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Archivo para Mayo 2007

Tengo la conciencia galáctica alicaída

31 Mayo 2007 kotinussa 19 comentarios

Anuncio visto en diversos lugares de la ciudad donde trabajo (cartelito hecho en plan casero, aunque con impresora en color, para que no se diga que tienen el sistema de chakras descolorido):

CONCIENCIA GALÁCTICA Y MULTIDIMENSIONALIDAD

“EL PROCESO DE ASCENSIÓN”

TALLER VIVENCIAL

  • La alquimia de las nueve dimensiones

  • Activación de la conciencia galáctica

  • Sistema de chakras cósmico

  • Alquimia del chakra del corazón

  • El merkava y el viaje interdimensional

  • Viajando a la tierra intraterrena: templos y ciudades de luz

  • Mandala de ascensión

Duración: tres días
Inversión: 150 euros

Me encanta lo de “inversión”. Debe ser que no se atreven a poner “precio”. 

Así que si os sobran tres días y 150 euros y tenéis la conciencia galáctica desactivada, ya tenéis plan.

El truco del almendruco

30 Mayo 2007 kotinussa 15 comentarios

Como todos los años, ya están los padres en pie de guerra entre ellos por obtener plazas en los colegios deseados, y ya ha comenzado el bonito deporte de la cacería del mentiroso. Puesto que la Administración se encoge de hombros y mira para otro lado, en los últimos años los padres han tomado las riendas y son ellos los que se emplean a fondo para demostrar que los que tienen por delante en la lista han proporcionado conscientemente datos y documentación falsa. La excelsa y eficientísima Consejería de Educación de la Junta de Andalucía dice que no es cuestión de ellos comprobar si los datos proporcionados para un baremo por ellos establecido son ciertos. Los Ayuntamientos dicen que la policía local no está para hacer de detectives tras miles de padres en un asunto en el que no tienen ninguna competencia. Y entre unos y otros, la casa sin barrer. Parece que la Administración alienta a los ciudadanos a espiarse unos a otros y, de paso, se ahorra un pastón. Hágalo usted mismo, en plan “Bricomanía”. Si uno es capaz de montar un salón completo comprado en Ikea, por qué no va a ser capaz de desmontar un caso de falseamiento de datos en documento público. No pierda usted el tiempo hurgando en los secretillos de Ana Obregón o la Pantoja, que es una cosa cutre y propia de marujas ignorantes. Mejor persiga a su rival en la plaza en discordia y hágale fotos con el móvil cuando lo vea entrar en su verdadero domicilio. Intente averiguar, aunque sea con malas artes, sus ingresos anuales. Acose a los vecinos del susodicho en plan paparazzi y, finalmente, como una María Patiño cualquiera, esgrima las pruebas ante los funcionarios que no han sido lo suficientemente diligentes, listos o aplicados y se han tragado todas las mentiras.

Pero los engaños se van sofisticando tanto que a los sufridos padres les va desbordando la cosa y la última moda, como nos informaba el Telediario de este mediodía, es contratar detectives. Entre 600 y 1000 euros le puede costar a un padre desenmascarar a los que le han birlado la plaza de colegio de su hijo.

Sin embargo, el reportaje mostrado en el Telediario se ha quedado vetusto, pues se hablaba de lo mismo de siempre: padres que censan a los niños en casa de los abuelos, para conseguir los puntos otorgados por la zona en que se vive, por ejemplo. Por favor, qué atrás se han quedado los reporteros. Hoy un padre fraudulento no se conforma con ese truco más antiguo que la Tana y va más sobre seguro.

En Andalucía conceden 2 puntos por familia monoparental, justo el doble que por el hecho de que el padre o la madre sean minusválidos o trabajen en el colegio en cuestión. Y con los divorcios express, en 24 horas y por 450 euros se puede conseguir un papel que certifique el fin del matrimonio de los padres. Por supuesto, los padres siguen viviendo juntos, en la misma casa, como si nada, pero ante la ley su situación cambia, y no sólo para el tema de los colegios de los niños, sino para todo. Además, en el divorcio ficticio (pero verdadero y con consecuencias legales, al mismo tiempo) se fija una pensión ridícula para la madre, con lo cual ésta consigue también los 2 puntos que te dan por los bajos ingresos, aunque en realidad en la casa entre una cantidad siete u ocho veces mayor. Mientras tanto, aunténticas familias monoparentales (como madres solteras, por ejemplo) no se pueden beneficiar de esos puntos, porque basta que el padre reconociera al niño en su momento para que no entren en este supuesto.

Que esos niños figuren como hijos de padres divorciados, que ante la ley sean así a todos los efectos, eso es lo de menos. Los niños lo saben, están aleccionados para que mientan si se les pregunta, aunque muchos, en su inocencia, lo cuentan todo.

No estoy hablando de casos sueltos, sino de una verdadera epidemia. En algunos centros, más del 50% de las solicitudes de plaza se corresponden con divorcios express obtenidos menos de un mes antes del plazo de la solicitud. Y los niños con el jaleo mental que supone que tus padres estén divorciados pero “sigan casados”. Y de paso aprendiendo desde chiquititos las innegables gangas que se derivan de engañar al estado y aprovecharse de otros ciudadanos más honrados. Que ya se sabe que en España se alardea públicamente de cosas como engañar en la declaración de la renta, síntoma de que uno es “listo”. Y los padres, ya puestos, mirando por ahí qué más ventajas pueden sacar ahora que están “casavorciados”. A ver si explotando el “trauma” de los niños por la “separación” de los padres, o los “bajos ingresos familiares” sacan otras tajadas. Sobre todo económicas, que son las que más importan.

