Hace una semana se celebró el Día Internacional de Internet, que no sé muy bien para qué sirve, pero por lo menos da para que se escriban muchos artículos sobre el tema. Leí unos cuantos y, cómo no, había varios sobre los blogs. En uno de ellos se advertía de lo malo que es hacerse adictos a la cosa esta, como ocurre con todo. Y se daban unas pistas para averiguar si uno puede seguir tranquilo o debe plantearse abandonar. Por lo visto hay que dejar de escribir un blog: a) si uno empieza a considerar que cualquier cosa es susceptible de convertirse en tema de un post; b) si uno no deja de escribir en fines de semana y vacaciones; c) si uno empieza a escribir sobre la familia.
Con la primera condición no hay problema. Hay cosas sobre las que no escribo y punto. Después de leer este post os preguntaréis: Pues si estas son las cosas de las que escribe, ¿cómo serán aquellas de las que no escribe? No tiene nada que ver. Hay temas sobre los que no escribo aunque sean mucho más suaves e inofensivos.
La segunda condición ya no la cumplo. Precisamente en fines de semana y vacaciones tengo mucho más tiempo libre, y puedo dedicarme a escribir con tranquilidad, en lugar de aprovechar pequeños ratitos a salto de mata para dejar un comentario o publicar un post. A veces lo que hago es aprovechar fines de semana para escribir algún post y dejarlo ahí, en la nevera, listo para ser utilizado a lo largo de la semana.
La tercera condición tampoco la cumplo. Pero es que me parece que no soy la única, ni mucho menos. Mucha gente, en un momento u otro, ha contado cosas sobre la familia.
En resumen, que según ese bien intencionado artículo, debería dejar ya de escribir un blog antes de que esto se convierta en algo peligroso para mi estabilidad mental. Como siempre he tenido una extraña querencia por hacer lo contrario de lo que me aconsejaban, voy a hacer lo contrario, que es ahondar más en el tema familiar, porque siento la necesidad de contar la parte de mi historia que nunca he comentado con nadie. Son cosas que todavía me duelen, quizás porque están ahí, escondidas y pudriéndose en el fondo de mi memoria. No sé si sacándolas a tomar el aire se van a esfumar o no, pero es lo que me queda por probar.
Cuando leo lo que otros escriben sobre la cuestión familiar, creedlo, me pongo amarilla de envidia. Todo el mundo tiene recuerdos bonitos de la infancia, de reuniones familiares, de juegos con hermanos y primos y cosas así. Yo siempre me he extrañado de no tener prácticamente recuerdos anteriores a los ocho años. Ahora pienso que puede ser algo que mi cerebro ha borrado precisamente como autodefensa. Es cierto que con el tiempo los momentos malos quedan atenuados, y los buenos, en cambio, se recuerdan vívidamente. Si no fuera así y los malos momentos se siguieran recordando con la misma intensidad, acabaríamos tirándonos a las vías del tren.
Si yo escribo sobre la familia, en cambio, todo sabe amargo. Este post no es ingenioso, ni divertido, no trata de lugares exóticos ni se mete con políticos sinvergüenzas. Es sólo un desahogo, que no pretende más que hacer un poquito de limpieza en mis recovecos sentimentales. Si sirve de algo o no, ya os lo diré.
Mis padres se casaron en medio de una tremenda oposición por parte de las dos familias, que no se trataban antes de la boda, apenas durante, y prácticamente nada después. Mi madre salió de la iglesia ya casada sin conocer todavía a sus cuñadas, y varios de sus cuñados se las habían arreglado para buscarse una excusa para no estar en la ciudad el día de la boda. Mi abuela paterna se negó a ser madrina de la boda y, en general, todo el mundo puso todos los inconvenientes posibles.
En esas circunstancias, lo normal una vez tomada la decisión de tirar para delante, hubiera sido pasar de todo el mundo y hacer su vida, pero ellos se empeñaron en seguir como si no hubiera pasado nada, con lo que vivieron durante muchísimos años en medio de una tensión constante, que no se calmaba, y lo que es peor, nos hicieron vivir a mi hermano y a mi en medio de esa tensión. Mi madre estaba y está convencida de que lo más importante es lo que los demás piensen de nosotros, y que al final somos solamente lo que los demás dicen que somos. Como a ese matrimonio nadie le auguraba más de dos días, mi madre se empeñó en demostrar a todo el mundo que se equivocaba, dando la impresión de que las dos familias estaban encantadas y felices.
