Posted by: kotinussa on: 5, Julio, 2009
En su pregón en la fiesta del orgullo gay, la cantante Soraya dijo esa frase que ha sido titular en muchos periódicos en la que manifestaba que sentía deseos de pedir perdón por ser heterosexual. Desde luego resulta de lo más políticamente correcta (y ya sabéis que a mí lo políticamente correcto me da una mezcla de risa y vergüenza ajena, según los casos). También muy adecuada para una persona que vive de tener el favor del público, tan veleidoso, y que sabe que los gays la adoran y la imitan. Desde luego, si yo fuera su manager, le hubiera aconsejado que dijera algo así, porque imagino que a la mayoría de los asistentes se les haría el culito agua de limón al oir como un heterosexual prácticamente reconocía en público su vergüenza por serlo.
Pero dejando de lado esta imbecilidad que queda para el ranking de frases estúpidas dichas por personajes públicos de variado pelaje, me ha recordado otros asuntos que me atañen más directamente y que me sientan bastante mal, y es la casi exigencia de que estés continuamente pidiendo disculpas por ser como eres, simplemente por el hecho de pensar o actuar diferente del que tienes enfrente, y todo ello en una sociedad a la que se le llena la boca continuamente con la palabra tolerancia, al mismo tiempo que es más intolerante que nunca.
Yendo a casos concretos, estoy harta de que la gente me eche en cara el que no me tiña las canas, desde mis compañeras de trabajo más jóvenes que yo, hasta mi tía de 84 años. Y que a veces me coja con la guardia tan baja que antes de darme cuenta estoy dando explicaciones y casi disculpándome, en lugar de responder a una impertinencia semejante con otra más gorda, pero totalmente cierta: “Mira, no me tiño las canas porque te engañas pensando que eso te hace parecer más joven. No quisiera por nada del mundo tener tu cara de momia coronada por un pelo negro “ala de cuervo” o pelirrojo “Pipi Calzaslargas”, porque ese color lo único que consigue es acentuar el resto de los rasgos de tu edad, por el contraste. Aunque no te lo creas parezco más joven que tú, porque tengo la suerte de tener un cutis terso sin una sola arruga ni patas de gallo, ni tengo pellejos colgando de los brazos; y unas canas en mi cabeza apenas modifican mi aspecto general, que es el que cuenta”. Por supuesto, cuando tenga otras señales de la edad las asumiré sin ningún problema, y me niego a avergonzarme por estar a punto de cumplir 50 años, como si fuera un hecho deshonroso del que yo fuera culpable o responsable.
Estoy harta de que la gente me eche en cara el que no lleve teléfono móvil o, cuando lo llevo, lo tengo desconectado. “Te he llamado una docena de veces y tienes el teléfono apagado”, te dicen con tono y expresión de riña. En esos casos si que me despacho a gusto y suelo contestar que tengo el teléfono móvil para mi comodidad, y no para la suya. Y en mi comodidad no entra que cualquiera me pueda molestar o localizar cuando le dé la reverenda gana. Si llevo el móvil es para llamar yo si lo necesito, no para estar continuamente a disposición de quien lo quiera.
Estoy harta de que me echen en cara que hace ya unos años que no voy a la playa y, suavemente, hasta me preguntan cómo me atrevo a llevar faldas o vestidos sin mangas sin estar negra como un chorizo. Yo siempre me he puesto muy morena a poco sol que tomara, pero desde hace unos años la playa, y el sol en general, me sientan muy mal. Desde luego, no voy a avergonzarme de tener el color de piel que tengo. Por otra parte, el hecho de no tener la más mínima arruga a mi edad puede tener algo que ver con eso. Suelo contestar que prefiero un millón de veces estar menos morena que tener la cara como el corcho, a ver si la aludida se da por enterada. Pero no, no suelen hacerlo, y aunque están encantadas con su moreno suelen quejarse continuamente de sus manchas, arrugas y demás, intentando paliarlas con cremas, peelings, rejuvenecimentos laser y demás zarandajas de instituto de belleza, de los que se han convertido en esclavas.
