La (pasión) cogorza turca
Cuando viajo sola lo hago según itinerarios ya muy trillados, llevando de antemano todo el asunto de los desplazamientos y el alojamiento arreglado, aunque de forma que conserve cierta libertad y, sobre todo, independencia. Pero cuando he viajado con ese grupo de gente algo chalada con la que he ido a esos sitios tan poco frecuentes, muchas veces ha resultado que hemos ido abriendo rutas que luego las agencias han aprovechado.
Para preparar un viaje, el que hace las veces de jefe del grupo se presenta en la agencia con un mapa y dice: “queremos ir aquí, aquí y aquí”. Lo que ocurre es que el mapa muchas veces corresponde a mediados del segundo milenio a. C., por ejemplo, y la ruta que queremos recorrer no tiene nada que ver con los recorridos habituales que se hacen por ese país. Porque resulta que la mayoría de mis compis de viaje se dedican a la arqueología o a la historia antigua. Precisamente lo que los une es que todos fueron alumnos de un famoso profesor de universidad de esa materia. Más de una vez nos han hecho un itinerario a medida y un par de años después lo hemos visto en el catálogo de la agencia. También los guías, una vez en el país en cuestión, nos han comentado que al llegar a sus manos el trayecto que teníamos que hacer se han dado cuenta de que éramos un grupo poco corriente, por los sitios tan recónditos que queríamos visitar.
Esa particularidad nos ha llevado a veces a lugares donde no había llegado jamás un grupo de turistas, con situaciones bastante curiosas. Por ejemplo, un pueblecito de Turquía bastante alejado de las rutas habituales, pero que nos venía de perlas para pasar la noche, teniendo en cuenta el camino que íbamos a hacer al día siguiente. El pueblo en sí no tenía nada de particular, pero al menos contaba con un lugar muy limpio donde alojarnos, lo que ya era bastante.
La llegada fue apoteósica. El Ayuntamiento en pleno, los niños del colegio agitando banderitas y un grupo folklórico tocando música. Aquello parecía una secuencia de “Bienvenido Mr. Marshall”. Estaban tan emocionados que nos invitaron a una boda que se celebraba esa misma tarde. Allí en el pueblo nadie entendía ni una palabra de castellano, y sólo dos o tres chapurreaban algo de inglés, pero nos hicieron comprender que estarían encantados de que asistiéramos a la fiesta. Estábamos seguros de que aquello daría que hablar para años y años.
No queríamos abusar, de forma que nos presentamos al final de la fiesta, cuando ya la cena (o lo que fuera que hubiera habido) había terminado. Había pequeños dulces, muy empalagosos, con mucha miel, alcohol en cantidades industriales, música y baile. Los novios y sus padres se pusieron como en fila, y todos pasamos saludando uno a uno. Los señores, todos con unos bigotazos enormes, nos arreaban unos besos tremendos, muy entusiasmados por la novedad. Se notaba que llevaban ya unas cuantas copitas encima.
Después del saludo, y antes de que nos diéramos cuenta, teníamos todos en la mano un vasito con un licor tipo aguardiente, fuerte de narices. Eso sí, al segundo vasito la lengua ya la tenías medio acorchada y dejabas de sentir lo fuerte que era. Al tercer vasito la garganta empezaba a anestesiarse, y ya no quemaba. Comíamos dulcecillos de aquellos, para que aquel fuego líquido no cayera en estómago vacío, pero el maldito licor nos iba tomando la delantera poco a poco.
Las viejucas con pañuelo en la cabeza, sin embargo, trasegaban como si nada. Mis amigos, sumamente ofendidos porque aquellas abuelillas bebían como si fuera agua, se picaron, y al poco rato todos estábamos como cubas. Todos los españoles, claro. Los turcos parecía que habían estado bebiendo Fanta.
Cuando nos fuimos la fiesta estaba en su punto álgido, pero nosotros íbamos andando hacia nuestro alojamiento de dos en dos, apoyándonos cada uno en el otro para que no nos fallaran los pies. Al día siguiente teníamos un dolor de cabeza horroroso. Creo que fue, de todos los desayunos que hemos hecho juntos en todos estos años, el único en el que hubo silencio absoluto. Ni siquiera removíamos el café, por no oir el ruidito de la cucharilla.