En lugar de tratar de vivir feliz, mi madre centró su vida en tomarse la revancha de las humillaciones que para ella supusieron todos los acontecimientos alrededor de su boda. Ella iba a conseguir que mi abuela reconociera su error y acabara considerándola la mejor de todas sus nueras con lo cual, de paso, ella se sentiría rehabilitada ante la sociedad gaditana. La forma de conseguir esto sería dándole a mi abuela los nietos PERFECTOS, muy por delante de todos los demás en todo. Al final, estaba segura, mi abuela agacharía la cabeza, apabullada por el hecho de tener, gracias a ella, los nietos ideales.
Con lo que ella no contaba es que mi abuela y ella tenían ideas muy diferentes acerca de la perfección, y los valores de mi abuela no tenían nada que ver con los que ella nos inculcaba. Por lo tanto, y hasta el fin de su vida, mi abuela y todo el resto de la familia paterna nos siguió considerando con total indiferencia, sin molestarse en disimularlo, además.
Cuando yo nací mi abuela ya tenía cinco nietos, pero todos varones. Después de mí, siguieron llegando: uno, dos, tres, cuatro…, más varones aún. Por eso mi madre se centró sobre todo en mí, más que en mi hermano, porque de momento yo no tenía competencia, otras nietas con las que comparar. Eso explica que las presiones estuvieran centradas en mí.
Fui educada en medio de la incoherencia más absoluta, en medio de consignas aparentemente incompatibles, lo que unido a la tremenda tensión que se respiraba en el ambiente, no contribuyó precisamente a hacer de mí una persona con seguridad y confianza en mí misma. Todo lo que soy, en ese sentido, es fruto de una reconstrucción llevada a cabo posteriormente, que no pudo ser posible hasta que me marché a vivir fuera y encontré gente que me ayudó a tener mejor imagen de mí misma. A veces creo que al final me pasé, pues a veces peco de excesiva seguridad y autoestima. Es muy difícil encontrar el punto de equilibrio cuando tus referencias son tan confusas.
Por ejemplo, hasta el final del bachillerato yo viví totalmente presionada para sacar las mejores notas posibles. Sólo se admitía el sobresaliente, el notable era un fracaso. Con el bachillerato terminado con quince años, hice COU, lo que no servía para nada más que para ir a la universidad, ya que no añadía ninguna titulación. Con el COU terminado y la selectividad aprobada con dieciséis años, con un expediente brillante y la recomendación de todos mis profesores de que hiciera la carrera de Ciencias Exactas, me dicen en casa que qué tontería, que estudiar una carrera para qué. Entonces, ¿para qué esa obsesión por los sobresalientes? Pues se esperaba que mi abuela quedara impresionada, ya que el resto de mis primos no llegaban a esos niveles. Eran inteligentes, pero no se mataban a estudiar, lo que no impidió que la mayoría de ellos hicieran luego carreras brillantes. Como resultado, nada de eso había servido para nada, pues a mi abuela le importaban un bledo mis sobresalientes. Es más, me consideraba un poco rara por todo ello. Y una vez que ya quedaba claro que mis notas no iban a impresionarla, ¿para qué seguir con más estudios? Nadie pensó en qué era lo que a mí me podía gustar o convenir. No sé si os hacéis idea de la empanada mental que se puede tener a los dieciséis cuando ves que en tu casa no hay problemas económicos, que tienes unas notas de sobresaliente y, a pesar de todo, no quieren que sigas estudiando.
Con mucho esfuerzo conseguí que me dejaran estudiar una carrera pero, por supuesto, no fue aquella en la que destacaba; al fin y al cabo, ¿qué tontería es esa de dedicarse a aquello que hacemos mejor? ¿Qué capricho es ese de empeñarnos en lo que nos hace felices? Me permitieron estudiar algo prácticamente opuesto a lo que yo quería, con la esperanza de que me aburriera pronto.
Otro ejemplo. Yo tenía que ser brillante, pero al mismo tiempo no destacar, no llamar la atención. Se me advertía constantemente que en el colegio no me presentara voluntaria a nada. Si alguien me puede aclarar cómo se consigue sacar sobresaliente en todo sin que nadie se dé cuenta, agradecería la explicación.
Tampoco se me facilitó el tener amigas, porque más allá del colegio no me dejaban tener contacto con otras niñas. No podía llevar amigas a casa ni ir a casa de nadie. Crecí bombardeada por la idea de que si alguien demostraba que quería ser mi amiga era mentira, porque en el fondo la gente es muy mala y sólo querrían aprovecharse de mí, para que las ayudara con las tareas, o para usar mis juguetes. Jamás se me dijo que yo podía tener cualidades que hicieran que otras personas me quisieran por mí misma. Esta obsesión de mi madre respondía al hecho de que, en ese plan por conquistar a mi abuela, yo no podía ser una niña callejera, amiga de salir.