En fin, para qué seguir. El caso es que no puedo soportar esa moda de pedir perdón continuamente por ser uno lo que es, y no otra cosa, cuando lo que eres o cómo eres no es nada deshonroso ni dañino para nadie.
Posted by: kotinussa on: 5, Julio, 2009
Ese es el tiempo, más o menos, que he estado ausente de los blogs, incluído el mío. Si habíais pensado que me había ido definitivamente, tened por seguro que, si alguna vez lo hago, no me despediré a la francesa, sino por medio de un post en el que me despida de todo el mundo.
Han sido solamente la coincidencia de un cúmulo de circunstancias (problemas de salud, exceso de trabajo) las que me han mantenido lejos de mi blog y también de los vuestros. Pero ya estoy aquí de nuevo, con más ganas que nunca. Sólo falta que los temas de los que me interesa hablar sigan apareciendo y de que mis musas no se vayan de vacaciones, como decía la canción de Serrat.
Siento mucho si alguien se ha preocupado por mi repentino y prolongado silencio. No era mi intención. Simplemente no tenía en esos momentos la cabeza como para caer en esos detalles. Por otro lado, tampoco creo que mi blog o mi presencia en los demás sea tan importante como para que nadie se haya preocupado por ello, pero de todos modos pido disculpas, porque en muchos temas prefiero pasarme a no llegar.
Así que, lo dicho: Koti cabalga de nuevo.
Posted by: kotinussa on: 10, Mayo, 2009
En uno de los actos del Hay Festival Alhambra 2009, Arcadi Espada (El Mundo) y Miguel Ángel Aguilar (El País) han estado hablando de periodismo y blogs. Por distintas razones las palabras vertidas por uno y otro no tienen desperdicio.
Espada, por su parte, “rechaza el papel de los blogs como parte del oficio periodístico, ya que la inmensa mayoría de ellos no tienen nada que ver con esta profesión, y como ejemplo subraya que no existe aún en España un solo caso de noticia relevante revelada por estas páginas web”. Resulta una afirmación un tanto esquizofrénica, proveniendo como proviene de alguien que en el periódico El Mundo lo que hace es escribir un blog sobre el propio periódico. Es decir, según el afirma, lo que hace en el periódico en el que trabaja no tiene nada que ver con la profesión periodística. Por otra parte, al escoger el ejemplo con que justifica sus palabras restringe el oficio periodístico al hecho de dar noticias, obviando una parte importante de los contenidos de los periódicos, que es precisamente la opinión. De hecho, opinión es lo que hacen en sus periódicos correspondientes Almudena Grandes, Rosa Montero, Ignacio Camacho, Carlos Herrera, Antonio Gala, Elvira Lindo. O lo que hacía el mismo Umbral y otros tantos ya fallecidos. Opinión es también los que hacen la mayoría de los dibujantes, como Forges o Mingote. Es decir, según Espada, gran parte de lo que aparece en los periódicos no tiene nada que ver con el oficio periodístico.
Para más inri, dudo que Espada conozca y lea diariamente todos los blogs de mediana importancia que se publican cada día sólo en España (no digamos en otros países), por lo que resulta muy atrevido por su parte afirmar que “no existe aún en España un solo caso de noticia relevante revelada en un blog”.
Probablemente para Espada los periodistas son aquelos que transcriben literalmente noticias de agencia, plagadas de errores y datos erróneos muchas veces, le colocan la alcachofa delante de la boca a Belén Esteban o al ex-novio de Falete, o dan como noticias simples rumores de las que se tienen que desdecir al día siguiente, lo que hacen sin ningún sentimiento de vergüenza por no haber comprobado las fuentes, o por hacer gala de una ignorancia extrema confundiendo datos clave como nombres de países, de provincias o de personajes. En periódicos tan importantes como El País o El Mundo aparecen diariamente estadísticas disparatadas, confusiones entre millones y billones y ejemplos semejantes que se pueden comprobar día a día en el blog Malaprensa (1).
Por su parte, López Aguilar afirma que “opinar está al alcance de todo el mundo, a diferencia de narrar”. Espada remata la faena diciendo que esto último “cuesta mucho dinero y esfuerzo y no lo pueden hacer los aficionados”.
