebraciones, parecía que el tiempo le iba a dar la razón a su padre. Osmán descubrió que, aparte del violín, lo que mejor se le daba en el mundo era ligar, y llegó a tener cinco novias simultáneamente: dos en su pueblo (cada una sin saber nada de la otra, por supuesto) y tres en los pueblos de alrededor. Él no lo podía evitar, ya se sabe que los ídolos de la música tienen una atracción irresistible para las quinceañeras. Con gran habilidad y gracias a una salud de hierro consiguió llevar adelante las cinco historias amorosas.
En estas estaba, cuando llegó al pueblo un grupo de arqueólogos españoles, que iban a pernoctar allí, de paso para otro lugar. Todo el pueblo se revolucionó por la novedad, allí no había llegado jamás un turista. Precisamente ese día se celebraba una boda en el pueblo, y los novios invitaron al grupo español a la boda.
Osmán, más preocupado por el hecho de que había quedado con tres de sus novias el mismo día, a la misma hora y en tres pueblos diferentes, no prestó mucha atención a la llegada del grupo de los españoles a la celebración de la boda. Eso de no tener una agenda empezaba a ser una lata. El grupo tocaba una pieza de baile tras otra, y Osmán se lucía con el violín, aunque tenía la cabeza en otra cosa que era, ni más ni menos, cómo lograría estar en tres sitios al mismo tiempo. Y de pronto, ocurrió el milagro. Dirigió la vista al grupo y sus ojos se fijaron en Kotinussa. Ella parecía muy contenta. Indudablemente se lo estaba pasando bien, aunque prefería quedarse sentada porque cuando se ponía de pie se escoraba peligrosamente a babor.
Osmán, que manifestaba una peligrosa falta de sentido común cuya mejor prueba eran las cinco novias simultáneas, se olvidó de pronto de la búsqueda de la ubicuidad y ya no tuvo ojos más que para Kotinussa. Cada vez que el grupo de música descansaba, Osmán se acercaba a ella, intercambiaban unas sonrisas, e incluso bailaron juntos una vez. No hubo mucha conversación entre ellos, más que nada porque la diferencia de idioma era, de momento, insalvable.
Cuando llegó el final de su actuación y bajó del tablado buscó a Kotinussa con la mirada. Con desesperación comprobó que el grupo de españoles parecía haberse marchado. Con la angustia reflejada en su cara, preguntó, y le dijeron que se habían ido todos a su alojamiento. Osmán tomó en ese momento una decisión que cambiaría su vida: seguiría a Kotinussa aunque eso supusiera dejar su pueblo para siempre.
Amparándose en las sombras de la noche llegó hasta el autobús que transportaba el equipaje de los españoles. Se introdujo dentro y buscó donde esconderse. Pronto encontró algo que le vendría muy bien. Allí estaba una gran alfombra, enrollada, que indudablemente le pertenecía a ella. Kotinussa había acariciado la suave alfombra de seda en la tienda del Gran Bazar de Estambul, y su perfume se había quedado para siempre entre aquellas hebras. Osmán lo reconoció inmediatamente y se introdujo en el interior de la alfombra. Al día siguiente, el autobús salió llevando a Osmán dentro del maletero.
En el pueblo, la desaparición de Osmán causó un gran revuelo. Su padre advirtió que él predecía algo así desde hacía mucho tiempo, la música no podía traer nada bueno. Si hubiera seguido ganándose la vida honradamente con los quesos y las cabras, aquello no hubiera pasado. Los músicos que tocaban con él contaron que desde mitad de la noche estaba muy raro. Algunos pensaron que el licor casero le había sentado mal. Todo el mundo sabía que el alambique del señor Bumin no estaba muy limpio y a veces ocurría una desagradable intoxicación. Pero lo peor fue cuando las cinco novias, Ayse, Fatma, Emine, Seval y Reyhan, fueron presentando una a una la denuncia por la desaparición. Se descubrió entonces todo el pastel y las cinco damas agraviadas, cada una con su promesa de matrimonio correspondiente, se pusieron de acuerdo y juraron que lo matarían si volvía al pueblo.