Telethusa, la gaditana

29 Mayo 2007 kotinussa 11 comentarios

En la antigua Roma no había fiesta de postín que no contara con dos elementos llegados de Gades: el garum y las “puellae gaditanae”. Ya Estrabón describe como en el siglo II a. C. un personaje egipcio llamado Euxodos embarcó desde Cádiz hacia otras partes a muchachas músicas. No se sabe con seguridad si se trataba de bailarinas, cantantes o instrumentistas. Más adelante se nos cuenta que en la entrada triunfal de Cecilio Metelo en Roma, tras las guerras sertorianas (hacia el 74 a. C ), en su comitiva figuraban unas muchachas andaluzas que bailaban y que llamaban la atención por sus traviesos y juguetones pies y por sus “crusmata baetica” (castañuelas de metal).

Las “puellae gaditanae” formaron en Roma una especie de compañías que acudían a fiestas acompañadas de músicos, contratadas por hombres ricos. También actuaban en espectáculos públicos. Eran tan famosas como las sirias, e igualmente deseadas.

Los poetas famosos les dedicaban poemas y descripciones. Juvenal escribe lo siguiente: Acaso esperes muchachas gaditanas que en coro se pongan a entonar lascivos cantos de su país y enardecidas por los aplausos, exageren sus temblorosos movimientos de cadera, y las jóvenes esposas que, tendidas junto al marido, contemplan este espectáculo que sólo contado en su presencia debiera ya ruborizarlas. Son acicates de unos deseos languidecientes y estímulos apremiantes de nuestros ricos. Mayor es, sin embargo, esta voluptuosidad en el otro sexo, que se excita con más viveza y, pronto al placer que se mete por ojos y orejas, provoca la incontinencia. Estas diversiones no caben en mi casa. Escuche esos repiqueteos de castañuelas, esas palabras que ni siquiera pronunciaría el esclavo desnudo que permanece en el maloliente lupanar; gócese con esos gritos obscenos y con todo refinamiento del placer aquél que ensucia con sus vomitonas el mosaico lacedemonio; nosotros perdonamos esos gustos a la Fortuna.

La más famosa de todas ellas, Telethusa, nos es conocida a través del poeta Marcial: Experta en adoptar posturas lascivas al son de las castañuelas béticas y en danzar según los ritmos de Gades, capaz de devolver el vigor a los miembros del viejo Pelias, y de abrasar al marido de Hécuba junto a la mismísima pira funeraria de Héctor. Sin embargo, Marcial, siempre en precaria situación económica, se ve en la obligación de informar a sus invitados de que en su casa no encontrarán semejantes lujos: Modesta es mi cena (¿quién podría negarlo?), pero no tendrás que fingir ni recibir lisonjas y reposarás tranquilo en tu lecho con el habitual semblante. El dueño de la casa no te leerá un grueso volumen ni muchachas procedentes de la disoluta Gades moverán ante tí, en larga comezón de placer, sus caderas lascivas con rebuscados estremecimientos.

No sabría decir si en las actuales gaditanas queda algo de todo aquello. Pero es verdad que aquí mucha gente de todas las edades baila flamenco por el gusto de hacerlo, sin pretensiones de llegar a nada o ganarse la vida con ello. Simplemente porque es algo que nos tira.

telethusa.jpg Kotinussa no pudo escapar a este destino. Sin saber muy bien qué pretendía con ello, entró en un grupo y cuando, después de casi un año de ensayos, su profesora le dijo que ya estaba lista para bailar en público, empezaron a temblarle las rodillas. Nunca había pensado en eso pero, una vez que se planteaba la cuestión, ¿por qué no? Empezaron a elegir el repertorio, lo cual no es una cosa para tomarlo a la ligera. El baile flamenco es cuestión de temperamento. Unos palos te van y otros no, de la misma forma que (sin pretender compararme ni muchísimo menos) una cantante de ópera vale para las obras de Rossini y no para las de Wagner, independientemente de su calidad.

Según su profesora, la mejor cualidad de Kotinussa es que mueve los brazos con mucha elegancia. Debido a eso le van los bailes lentos, algo trágicos, donde pueda recrearse en los movimientos. Por eso abrirá la actuación con unos tientos. A Kotinussa le encantan los tientos, muy gaditanos ellos, al igual que los tangos (no confundir con los argentinos, es un palo flamenco muy relacionado con los tientos). Aunque tampoco puede dejar de arrancarse si oye unas alegrías o unas colombianas.

La actuación será en el Teatro Andalucía, que hoy día ya no existe. Kotinussa jamás ha estado en un escenario tan grande, y durante el ensayo general se sorprende al comprobar que el suelo está ligeramente inclinado hacia el público. Al principio parece que se va a caer, pero enseguida se acostumbra. Los nervios, mayores que en cualquier examen de la carrera.