Personalmente pienso que es precisamente en el apartado de “periodistas que se dedican a la opinión” donde hay más aficionados, aquellos que entienden de todo pero no saben de nada, como tantos columnistas, tertulianos de la radio y otros especímenes parecidos. Lo otro ya no existe, porque el periodismo de investigación brilla por su ausencia. Los periódicos, cada vez más hundidos, no pueden dedicar el tiempo y el dinero necesario y se limitan a clavar lo que, previo pago, les envían las agencias. Por eso nos encontramos muchas veces el mismo disparate a la vez en doce periódicos locales y tres o cuatro nacionales (vuelvo a remitir a Malaprensa).
En cuanto a lo de “aficionados”, me parece que sucede más bien lo contrario, que los periodistas resultan ser blogueros aficionados, porque no conozco ningún caso de un bloguero que se haya introducido a la fuerza en ningún periódico, mientras que muchos periodistas han terminado teniendo blogs, bien en un esfuerzo de “pescar” por ahí algunos lectores más, bien intentando expresarse con mayor libertad y menos presiones que en su periódico.
El caso es que yo sí he conocido en blogs noticias que los periódicos ni han olido, o no les ha interesado publicar por chirriar con la línea editorial del periódico y sus servidumbres políticas. Tampoco conozco a ningún bloguero que se autotitule periodista sin serlo. Así que me parece que si existe algún caso de intrusismo es precisamente al contrario de lo que proclaman estos excelsos periodistas que, sin reconocerlo, se mueren por tener un blog bien frecuentado.
(1) Subtitulado “Errores y chapuzas de la prensa española: números equivocados, gráficos incorrectos, fallos lógicos, conceptos erróneos, mala interpretación de estadísticas o datos científicos…”
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Tal día como hoy, hace dos años: Cuidado con Koti, que muerde.
Posted by: kotinussa on: 1, Abril, 2009
Podría parecer que había desaparecido de la faz de la tierra, asesinada por algún admirador de Sharon Stone que no soportara que me cortara el pelo como ella, o absorbida por mi nuevo disco duro de 2 teras. Pero la realidad es mucho más anodina:
1. Bronquitis tamaño extra que me ha tenido diez días de baja
2. Me recupero a medias y vuelvo al trabajo porque veo que se me echa encima el fin de trimestre y no puedo perder ni un segundo más. Me enredo en una vorágine de exámenes trimestrales, recuperaciones y notas medias.
3. Para rematar, el martes y el miércoles, después de la jornada normal y con todos los niños del instituto hechos un manojo de nervios, cansados e histéricos, un bocata en la sala de profesores y a seguir por la tarde. El martes llego a casa a las 9 de la noche y el miércoles a las 8.
Lo peor es que quedan dos días de clase, que los niños ya saben que las notas están puestas, que están tan agotados como nosotros y no hay forma de que continúen trabajando. Y que la Delegación no nos permite hacer otra cosa que clases normales, en lugar de planear algo extraordinario para matar estos dos días que quedan. Las notas no se entregan hasta la última hora del viernes. ¿Quién es el guapo que convence a los niños en estas condiciones que tenemos que seguir como si nada, empezando ya con el programa del tercer trimestre? Yo, desde luego, en las condiciones que estoy, todavía con la garganta y los bronquios hechos un asquito, me declaro incapaz. Cualquier día de clase normal a medio trimestre es preferible a estos últimos días en los que ya no hay nada que hacer y ni siquiera puedes conseguir que los alumnos se sienten.
Si sobrevivo al jueves y al viernes, ya os contaré.
Posted by: kotinussa on: 18, Marzo, 2009
Empezaré explicando, para los que no se dediquen a lo mío, que además de las clases, las reuniones diversas, las tutorías, las entrevistas con padres y las horas de guardia para sustituir a los compañeros enfermos, en nuestro horario se incluyen también “guardias de recreo”, es decir, pasearnos por el patio intentando que éste se parezca lo menos posible a un patio de instituto: niños jugando al futbol a lo bestia, parejitas morreándose detrás del gimnasio, chavales inconscientes poniendo en peligro su integridad física haciendo toda clase de actividades peligrosas, etc.