Mientras tanto, el grupo de los españoles había llegado al aeropuerto de Estambul. Osmán aprovechó para salir de la alfombra y pasar por el cuarto de baño. Esa decisión trajo consecuencias. Por un lado, le libró de ir a parar a casa de un señor desconocido, porque Kotinussa había comprado esa alfombra por encargo de su jefe, y la enviaba directamente a casa del mismo. Y hay que reconocer que aquello hubiera sido un poco embarazoso. Por otro lado, le acarreó a Osmán una serie de aventuras que no podía imaginar. Nuestro protagonista, que nunca había salido de su pueblecito, al verse en el bullicio de un aeropuerto internacional, se hizo un lío. Menos mal que llevaba encima lo que habían pagado al grupo por la actuación en la boda. Vio el anuncio de un vuelo para Andalusia (tal cual, con “s”) y dedujo que ese era el vuelo de Kotinussa. Precisamente la única conversación que tuvieron durante el baile fue cuando Osmán le preguntó: “¿Real Madrid?” (era lo único que sabía de España) y Kotinussa contestó: “No, Andalucía”.
Una vez ya en el avión se enteró de que Andalusia era una ciudad de Alabama, EEUU. Ya estaban a medio camino, por lo que no hicieron ningún caso de su petición de que volvieran atrás para dejarlo de nuevo en Estambul. Aquello sí que era una catástrofe. Osmán se vio en el aeropuerto de Andalusia sin más equipaje que su violín y sin más recursos que unas pocas liras turcas.
Pasaremos velozmente sobre las penalidades que sufrió Osmán en Alabama (si él se siente con fuerzas, que nos las cuente), pero en cuanto reunió, tocando su violín, el dinero suficiente para llegar a España, se presentó en Madrid dispuesto a localizar a su amada Kotinussa. Ella, por su parte, había quedado más impresionada de lo que quería reconocer por el violinista turco. Cuando al año siguiente cogió sus vacaciones, se presentó de nuevo en aquel pueblecito dispuesta a reencontrarse con Osmán. Pero lo único que halló fue un padre que había renegado de su hijo y cinco exnovias con ansias asesinas. Desolada, volvió a España pensando que había perdido a Osmán para siempre.
Una vez en España Osmán comprobó, en primer lugar, que el traje folklórico turco y el bigotazo que, como todos los varones de la familia Yulmaz, lucía desde los dieciséis años, llamaban demasiado la atención. Además, su estancia en Alabama le había hecho ganar como unos veinte kilos. Ya se sabe que los americanos comen muy mal y acaban todos obesos. En resumen, que se buscó ropa más adecuada y se afeitó el bigote. También comprobó que en España las quinceañeras no se desmayaban de amor por un violinista folklórico y que su música aquí no molaba nada. Cambió entonces el violín por una guitarra y se dispuso a ganarse la vida con otro tipo de música.
Un día que tocaba en el metro fue descubierto por un cazatalentos. Lo primero que le dijo es que su nombre no resultaba comercial: debía cambiárselo. Osmán se decidió por Wolffo. Sonaba original, y además en castellano se parecía mucho a “golfo”, una palabra que lo definía bastante bien. Wolffo se hizo famoso rápidamente. Aquello fue la locura: sus canciones empezaron a sonar en la radio, compartió escenario con los mejores cantantes españoles, las quinceañeras empezaron a perseguirle y, lo que te da ya el marchamo de famoso en España, empezó a hablarse de él en la prensa rosa.
Pero Wolffo no era feliz. No se había olvidado de Kotinussa. En sus conciertos se desojaba mirando al público por si distinguía su melena rizada entre aquellas masas enfervorizadas y entregadas. Decidió ir al programa de Lobatón para localizarla, pero no sirvió de nada. Fue después a “El diario de Patricia”, con la misma intención. Pero con veinte kilos más, sin bigote, y siendo conocido ya por todo el mundo como “el gran Wolffo”, ¿quién lo iba a relacionar con el violinista Osmán?