Como corresponde a unos tientos, ni colorines, ni lunares, ni floripondios. Kotinussa saldrá vestida de negro de la cabeza a los pies, con algunos detalles en blanco (un mantoncillo y el volante inferior de la falda, que sólo asoma 3 ó 4 centímetros). El escenario, sin decorado alguno. Las luces, completamente apagadas. Cuando se abre el telón, la sala es como un gran agujero negro donde no se ve nada y sólo se oyen algunas tosecillas lejanas. La sensación es rarísima, Kotinussa está convencida de que todo va a salir horriblemente y tiene el corazón a cien. Entonces comienza a sonar la voz del cantaor cantando “Tus ojos negros…”, y un foco va iluminando poquito a poco. A partir de ahí, todo perfecto. Los nervios pasan a la historia y Kotinussa se olvida de que ahí, en esa negrura, hay varios cientos de personas. Si no fuera porque lo tiene grabado en vídeo y lo ha visto cientos de veces, podría llegar a pensar que nunca ha pasado, que lo inventó o lo fantaseó.

A partir de ese momento, Kotinussa bailará muchas veces en distintos escenarios, cerrados y al aire libre, en Cádiz y otros lugares. Pero nunca será lo mismo que esa primera vez.

Categorías:Cosas mías

Rumbo a Egina

27 Mayo 2007 kotinussa 13 comentarios

Tengo 24 años. Estoy en Atenas, con mi hermano. En el hall de un hotel que recomendaría sinceramente si me acordara del nombre. Estamos en un sitio muy céntrico, junto a la plaza Syntagma, tan céntrico que podemos ir andando a casi todos sitios. Tenemos una habitación en la última planta con una terraza aún más grande que la habitación, y si salimos a ella la vista es la más impresionante de Atenas, pues no tenemos delante más que la Acrópolis con el Partenón en primer plano. Estamos esperando a un coche que va a venir a buscarnos para llevarnos hasta El Pireo, donde embarcaremos para recorrer varias islas.

Llega muy puntual, pero apenas salimos el conductor nos dice que tenemos que parar en el Hotel Hilton para recoger a otra persona. Allí se sube un chico joven, quizás dos o tres años mayor que yo. Nos saluda en inglés y ya no vuelve a abrir la boca. Es muy guapo, y viste completamente de negro: pantalón, jersey de cuello alto y abrigo (estamos en enero, aunque la temperatura no es muy baja, más bien suave). Ahora se ve muy normal ese tipo de vestimenta, pero entonces llamaba un poco la atención. Lleva el pelo un poco largo y viaja solo, lo que nos extraña un poco. Es evidente que es rico, porque el Hilton no es precisamente barato, y la ropa se nota que es buena. Como lo tenemos muy cerca no nos atrevemos a comentar nada. Ya habrá tiempo.

Cuando embarcamos, el chico prefiere quedarse fuera, en cubierta. Paso un rato observándolo, y no paro de imaginarme historias sobre él. Muchos años después he descubierto el placer de viajar sola, no siempre, pero de vez en cuando. Pero en ese momento no concebía que viajar así pudiera gustarme, así que no dejo de imaginar razones que puedan llevar a un chico tan joven (¡y tan guapo!) a viajar completamente solo. Así nos pasamos un buen rato: el misterioso desconocido mirando al horizonte y yo mirándolo a él.

De pronto, un alboroto me distrae de mi foco de atención. Llega un grupo de cuatro personas: dos señoras de entre 65 y 70 años y dos veinteañeros a cual más macarra. Los cuatro hablan inglés con acento americano. Son ellos los que forman todo el escándalo: hablan a gritos, se ríen a carcajadas y dan palmadas. Llevan vaqueros ceñidísimos, camisetas muy pegadas con las mangas muy cortas, dejando ver los típicos músculos de gimnasio, zapatillas de deporte, gorras de beisbol, gafas de espejo y bigotazos. Ellas van teñidas de rubio, con pantalones, colores claros, mucho maquillaje y mucho oro encima. Son menuditas y, al contrario que ellos, hablan bajito. El grupo es bastante chocante. Los tíos son unos impresentables y constantemente dejan en evidencia a las señoras, atrayendo la atención de todo el mundo sobre ellos. Que son un par de señoras acomodadas con sus gigolós, es evidente, pero seguro que ellas preferirían pasar un poquito más desapercibidas.

Los maromos se cansan enseguida de contemplar el paisaje, y se instalan en el bar del barco. Aunque no son más que las 10 de la mañana, empiezan a trasegar jarras de cerveza de medio litro sin descanso. Proporcionalmente al número de jarras vacías que cubren la mesa que tienen delante va aumentando el ruido que hacen. Lanzan tremendos eructos y, como niños de diez años, se mondan de risa después de cada uno de ellos. Las señoras entran varias veces intentando convencerlos de que salgan fuera en lugar de encerrarse en ese bar oscuro, pero ellos no ceden.

Me digo que no es justo. Tantas personas estarían felices de poder estar haciendo ese viaje, y esos dos pedazos de carne no piensan más que en beber cerveza. Claro que, mirando a las acompañantes, me creo que necesiten estar bastante borrachos desde por la mañana para dar la talla. Lo que no comprendo es la necesidad de venir hasta aquí, pues es evidente que ellos están bastante aburridos de todo lo que les rodea. ¿No hubieran estado más a sus anchas en Las Vegas o en Atlantic City, como cuenta hoy en su acertado artículo de El País Elvira Lindo?