Continuaré diciendo que mi centro no es un colegio de primaria, sino un instituto de secundaria. De ello resulta que no hay nadie jugando “al corro de la patata” o “al pañuelito”. Es decir, que todos y cada uno de los alumnos, ya mayorcitos, están dedicándose a todo eso que debes evitar: colgándose de los pies de una portería de futbol, saltando la valla que da a la calle para recuperar una pelota o dedicándose a las peleas en grupo (no pasa nada, profe, es en broma, si son mis amigos).
Es fácil deducir que todo esto es para nada, pues tres profesores no pueden vigilar a más de doscientos niños al mismo tiempo, que además están separados por dos edificios que te impiden verlos a todos a la vez. Ni aunque nos pusieran una torreta y unos prismáticos como los vigilantes de la playa, podríamos controlarlos a todo.
Una vez que haya ocurrido el accidente o incidente, tampoco puedes hacer nada. Aunque la ley te obliga a tener unos botiquines bien surtidos, no puedes darle a un niño al que le duele la cabeza una aspirina infantil, ni siquiera con autorización paterna. Y mucho menos curar heridas, coger puntos o poner una venda. Debes llamar a casa de la criatura para que pasen a recogerla, o llevarla al hospital más próximo, dependiendo de la gravedad del asunto. Pero sin intervenir de otra manera, no sea que los padres pongan un pleito al instituto. En cambio, tanto en mi colegio como en el de mi hermano, había una enfermería donde se pasaban la mañana reparando toda una serie de pequeños desperfectos, y acto seguido te mandaban para clase como si nada hubiera pasado. Y los padres, agradecidísimos.
En fin, que pasa lo que tiene que pasar, que es lo que ha pasado siempre. Nunca falta un alumno con muletas por una mala caída jugando al futbol o una “amable” patada de su amigo del alma. Pero a diferencia de otras épocas, ahora estamos siempre con la espada de Damocles sobre nuestras cabezas, temiendo que cualquier padre te monte un pollo, tanto por no proteger a su niño como por protegerlo demasiado (intromisión en su vida privada). No vale de nada decir que si le has repetido a los niños doscientas veces las cosas que están prohibidas, y el niño las hace de todas formas, algo de responsabilidad debe caerle al angelito.
Por otra parte está lo que también ha ocurrido siempre: que al gordo le llaman gordo; a la que tiene gafas, cuatroojos; al que es bajito para su edad, enano y todo ese repertorio de lindezas y motes que se usa desde los tiempos de los egipcios. Por supuesto, se supone que debemos tener un detector de mentes para saber inmediatamente si a un niño le han dicho algo desagradable cuando no había ningún profesor delante. Y por supuesto, suele servir por parte de los padres como excusa perfecta para todos esos alumnos que no dan un palo al agua, no estudian, no traen el material a clase, dejan los exámenes en blanco y se pasan las horas molestando o, simplemente, durmiendo.
A pesar de toda la cháchara pseudopedagógica con que nos tratan de aturdir, sabemos que pasa lo de toda la vida, que los alumnos buscan siempre la manera de hacer lo menos posible, que son crueles entre ellos, que son egoístas, que estudiar les aburre (porque la verdad es que estudiar, así en general, es un coñazo cuando tienes quince años). Por parte de ellos nada ha cambiado. Y para muestra, un botón.
Década de los 40, en un colegio marianista. Hay un profesor que, como todos, tiene su mote. Éste parece un gran simio, y tiene unas manazas como palas de remo. Le llaman “el Mona”, por supuesto a escondidas. Mi padre llega una tarde un poco tarde a clase y supongo que de los mismos nervios, sabiendo la reprimenda que le espera, se le va la pinza y espeta un alto y claro “Buenas tardes, Mona. Me cago en tu padre”. El Mona se pone tan furioso que parece que le va a dar un ataque y, cogiendo impulso, lanza una de aquellas manazas para darle un guantazo a mi padre, directamente, pedagogía de la buena. Mi padre se agacha a tiempo y la mano del Mona le pasa a dos palmos sobre la cabeza. Después, visita al despacho del director, por supuesto, y castigo. Su suerte fue que en ese momento mi abuelo estaba destinado en Ceuta y mi abuela estaba acompañándole. Los niños están a cargo de “tata Moma”, la niñera que ha cuidado de los doce hermanos y que se quedó en la casa para siempre. Eso lo libró de que mi abuelo triplicara el fallido intento del Mona, pero sin fallar.