A todo esto le podemos sumar que mi familia paterna siguió ignorando todas estas “maravillosas cualidades” y mostrando su absoluta indiferencia por mí sin ahorrarme toda clase de humillaciones. Por ejemplo, mis tías eran ricas, caprichosas y tenían los armarios que se caían abajo de ropa. Se aburrían enseguida de cualquier cosa que compraban y para hacer sitio a nuevas adquisiciones, y de paso humillar a mi madre un poquito más, le daban para mí la ropa que ya no querían. Mi madre, en lugar de tirársela a la cara, la aceptaba con una sonrisa. No iba a arriesgar todo el plan enfadando a mis tías. La ropa que mis tías despreciaban era buena, buenísima, de las mejores marcas, y estaba prácticamente nueva, pero es lógico que una niña de quince años no quisiera vestirse con lo que desechaban unas cuarentonas. Pues mis razones no valían de nada, y mi madre me obligaba a vestirme con ella, pensando que eso haría que mis tías me miraran con más benevolencia. Todo eso acentuaba aún más mi inseguridad y mis complejos, ya que cada vez se me veía más distinta de las niñas de mi edad.
Estos son sólo unos pocos ejemplos, escogidos para que el post sea medianamente inteligible y no demasiado largo pero, como podéis suponer, hay más, bastante más. Básicamente se puede resumir en que mi papel en la vida era tratar de agradar a unas personas que pasaban completamente de mí, para que otras personas se sintieran justificadas.
Cuando mi abuela murió yo tenía veinte años, y estaba en Sevilla estudiando 4º de carrera. Mi madre no había conseguido lo que se había propuesto, pero nunca, hasta el día de hoy, ha reconocido haberse equivocado. Se jacta de habernos educado perfectamente y, lo que es peor, a pesar de mi total docilidad a sus planes, varias veces me ha echado en cara que de las ilusiones que se había hecho conmigo no se han cumplido ninguna.
Yo llegué a Sevilla hecha un lío. Por un lado creía que era un fracaso y que no valía nada. Por otro, empezaba a pensar que a lo mejor aquello no era cierto, porque otras personas opinaban lo contrario. Mis tres amigas del colegio llevaban ya tres cursos estudiando en Sevilla, por lo que no me encontré sola. Vivíamos juntas en el mismo Colegio Mayor y gracias a eso conocí rápidamente a un montón de gente. En la primera semana conocí a P., que fue mi primer novio serio. P. era guapo, simpático, divertido, el alma de todas las fiestas, el “soltero” más cotizado del círculo en el que yo me movía. Hasta ese momento ninguna había sido capaz de “cazarlo” y yo nunca me lo propuse. Estaba convencida de ser alguien insignificante, por lo que no acababa de creeerme que P. pudiera interesarse en mí. Al pobre le costó trabajo convencerme.
Algunos años después, P. empezó a hablar de casarnos. Yo entonces me di cuenta de que no quería casarme con él. Éramos demasiado distintos, prácticamente opuestos en bastantes cosas, y ambos teníamos que estar continuamente cediendo en cosas importantes para no tirarnos los trastos a la cabeza. Era encantador, pero frívolo e irresponsable. Quizás con diez años más habría cambiado, pero en aquel momento no era la persona con la que yo me pudiera casar. Me pareció que no debía tenerlo engañado así que, cuando el pobre menos se lo esperaba, lo dejé. Cuando lo comenté en casa, mi madre me dijo que estaban esperando a que yo lo dejara, pero que si no hubiera sido así, ellos me hubieran obligado a dejarlo, porque no les gustaba y nunca hubieran permitido que nos casáramos. Yo entonces le dije: “Como la abuela contigo ¿no?”. Si ella lo hubiera admitido, lo habríamos hablado. Si se hubiera callado, yo hubiera entendido que lo admitía y quizás me hubiera conformado con eso. Pero lo que hizo fue responderme que no dijera estupideces porque no eran casos comparables.
Esa ha sido siempre la tónica general. La no admisión de fallo alguno y la insistencia en que todo son imaginaciones mías. Hasta el día de hoy. Y yo, mientras tanto, cada vez he tenido más claro que me he pasado media vida pagando por decisiones que otras personas tomaron antes de que yo naciera.
Mis recuerdos de la infancia…
Para no perderme ni uno