Vuelvo a la proa, a situarme cerquita de mi misterioso desconocido. Según nos acercamos a Egina veo que parece abandonar su imperturbabilidad y casi toma la postura y el lugar de un mascarón de proa. Me recuerda a Ulises, atisbando ya en el horizonte a su querida Ítaca después de tantos años, pero con un montón de años menos.

Cuando bajamos del barco, tanto el chico guapo como los macarras se pierden de vista entre la gente que hay en el muelle. Nos volvemos a ver horas después. Mientras puedo asegurar sin temor a equivocarme que los americanos no han hecho otra cosa que comer y beber, me queda la duda de lo que habrá estado haciendo el chico misterioso.

Categorías:Cosas de viajes

Esto ya es un caos

26 Mayo 2007 kotinussa 13 comentarios

Una es como es, bastante ordenadita. Y procura llevar sus cosas al día. Pero llega un momento, a final del curso, en que no das abasto. Como ocurre cuando llueve torrencialmente y las alcantarillas no dan de sí para tragar tanta agua, se me han empezado a acumular en la mesa montones de cosas.

Esta es mi mesa de trabajo el sábado 26 de mayo a las 23′30: correo sin abrir, dos diccionarios, varios libros, tres auriculares, el iPod, dos guías de viaje, cd’s y dvd’s por todas partes. Y eso que no he sacado todavía de la cartera los exámenes que puse en la Universidad esta mañana.

Categorías:Cosas mías

Ese extraño artilugio llamado tendedero

25 Mayo 2007 kotinussa 11 comentarios

A estos chicos “Erasmus” que vienen de lejanas tierras nórdicas deberían prepararlos de alguna forma para adaptarse a nuestras ancestrales costumbres y tradiciones. Tengo justo enfrente un piso ocupado por seis de ellos, chicas la mayoría. Se han integrado bastante bien, sobre todo a nuestra faceta más lúdica y festiva, carnavales incluídos, pero todavía no acaban de comprender el uso del para ellos extraño artilugio denominado “tendedero”.

Disponen de un hermoso balcón, donde hace meses colocaron dos sillas, que ya deben haber echado raíces. Da igual el frío, la lluvia, el sol o el viento. Las pobres sillas ya no tienen muchas esperanzas de que alguna vez les permitan resguardarse en el interior de la casa. Cuando lavan ropa, se limitan a echarla de cualquier modo encima de las sillas, hasta que se seca. Tienen pinzas para tender, puedo asegurarlo porque las he visto con mis propios ojos. Tienen un patio interior donde el resto de la gente del edificio tiende su ropa. Y además tienen una de esas hermosísimas azoteas propias de las casas del casco antiguo, con metros y metros de cordeles para tender y muchas horas de sol al año.

Podríamos pensar que no se han aventurado todavía a subir y que la azotea es aún territorio inexplorado. Pero no, desde mi azotea se divisan unos esplendidos macetones de marihuana que cuidan con primor y dedicación. El piso lleva varios años ocupado por diferentes tandas de estudiantes, y según se van relevando se traspasan las macetas y las futuras cosechas. Por otro lado, desde el principio descubrieron el uso de la azotea como solarium, y l@s ocupantes del piso y sus amigos e invitados se torran al sol gaditano, en ocasiones sin ni siquiera ponerse bañador, para deleite de los vecinos de alrededor.

Volviendo a la ropa tendida, sobre todo cuando veo sábanas echadas de cualquier manera sobre las sillas, y muchas veces incluso arrastrando por el suelo (algunas tienen ya un color gris muy sospechoso), recuerdo que gente que ha vivido en otros países europeos no mediterráneos me ha comentado lo sucios que son en muchos de ellos. Yo, desde luego, me lo pensaría mucho antes de meterme en alguna de esas camas.

La felicidad vista desde fuera

23 Mayo 2007 kotinussa 13 comentarios

El famoso psiquiatra Luis Rojas Marcos se ha descolgado reprochándonos que “a los españoles les cuesta mucho decir que son felices”. Obsérvese bien ese “les”, porque implica que él no se cuenta entre los aludidos, lo que quizás se deba a que lleva 39 años en Estados unidos. Pensándolo bien, esa larguísima ausencia quizás explique también la frase en cuestión, ya que estoy segura de que Rojas Marcos ignora en gran medida cómo es la vida de un español normal. O a lo mejor lo sabe, pero desde un punto de vista teórico nada más.

Porque resulta, cuando menos, arriesgado afirmar que un catedrático universitario que vive en Nueva York desde hace 39 años, cobrando seguramente un sueldazo de escándalo, halagado hasta el endiosamiento, por mucha capacidad de empatía que tenga, sepa realmente lo que supone vivir con el miedo de quedarte sin trabajo a los cuarenta y tantos años, sabiendo que no vas a conseguir otro, con la angustia de tener que vivir con una pensión mísera, con la desesperación de que es posible que cuando te llamen para hacerte tal o cual operación quirúrgica que necesitas urgentemente estés ya criando malvas, con la rabia de ver que pueden agredirte impunemente en tu trabajo y nadie hace nada, con la incredulidad de comprobar como los delincuentes peligrosos están en la calle en cuanto se lo proponen, con la indignación de constatar cómo unos políticos deshonestos, ignorantes e incompetentes viven como rajás a costa de nuestros sacrificios, con el enfado de cerciorarse de que en estos tiempos que corren se legisla, se construye o se hace justicia para unos pocos solamente, como si volviéramos a la época de los privilegios para una minoría.