Cualquiera que hubiera conocido después a mi padre encontraría difícil creerse esta historia, porque era la persona más correcta y educada que se pueda imaginar. Pero los nervios lo traicionaron en aquel momento de esa manera.
Por eso, porque sé por sus relatos lo que era un patio de colegio en los años cuarenta y luego, por experiencia propia, en los sesenta y los setenta, no voy a echarle la culpa de nada a los niños. Por ahí no ha cambiado casi nada. El cambio está en los gili-padres, en los gili-políticos y en las gili-leyes.
Por cierto, mi padre, con su hazaña, se convirtió en el héroe de la clase durante una temporada, hasta que otro la hizo más gorda aún.
Posted by: kotinussa on: 7, Marzo, 2009
Estoy como niña con zapatos nuevos. Y la culpa es de esta caja negra de aspecto tan anodino que me pertenece desde esta mañana a las 11. Se trata de un disco duro de sobremesa con capacidad de dos TB (2000 gigas). Aunque pesa bastante, su tamaño no es muy grande (20 cm. en su lado más largo).
Al igual que Wolffo con su nuevo ampli, Ali cuando consiguió el coche de sus sueños y Lukre cuando le regalaron el iPhone, la miro arrobada, colocadita sobre mi mesa, una y otra vez.
De momento me voy a dedicar a almacenar las más de 800 películas que tengo, y después ya veremos. Eso, desde luego, me va a tener distraída por una buena temporada. Además, mi mesa y alrededores han quedado totalmente despejados, porque puedo eliminar de un plumazo cinco grandes álbumes de dvd’s y chorrocientas cajas de lo mismo.
Cada cual tiene sus vicios y el mío, por si todavía no lo sabíais, son los aparatos electrónicos relacionados con la informática. No es un tema muy femenino, lo sé, pero para compensar he acabado haciéndome un corte de pelo a lo Sharon Stone (color incluído) y he de reconocer que me sienta bien. Bien maquillada y con los complementos adecuados, luzco de maravilla (por lo menos eso me parece). A ver qué me dicen los alumnos cuando vaya el lunes al instituto.
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Tal día como hoy, hace dos años: Si vas a ponerte delante de un micrófono… no fumes antes nada raro (lo mejor son los comentarios)
Posted by: kotinussa on: 26, Febrero, 2009
Imagina que eres bombero. Pero además uno ya con mucha experiencia, y que está al día de todos los adelantos. Imagina que ves en televisión una serie en la que en un episodio se trata de un asunto relacionado con tu profesión y que el jefe de bomberos o quien corresponda dice una sarta de tonterías y disparates sobre cómo apagar un incendio. O peor, incluso aconseja cosas que pueden resultar peligrosas de verse uno en un caso así.
Te indignas, te quejas, y siempre sale alguien que dice: “Pero no te sofoques tanto, sólo es una serie de televisión”. Pero tú sabes que mucha gente lo habrá tomado en serio, sólo porque el guionista no se molestó en documentarse bien.
Imagina que eres químico. Y un buen día, se estrena una superproducción norteamericana llena de estrellas de primera fila sobre la vida de Marie Curie. Y en esa película resulta que la Curie descubrió el radio y el polonio no por sus propias investigaciones, ni por las de su marido, sino porque se encontró en un desván los cuadernos de notas de otro químico, desconocido, que ya había hecho todo el trabajo y ella sólo lo aprovechó. O bien cuentan la verdad sobre su trabajo pero omiten el “pequeño detalle” de sus premios Nobel. Te indignas, te quejas, y siempre sale alguien que dice: “Pero no te lo tomes tan a pecho, sólo es una película. Seguro que el guionista ha introducido esas variaciones para darle más intriga a la cosa”. Pero tú sabes que para millones de personas esa película será la única vez que se acerquen al personaje de Marie Curie y tomarán a pies juntillas lo que se dice en la película.