Confraternizar con la población autóctona hasta esos límites puede ser muy peligroso.





Yo creo Koti que en aquel pueblo todavía se hablará de vosotros.
Ay, Koti, me hiciste reír muchísimo!
Qué recuerdo precioso!
Mmmmm…
Besos (sigo riéndome mucho!)
Lo recuerdo, lo recuerdo… Y, como dice Amaranta, en el pueblo os recordamos aún… Lo que no sabía es que fueras tú, Koti, parte de ese grupo memorable de sabios europeos quue nos visitaron; de hecho, concretamente de ti, de la simpática española, aún se habla en el pueblo. Los niños aún oyen hablar de La Vaporosa Dama Desnuda, porque ese día estuviste soberbia, Koti. Por no perjudicar tu bien ganada fama de persona sesuda y ponderada, no desvelaré los detalles a tus lectores, pero si en otros sitios hay colgadas en las paredes fotos de Elsa Pataky, en ese rincón de Turquía reinas en las carpetas de los escolares, con fotos de aquella fiesta.
Lo sepas, Kotinussa, y lo tengas presente para próximos viajes.
Un beso enorme y renuevo mis votos como fan de tus escritos, columnista mía.
Wolffo, guapo, te agradeceré que me des todos los detalles, privadamente, claro. Es que no me acuerdo muy bien de lo que hice esa noche.
Por cierto, tú ¿cuál eras? ¿El que bailaba encima de la mesa? ¿El que le cogía el culo a las chicas? ¿El que tocaba el violín?
“Confraternizar con la población autóctona hasta esos límites puede ser muy peligroso”. Y todavía más peligroso si te pasas de esos límites (si no os hubiérais ido a dormir y continuado en la fiesta). Me has recordado antiguas historietas de ese estilo. Un beso.
Asi que fuistes como una invasión de “barbaros”? y os liquidaron con la confraternización, jajaja, tipos listos, asi que podria arreglar el mundo, a base de chupitos y borracheras.
1beso
Jajaja, me he reído muchísimo con este post. Desde luego, que pasen cosas asi tiene que ser impresionante. No sé si se quedaron más alucinados ellos de veros llegar o vosotros de verles beber…
Saludos
Deberías escribir un libro de viajes porque a mí, que no viajo ni mucho ni poco, sino nada, me han dado ganas de beber de ese licor “in situ”.
Hace unas semanas nos preguntabas formas de desmelenarse. Y a mí que me aspen si eso no fue un desmelene en toda su regla.
De pequeño vivía en un pueblo en el culo del mundo. En una ocasión pasaron por delante de casa (por una pista de tierra) dos parejas en sendas motos. Fue algo extraordinario, nunca lo he olvidado, ellos preguntaban cómo llegar a La Fajana, y yo me daba vueltas a la cabeza, porque una de las motos parecía que tenía el manillar “tieso”: supongo que sería una Harley, de ahí la rareza del manillar.
No te imagino borracha.
Cuál era el Wolffo???
Qué pasó???
No nos dejen en ascuas, no sean malváos!!!
Johnny, aquello ni fue desmelene ni nada. Eso sí, fue record olímpico de borrachera rápida, porque desde que nos pusieron en la mano en primer vasito hasta empezaron a fallarnos las piernas apenas pasó un rato. Ya te digo que no nos dio tiempo a divertirnos. O sea, que como desmelene no me sirve.
Mari Carmen, Wolffo no ha confesado todavía cuál de los presentes era. Mucho me temo que su comportamiento debió ser tan impresentable, que no se atreve a reconocerlo. De todas maneras, si al final reune valor y confiesa, ya te lo cuento.
Hey!!! jejejeje, me ha encantado!!! jajajaja.
Anda que … hay que tener cuidadín con ciertas cosas!!! jejejejeje.
Un besooooooooooooo!!!!
Mi reino por una foto del recibimiento a lo Bienvenido Mr. Marshall, jajajajaja…
Es lo único que le falta al post, el reportaje fotográfico, jajajaja. Qué buenooo..
Vaya… me había perdido esta saga…
Yo era todos ellos, lo sepas, Koti
Ya, ya estoy viendo que nos enteraremos de la historia completa.
Supongo que tardará un poco… Quíntriga…
Besos