Dice el psiquiatra que nos dejamos llevar mucho por lo que dicen las noticias. Pero es que son noticias, no novelas, y lo que narran está afectando a millones de personas. 

Yo más bien creo lo contrario, que demasiada buena cara presentamos para lo que tenemos por delante, que demasiado ánimo mostramos para lo que llevamos a la espalda, que demasiado escondemos nuestras preocupaciones para lo que conseguimos a cambio de ello.

Claro que si yo estuviera promocionando un libro titulado “Nuestra felicidad”, seguramente diría otra cosa.

Para todo hay que servir

21 Mayo 2007 kotinussa 12 comentarios

Mi amiga E. tuvo una infancia complicada. Su madre murió cuando ella era niña, y además en un accidente del que ella se sentía culpable. Por si fuera poco, su padre se volvió a casar y la relación de E. con su padre y su madrastra fue siempre catastrófica. Quizás por eso E. se casó demasiado jovencita, y con el único novio que había tenido desde que todavía estábamos en el colegio. No sé si lo hizo por salir de aquella casa tan infeliz, pero está claro que lo hizo sin tener criterio suficiente para saber si J. era la persona adecuada.

E. y J. acabaron separándose, y J. murió enseguida tras la separación. E. se encontró viuda y con una hija de 17 años que la odiaba porque la consideraba culpable de la separación y poco menos que de la muerte de su padre, al que adoraba.

Por todas esas circunstancias, la vida de E. desde la muerte de su madre había sido como una montaña rusa. Cualquier cosa menos sosegada y tranquila. Estaba acostumbrada a la inestabilidad, a la alternancia continua de subidones y bajones. A eso se unió que, con un novio desde los 15 años y casada desde los 21, se había saltado esa época que todos habíamos vivido de guateques, ligues y demás. El resultado es que se dedicó al “puenting sentimental”, es decir, tirarse al vacío confiando en que se iba a parar justo antes de chocar contra el suelo. Y cada vez alarga un poquito más la cuerda, acortando la distancia de seguridad.

Ahora mismo mantiene dos relaciones simultáneas con hombres casados. Pero E. adora el más difícil todavía, y los dos son, además, compañeros de trabajo. Cada uno de ellos no sabe nada del otro y además de que tienen que esconderse de sus mujeres y de sus amigos, ella tiene que conseguir que ninguno sospeche del otro. Le pasa a menudo, por ejemplo, que uno la llame por teléfono o incluso se presente en su casa cuando está con el otro. Si a mí me pasara eso, me daría un infarto. Pero para E. esos son los momentos más divertidos de todo este asunto.

Cada vez que me cuenta un episodio de estos, como pasó hace unas horas, le digo muchas cosas: que no tiene derecho a jugar así con la gente porque le divierta el riesgo, que tarde o temprano se va a dar un batacazo, que estas cosas terminan mal, etc. Ella se ríe y tenemos un diálogo tal que así:

- Eso es lo que te hubiera hecho falta a ti, que eres miedosa y aburrida.
- ¿Yo? Por nada del mundo. Para eso hay que servir.
- Tienes razón. Pues vente a comer conmigo y seguimos charlando.
- No puedo. Tengo una clase a las 16:30 (con los alumnos de la Universidad, no los del Instituto)
- Pero ¿qué necesidad tienes de complicarte la vida con más clases, más alumnos y más trabajo?
- No es tan complicado. Sólo te pones delante de ellos, explicas y contestas a sus preguntas. Fíjate tú qué complicación.
- Para ti no, para mí sería horrible.
- Es posible, para eso hay que servir.

Nos reímos, nos imaginamos con los papeles cambiados (yo haciendo encaje de bolillos para que los dos mozos no descubran el pastel, constantemente a punto del infarto, y ella, que es farmaceútica, explicándole a mis alumnos los misterios de la química inorgánica). Se nos ocurren unas cuantas barbaridades y nos reímos más todavía.

Y concluímos, en resumen, que las cosas están bien tal como están.

Categorías:Cosas mías

Hay familias y familias

20 Mayo 2007 kotinussa 14 comentarios

Hace una semana se celebró el Día Internacional de Internet, que no sé muy bien para qué sirve, pero por lo menos da para que se escriban muchos artículos sobre el tema. Leí unos cuantos y, cómo no, había varios sobre los blogs. En uno de ellos se advertía de lo malo que es hacerse adictos a la cosa esta, como ocurre con todo. Y se daban unas pistas para averiguar si uno puede seguir tranquilo o debe plantearse abandonar. Por lo visto hay que dejar de escribir un blog: a) si uno empieza a considerar que cualquier cosa es susceptible de convertirse en tema de un post; b) si uno no deja de escribir en fines de semana y vacaciones; c) si uno empieza a escribir sobre la familia.