Bien, pues eso me pasa a mí continuamente. Soy historiadora. No sólo he estudiado Historia sino que he pasado incontables horas en archivos helados o sofocantes, incómodos o polvorientos, para rascar unos cuantos datos que, convenientemente cotejados con otros y con bibliografía especializada, convertir luego en un libro, un artículo para una revista o una ponencia para un congreso.
Por eso, cuando veo anunciada una película o serie de televisión sobre tema histórico me echo a temblar. Porque sé que no pondrán en documentarse ni la milésima parte de interés que en el vestuario, o en la publicidad. Porque sé que sacrificarán la verdad en aras de la espectacularidad, o en los supuestos gustos de los espectadores.
Me he tragado los veinte episodios de la serie “Los Tudor”. Veinte episodios, nada menos, para contar lo que ocurre desde el momento en que el matrimonio de Enrique VIII y Catalina de Aragón ya hace aguas y la muerte de Ana Bolena. Es decir, sólo una pequeña parte de la vida del rey, por lo que está todo contado con una minuciosidad que no había imaginado antes. Es casi como si lo contaran día a día. Cualquiera que la vea pensará que la documentación y la veracidad son extraordinarias. Pero como en otras películas de tema histórico no vacilan en alterar fechas y datos importantes.
Un ejemplito nada más. En uno de los primeros episodios el rey tiene en 1519 un hijo bastardo con Lady Blount. Efectivamente, así fue. Además el rey hace algo muy importante, ya que en ese momento no tenía herederos varones: a diferencia de otros bastardos reales lo reconoce oficialmente como hijo suyo y lo presenta a la corte dándole el nombre de Henry Fitzroy (lo que quiere decir Enrique Hijo del Rey). Esto quiere decir que tiene un hijo varón reconocido guardado en la recámara para nombrarlo sucesor por si acaso no tuviera herederos legítimos varones más adelante. Esto es trascendental.
Fue criado como un príncipe en el Castillo Sheriff Hutton en Yorkshire. Su padre le tenía mucho cariño y se ocupó totalmente de su educación. Fitzroy fue nombrado conde de Nottingham y duque de Richmond y Somerset. Fue además gran almirante y teniente de los condados al Norte del Trent, cuando se le asignó casa propia, en vistas a prepararle en la administración del reino como paso previo a su legitimación para heredar el trono.
En 1533 se casó con Lady Mary Howard, la única hija del duque de Norfolk. En 1536 se puso enfermo. Pensaron que era tuberculosis y, finalmente, murió en ese año, el mismo año en que fue ejecutada Ana Bolena, justo cuando una ley pasaba al Parlamento para permitir que el rey le pudiese nombrar heredero.
Precisamente su muerte fue una de las acusaciones que se hicieron a Ana Bolena durante su proceso. Hubo sospechas de que ella le hubiera hecho envenenar para que así su hija Isabel se convirtiera en primera heredera al trono. En fin, la eliminación de un virtualmente heredero al trono de 17 años de edad no es un detallito sin importancia en la historia.
Pero en la serie, nada de esto pasa. Según la minuciosísima serie, el niño sólo aparece en dos o tres escenas y muere con tres o cuatro añitos, y se pasa por alto todos los datos anteriores. Por supuesto, en el proceso contra Ana Bolena ni siquiera aparece el tema, puesto que a la muerte de ese niñito Ana no había aparecido en la vida del rey.
A la vista de esto, temo que muchos otros acontecimientos de la serie se presenten de forma falsa, alterada, tegiversada. Porque yo no soy especialista en Historia de Inglaterra, de forma que se me deben haber escapado muchos detalles más.
Muchos pensarán que no se va a hundir el mundo por esa alteración de la historia. Por supuesto, pero, ¿era necesaria? ¿Mejora en algo la auténtica narración de los acontecimientos? ¿Es la Historia sólo un baúl para que los guionistas de cine y televisión no tengan que esforzarse demasiado en busca de buenos argumentos y la cuenten de forma que no haya manera de reconocerla? ¿Tan poca importancia tiene la verdad? ¿Para que nos molestamos en enseñarla si para millones de personas esta serie va a quedar como única referencia, como único acercamiento al asunto?