Seis discos de platino y dos Grammys no pudieron devolverle la alegría. Wolffo cayó en una profunda depresión. Decidió abandonarlo todo y volver a su pueblecito turco, a sus cabras y sus quesos. No sabía que le esperaba la muerte. Ayse, Fatma, Emine, Seval y Reyhan guardaban cada una una daga curvada para clavársela en el corazón. Su representante, que vio como se le acababa el chollo si Wolffo se retiraba, intentó distraerlo y le propuso que participara en “La isla de los famosos”. Así, de paso, adelgazaría un poco. Como Wolffo no estaba por la labor, lo convenció para que empezara a escribir un blog. Con la tontería del blog Wolffo se animó un poco y retrasó su marcha. Y entonces, el destino inexorable que conduce nuestros pasos sin que nos percatemos, actuó de nuevo.
Kotinussa también escribía un blog, y por esas casualidades de la vida entró en contacto con Wolffo, de modo que cuando ella escribió un post sobre aquella noche en un pueblecito turco, Wolffo lo leyó. Los acontecimientos se precipitaron. Wolffo escribió rápidamente a Kotinussa para identificarse como Osmán, y desde entonces están recuperando el tiempo perdido.
P.D. El inicio de esta historia, para quien no la conozca, está en el post del 1 de mayo.





Está visto que las buenas historias se pegan.
Besos de una maia (para Koti y Wolfferas).
Pues menudo elmento este Osmán: cinco novias simultáneas más el rebaño de cabras…
Seguro que está resultando una pasión turca la mar de sabrosona: y es que, el arte del bien tocar las cuerdas del violín se extiende a todos los órdenes de la vida y a todo lo tocable y a lo intocable…
Este metelo en el cajón de las cosas amorosas, que es un cajón sin tapa y sin paredes, así las cosas amorosas se esparcen…
Qué bueno, Koti, me gustó mucho! Gracias! Y qué rapidez!
Ese Wolffo dice que es un golfo, y le creo (yo no dudo de las autocalificaciones de la gente) pero también tiene más cosas, eh?
Besazos!
ummm una historia sencillamente deliciosa,
besos hermosa,
jajajajajaaaa
expera, que me dao la risa…
Ay, Koti, qué… qué… qué
Sólo me queda aplaudir por el aciuerto y el talento con que ha sido contada esta historia y desvelar que, efectivamente, fueron grandes mis penalidades en Andalusia, Alabama, donde tuve que ejercer como amante de esposas americanas insatisfechas para costearme el viaje a Madrid.
Eran mujeres hermosas y voluptuosas, es cierto, y me pagaban en boyantes dólares americanos, y sus lechos olían a rosas, de acuerdo, pero ninguna se parecía a la Kotinussa que amamos y deseamos…
Porque, ella no lo cuenta, pero en la boda, más que escorarse a babor, zozobraba en zigzag y acabó manteniendo el equilibrio, completamente desnuda, sobre un castillo de copas turcas.
Porque Koti, me encanta tu melena ensortijada, sin duda. Admiro tu talento literario y tu gracia innata, puedes creerlo. Me gusta tu inteligencia y tu mujería de bien. Pero lo que me enamoró de ti, fue el momento en que tu sujetador voló directamente de ti a al arco de mi violín.
Gracias, Koti, por esta deliciosa historia. ¿Ves? Eres genial.
Un beso enorme y miles de risas agradecidas.
Psssst, Wolffo, no hables más de la cuenta, hombre. ¿No te has fijado en que yo he contado la historia sin entrar en escabrosidades?
=D
No, escabrosidades no. Sabrosidades, en todo caso.
Besos!
jjjjjj juro que cuando se me pase el jet lag.. la leo completa pero me quede de piedra cuando lei el titulo, porque lei.. osama y kotinusa. no osman ..
jjjj lo dicho con jet lag. mi cerebro se quedo en NY
nos leemos, toy de vuelta