Con la primera condición no hay problema. Hay cosas sobre las que no escribo y punto. Después de leer este post os preguntaréis: Pues si estas son las cosas de las que escribe, ¿cómo serán aquellas de las que no escribe? No tiene nada que ver. Hay temas sobre los que no escribo aunque sean mucho más suaves e inofensivos.

La segunda condición ya no la cumplo. Precisamente en fines de semana y vacaciones tengo mucho más tiempo libre, y puedo dedicarme a escribir con tranquilidad, en lugar de aprovechar pequeños ratitos a salto de mata para dejar un comentario o publicar un post. A veces lo que hago es aprovechar fines de semana para escribir algún post y dejarlo ahí, en la nevera, listo para ser utilizado a lo largo de la semana.

La tercera condición tampoco la cumplo. Pero es que me parece que no soy la única, ni mucho menos. Mucha gente, en un momento u otro, ha contado cosas sobre la familia.

En resumen, que según ese bien intencionado artículo, debería dejar ya de escribir un blog antes de que esto se convierta en algo peligroso para mi estabilidad mental. Como siempre he tenido una extraña querencia por hacer lo contrario de lo que me aconsejaban, voy a hacer lo contrario, que es ahondar más en el tema familiar, porque siento la necesidad de contar la parte de mi historia que nunca he comentado con nadie. Son cosas que todavía me duelen, quizás porque están ahí, escondidas y pudriéndose en el fondo de mi memoria. No sé si sacándolas a tomar el aire se van a esfumar o no, pero es lo que me queda por probar.

Cuando leo lo que otros escriben sobre la cuestión familiar, creedlo, me pongo amarilla de envidia. Todo el mundo tiene recuerdos bonitos de la infancia, de reuniones familiares, de juegos con hermanos y primos y cosas así. Yo siempre me he extrañado de no tener prácticamente recuerdos anteriores a los ocho años. Ahora pienso que puede ser algo que mi cerebro ha borrado precisamente como autodefensa. Es cierto que con el tiempo los momentos malos quedan atenuados, y los buenos, en cambio, se recuerdan vívidamente. Si no fuera así y los malos momentos se siguieran recordando con la misma intensidad, acabaríamos tirándonos a las vías del tren.

Si yo escribo sobre la familia, en cambio, todo sabe amargo. Este post no es ingenioso, ni divertido, no trata de lugares exóticos ni se mete con políticos sinvergüenzas. Es sólo un desahogo, que no pretende más que hacer un poquito de limpieza en mis recovecos sentimentales. Si sirve de algo o no, ya os lo diré.

Mis padres se casaron en medio de una tremenda oposición por parte de las dos familias, que no se trataban antes de la boda, apenas durante, y prácticamente nada después. Mi madre salió de la iglesia ya casada sin conocer todavía a sus cuñadas, y varios de sus cuñados se las habían arreglado para buscarse una excusa para no estar en la ciudad el día de la boda. Mi abuela paterna se negó a ser madrina de la boda y, en general, todo el mundo puso todos los inconvenientes posibles.

En esas circunstancias, lo normal una vez tomada la decisión de tirar para delante, hubiera sido pasar de todo el mundo y hacer su vida, pero ellos se empeñaron en seguir como si no hubiera pasado nada, con lo que vivieron durante muchísimos años en medio de una tensión constante, que no se calmaba, y lo que es peor, nos hicieron vivir a mi hermano y a mi en medio de esa tensión. Mi madre estaba y está convencida de que lo más importante es lo que los demás piensen de nosotros, y que al final somos solamente lo que los demás dicen que somos. Como a ese matrimonio nadie le auguraba más de dos días, mi madre se empeñó en demostrar a todo el mundo que se equivocaba, dando la impresión de que las dos familias estaban encantadas y felices.

En lugar de tratar de vivir feliz, mi madre centró su vida en tomarse la revancha de las humillaciones que para ella supusieron todos los acontecimientos alrededor de su boda. Ella iba a conseguir que mi abuela reconociera su error y acabara considerándola la mejor de todas sus nueras con lo cual, de paso, ella se sentiría rehabilitada ante la sociedad gaditana. La forma de conseguir esto sería dándole a mi abuela los nietos PERFECTOS, muy por delante de todos los demás en todo. Al final, estaba segura, mi abuela agacharía la cabeza, apabullada por el hecho de tener, gracias a ella, los nietos ideales.

Con lo que ella no contaba es que mi abuela y ella tenían ideas muy diferentes acerca de la perfección, y los valores de mi abuela no tenían nada que ver con los que ella nos inculcaba. Por lo tanto, y hasta el fin de su vida, mi abuela y todo el resto de la familia paterna nos siguió considerando con total indiferencia, sin molestarse en disimularlo, además.

Cuando yo nací mi abuela ya tenía cinco nietos, pero todos varones. Después de mí, siguieron llegando: uno, dos, tres, cuatro…, más varones aún. Por eso mi madre se centró sobre todo en mí, más que en mi hermano, porque de momento yo no tenía competencia, otras nietas con las que comparar. Eso explica que las presiones estuvieran centradas en mí.