Tampoco es un inconveniente para los guionistas para mentir el hecho que se trate de un tema mucho más cercano en el tiempo. Cuando se estrenó “Carros de fuego” todavía vivían algunos de los protagonistas de aquellos acontecimientos, muy mayores ya, y para alguno de ellos fue un mazazo ver cómo se atribuían hazañas atléticas propias a Harold Abrahams. Se inventaron algunos de los personajes principales de la película, se ocultaron fracasos de Abrahams y triunfos de Eric Lidell, el otro protagonista. Y todo para mayor gloria de Abrahams. ¿Era necesario todo eso cuando los acontecimientos estaban tan recientes que había aún protagonistas vivos? ¿Merece la pena que por incluir un detalle sin importancia en la película un anciano que había sido nada menos que Presidente del Comité Olímpico Británico viera indignado cómo se atribuía a otro un record logrado por él? Incluso se mintió en detalles de su vida familiar. Aprovechando la coincidencia en el nombre (Sibyl), en la película dan a entender que Abrahams se casa con una popular actriz y cantante de la época, famosa sobre todo por su protagonismo en la opereta “El Mikado”. En realidad se casó con una cantante sustituta a la que nunca llegó a ver actuar en esa obra.
Luego están las meteduras de pata. El entrenador de Abrahams dice en la película que es un problema que el gran atleta norteamericano Jason Shorts sea más alto que él. Luego resulta que eligen para representarlo a un actor al que el otro le saca un palmo de altura.
En fin, para qué seguir. Aunque algunos digan que no merece la pena, yo sigo indignándome. Y porque contar la verdad de todas las épocas lo más fielmente posible es mi profesión, imagino que a cada uno en su profesión le pasaría lo mismo.
Posted by: kotinussa on: 26, Febrero, 2009
Llevo casi las tres cuartas partes de mi vida oyendo hablar sobre ello. Primero, en mis clases de filosofía del bachillerato, después en la Facultad, en distintas asignaturas, y luego en multitud de lecturas de todo tipo: mitología, novelas, ensayos, etc.
Para mí era una teoría completamente comprendida y asimilada, pero sin haber tenido ninguna vivencia que la corroborara. No sé si me explico bien.
Esta madrugada, sin embargo, mientras daba vueltas en la cama intentando dormirme, sin estar pensando en nada concreto, fue como un relámpago de lucidez. Eros y Thanatos. Todo es Eros y Thanatos. Sólo hay Eros y Thanatos.
(Qué post tan extraño me ha salido, ¿verdad? Es que estoy de un estado de ánimo algo raro).
Posted by: kotinussa on: 16, Febrero, 2009
No es un fenómeno nuevo, aunque no podría decir exactamente cuando empezó. Supongo que, como tantas otras cosas comenzaría imperceptiblemente y fue en aumento.
Mis alumnos tienen casi todos entre 12 y 15 años, aunque hay unos cuantos con un año o dos más, por haber repetido alguna vez. Lo lógico sería que estuvieran los chicos pendientes de las chicas y viceversa. Pero ocurre justo lo contrario: los niños con los niños y las niñas con las niñas. Y no sólo porque siempre que puedan hagan grupos por sexos (para deporte, para jugar, para sentarse en clase o para lo que sea), sino porque mientras los chicos no miran otra cosa que no sea un balón de fútbol, las niñas están constantemente, incluso en clase, cogidas de las manos, haciéndose cosquillitas, acariciando el pelo a la que está delante, y abrazándose y dándose besos a la más mínima excusa. Tienen sus agendas escolares llenas de páginas y páginas dedicadas a primorosísimos rótulos con los nombres de sus amigas, que les han costado horas y horas de pintar con rotuladores, purpurinas y otros sofisticados elementos los mencionados nombres rodeados de corazones. Se escriben cartitas con dibujitos, corazones y demás, como si se tratara de la pareja de novios más empalagosa del mundo.