Fui educada en medio de la incoherencia más absoluta, en medio de consignas aparentemente incompatibles, lo que unido a la tremenda tensión que se respiraba en el ambiente, no contribuyó precisamente a hacer de mí una persona con seguridad y confianza en mí misma. Todo lo que soy, en ese sentido, es fruto de una reconstrucción llevada a cabo posteriormente, que no pudo ser posible hasta que me marché a vivir fuera y encontré gente que me ayudó a tener mejor imagen de mí misma. A veces creo que al final me pasé, pues a veces peco de excesiva seguridad y autoestima. Es muy difícil encontrar el punto de equilibrio cuando tus referencias son tan confusas.

Por ejemplo, hasta el final del bachillerato yo viví totalmente presionada para sacar las mejores notas posibles. Sólo se admitía el sobresaliente, el notable era un fracaso. Con el bachillerato terminado con quince años, hice COU, lo que no servía para nada más que para ir a la universidad, ya que no añadía ninguna titulación. Con el COU terminado y la selectividad aprobada con dieciséis años, con un expediente brillante y la recomendación de todos mis profesores de que hiciera la carrera de Ciencias Exactas, me dicen en casa que qué tontería, que estudiar una carrera para qué. Entonces, ¿para qué esa obsesión por los sobresalientes? Pues se esperaba que mi abuela quedara impresionada, ya que el resto de mis primos no llegaban a esos niveles. Eran inteligentes, pero no se mataban a estudiar, lo que no impidió que la mayoría de ellos hicieran luego carreras brillantes. Como resultado, nada de eso había servido para nada, pues a mi abuela le importaban un bledo mis sobresalientes. Es más, me consideraba un poco rara por todo ello. Y una vez que ya quedaba claro que mis notas no iban a impresionarla, ¿para qué seguir con más estudios? Nadie pensó en qué era lo que a mí me podía gustar o convenir. No sé si os hacéis idea de la empanada mental que se puede tener a los dieciséis cuando ves que en tu casa no hay problemas económicos, que tienes unas notas de sobresaliente y, a pesar de todo, no quieren que sigas estudiando.

Con mucho esfuerzo conseguí que me dejaran estudiar una carrera pero, por supuesto, no fue aquella en la que destacaba; al fin y al cabo, ¿qué tontería es esa de dedicarse a aquello que hacemos mejor? ¿Qué capricho es ese de empeñarnos en lo que nos hace felices? Me permitieron estudiar algo prácticamente opuesto a lo que yo quería, con la esperanza de que me aburriera pronto.

Otro ejemplo. Yo tenía que ser brillante, pero al mismo tiempo no destacar, no llamar la atención. Se me advertía constantemente que en el colegio no me presentara voluntaria a nada. Si alguien me puede aclarar cómo se consigue sacar sobresaliente en todo sin que nadie se dé cuenta, agradecería la explicación.

Tampoco se me facilitó el tener amigas, porque más allá del colegio no me dejaban tener contacto con otras niñas. No podía llevar amigas a casa ni ir a casa de nadie. Crecí bombardeada por la idea de que si alguien demostraba que quería ser mi amiga era mentira, porque en el fondo la gente es muy mala y sólo querrían aprovecharse de mí, para que las ayudara con las tareas, o para usar mis juguetes. Jamás se me dijo que yo podía tener cualidades que hicieran que otras personas me quisieran por mí misma. Esta obsesión de mi madre respondía al hecho de que, en ese plan por conquistar a mi abuela, yo no podía ser una niña callejera, amiga de salir.

A todo esto le podemos sumar que mi familia paterna siguió ignorando todas estas “maravillosas cualidades” y mostrando su absoluta indiferencia por mí sin ahorrarme toda clase de humillaciones. Por ejemplo, mis tías eran ricas, caprichosas y tenían los armarios que se caían abajo de ropa. Se aburrían enseguida de cualquier cosa que compraban y para hacer sitio a nuevas adquisiciones, y de paso humillar a mi madre un poquito más, le daban para mí la ropa que ya no querían. Mi madre, en lugar de tirársela a la cara, la aceptaba con una sonrisa. No iba a arriesgar todo el plan enfadando a mis tías. La ropa que mis tías despreciaban era buena, buenísima, de las mejores marcas, y estaba prácticamente nueva, pero es lógico que una niña de quince años no quisiera vestirse con lo que desechaban unas cuarentonas. Pues mis razones no valían de nada, y mi madre me obligaba a vestirme con ella, pensando que eso haría que mis tías me miraran con más benevolencia. Todo eso acentuaba aún más mi inseguridad y mis complejos, ya que cada vez se me veía más distinta de las niñas de mi edad.

Estos son sólo unos pocos ejemplos, escogidos para que el post sea medianamente inteligible y no demasiado largo pero, como podéis suponer, hay más, bastante más. Básicamente se puede resumir en que mi papel en la vida era tratar de agradar a unas personas que pasaban completamente de mí, para que otras personas se sintieran justificadas.

Cuando mi abuela murió yo tenía veinte años, y estaba en Sevilla estudiando 4º de carrera. Mi madre no había conseguido lo que se había propuesto, pero nunca, hasta el día de hoy, ha reconocido haberse equivocado. Se jacta de habernos educado perfectamente y, lo que es peor, a pesar de mi total docilidad a sus planes, varias veces me ha echado en cara que de las ilusiones que se había hecho conmigo no se han cumplido ninguna.

Yo llegué a Sevilla hecha un lío. Por un lado creía que era un fracaso y que no valía nada. Por otro, empezaba a pensar que a lo mejor aquello no era cierto, porque otras personas opinaban lo contrario. Mis tres amigas del colegio llevaban ya tres cursos estudiando en Sevilla, por lo que no me encontré sola. Vivíamos juntas en el mismo Colegio Mayor y gracias a eso conocí rápidamente a un montón de gente. En la primera semana conocí a P., que fue mi primer novio serio. P. era guapo, simpático, divertido, el alma de todas las fiestas, el “soltero” más cotizado del círculo en el que yo me movía. Hasta ese momento ninguna había sido capaz de “cazarlo” y yo nunca me lo propuse. Estaba convencida de ser alguien insignificante, por lo que no acababa de creeerme que P. pudiera interesarse en mí. Al pobre le costó trabajo convencerme.

Algunos años después, P. empezó a hablar de casarnos. Yo entonces me di cuenta de que no quería casarme con él. Éramos demasiado distintos, prácticamente opuestos en bastantes cosas, y ambos teníamos que estar continuamente cediendo en cosas importantes para no tirarnos los trastos a la cabeza. Era encantador, pero frívolo e irresponsable. Quizás con diez años más habría cambiado, pero en aquel momento no era la persona con la que yo me pudiera casar. Me pareció que no debía tenerlo engañado así que, cuando el pobre menos se lo esperaba, lo dejé. Cuando lo comenté en casa, mi madre me dijo que estaban esperando a que yo lo dejara, pero que si no hubiera sido así, ellos me hubieran obligado a dejarlo, porque no les gustaba y nunca hubieran permitido que nos casáramos. Yo entonces le dije: “Como la abuela contigo ¿no?”. Si ella lo hubiera admitido, lo habríamos hablado. Si se hubiera callado, yo hubiera entendido que lo admitía y quizás me hubiera conformado con eso. Pero lo que hizo fue responderme que no dijera estupideces porque no eran casos comparables.

Esa ha sido siempre la tónica general. La no admisión de fallo alguno y la insistencia en que todo son imaginaciones mías. Hasta el día de hoy. Y yo, mientras tanto, cada vez he tenido más claro que me he pasado media vida pagando por decisiones que otras personas tomaron antes de que yo naciera.

Mis recuerdos de la infancia…

Las apariencias engañan

18 Mayo 2007 kotinussa 10 comentarios

Una vez más. Siempre me ha sorprendido la aparente incompatibilidad entre el supuesto progreso en todos los órdenes en los países del norte de Europa y las noticias que, de vez en cuando, nos dejan atisbar una sociedad que a lo mejor no es tan idílica como nos la pintan.

Hace unos días era la información de que Finlandia y Suecia están a la cabeza de Europa en violencia contra las mujeres, ya que entre el 40 y el 50% de las mujeres de estos países han sido en algún momento víctimas de violencia sexista, y además lideran la lista de asesinatos contra las mismas.

Por otro lado, una polémica con el gobierno cubano ha dejado en evidencia, al parecer, que Suecia trata muy mal a los inmigrantes, los delitos raciales quedan allí habitualmente impunes y los detenidos gozan de pocas garantías. Tanto Suecia como Finlandia, Dinamarca y Noruega han sido consideradas cómplices en el secuestro y traslado ilegal de detenidos a lugares donde pueden sufrir tortura, al permitir en su territorio los vuelos secretos de la CIA. Si a esto unimos el altísimo número de suicidios, el alto grado de alcoholismo y la fama bien ganada de asociales que tienen, por ejemplo, los finlandeses, el panorama no es muy feliz que digamos.

Ahora bien, lo que ya me deja siempre a cuadros es la obsesión que tienen por destrozar la estatua de La Sirenita, hasta el punto de que se están planteando poner la estatua más hacia dentro del mar. Ha sido embadurnada de pintura de todos los colores, la han arrancado del pedestal, la han decapitado y le han arrancado un brazo. En lo que llevamos de año ya ha sufrido, que yo sepa, tres atentados. Siempre ha habido y habrá gamberros, pero creo que ningún otro país tiene, como Dinamarca, un record parecido de vandalismo contra su símbolo nacional.

No sé yo si tanta violencia y odio tiene algo que ver, precisamente, con los cuentos de Andersen. ¿Qué clase de adultos son los que crecen oyendo “La pequeña cerillera”, “Las zapatillas rojas” o “La Sirenita”? Porque recordemos que, hasta que la película de Disney cambió el final, el auténtico final de “La Sirenita” es que ésta tiene que matar al príncipe con un cuchillo o desaparecer ella, y el final feliz no existe. En “Las zapatillas rojas”, la protagonista acaba yendo a casa del verdugo para que con un hacha le corte los pies. Y “La pequeña cerillera” es un sufrimiento de principio a fin. Esto sólo por mencionar tres cuentos de Andersen que recuerdo en este momento, que hay además muchos que no han llegado a ser populares entre nosotros.

En fin, que no me extraña que esos niños nórdicos, que encima con ese clima estarán todo el año encerraditos en casa, terminen de adultos con esos estallidos de violencia dirigidos contra la culpable de que en las largas noches septentrionales se fueran a la cama con el corazón encogido.

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