Hace unos días, en mi instituto, se celebró san Valentín como un medio para que los de 4º de ESO reunieran dinero para el viaje de fin de curso. Los alumnos podían enviarse unos a otros flores de verdad, flores de caramelo, adornitos en forma de corazón, ositos de peluche de los que cuando le aprietas la barriga dice “te quiero” y cosas de esas. Bueno, pues contra lo que se podría creer, un 90% de los envíos fue entre chicas. Una niña, que yo sepa, recibió más de sesenta cartas de otras chicas de su edad, donde se juraban amor eterno entre corazones de purpurina y flores pintadas sobre cartulinas de colores, formando algunas sofisticadísimas tarjetas. Otras se gastaron un pastón en enviar claveles a montones de amigas.
Mientras tanto, los chicos, sin comerse un colín. Ni tarjetas, ni flores, ni caramelos, ni nada.
Yo cada vez entiendo menos. Cuando yo tenía esa edad, estábamos en colegios separados. Y nos faltaba tiempo para reunirnos con los niños del colegio de al lado al salir de clase. Y, por supuesto, no gastábamos un duro ni un minuto de tiempo en dibujar tarjetas floreadas llenas de corazones a nuestras compañeras de clase.
Lo dicho: cada vez entiendo menos.
Posted by: kotinussa on: 2, Febrero, 2009
Hace ya muchos años que aprendí a no creerme (ni a creernos) el centro de todas las cosas. Esa tendencia que tenemos frente a otras culturas de creernos superiores en nuestras diferencias y demás, desapareció viaje a viaje, continente a continente.
Una de las formas más divertidas de este aprendizaje ocurrió en 1985, en mi primer viaje a la India. Para ese momento yo ya había viajado a Italia, Grecia, Inglaterra y Egipto, pero a ningún lugar tan exótico como la India.
Después de una noche en tren y un interminable viaje en avión, pasando por Frankfurt y Nueva Delhi, llegamos a Bombay. Además del cansancio, nuestros cuerpos y mentes sufrían del típico jet-lag, y todavía nos quedaba lo peor. No teníamos tiempo de descansar porque había que aprovechar las mareas para ir a la isla Elefanta a ver unos templos excavados en la roca. De modo que nos llevaron directamente del aeropuerto al puerto de Bombay. Delante del impresionante monumento, la “Puerta de la India”, nos soltaron con la advertencia de que no nos separáramos para no perdernos entre aquella masa de gente.
No estábamos preparados para contemplar lo que se desarrollaba delante de nuestros ojos. Una multitud que se movía sin parar a nuestro alrededor, esquivándonos con habilidad, todas las mujeres vestidas con saris y los hombres con dhotis, el traje típico de un blanco deslumbrante, un conjunto de colores en las vestimentas de ellas y en los turbantes de los hombres que nos hacía pensar que estábamos mirando por un caleidoscopio, las flores amarillas, naranja y rosa que adornaban las trenzas negrísimas de niñas y jóvenes, el bullicio… No era raro cruzarse con señores muy mayores que llevaban con la mayor naturalidad turbantes rojos, naranjas, rosa fucsia… Estábamos como alelados. En medio de aquel maremágnum, en medio de aquella masa que parecía saber perfectamente a dónde se dirigía, el grupito de europeos pálidos y boquiabiertos, vestidos con nuestros vaqueros o chinos de color beige y verdoso, y con nuestras camisetas blancas de algodón, era como una isla. Sin decir nada, todos pensábamos ¡qué exótico es todo!
De pronto, se nos acerca una parejita joven y nos explican en un inglés bastante decente que eran de un pueblecito pequeño y que estaban de viaje de novios. Él llevaba una cámara de fotos en la mano y pensamos que nos iban a pedir que les hiciéramos una a los dos juntos. Pero resultó que lo que nos pedían era permiso para hacernos una foto a nosotros. Entonces nos dimos cuenta de que los exóticos, los raros, los extraños éramos nosotros. Por supuesto, nos agrupamos y sacamos nuestras sonrisas para aquella foto, pensando en el momento en que aquella pareja volviera a su pueblo y la enseñara a sus asombrados amigos y parientes, con el comentario de “¡Mirad qué gente tan rara se puede ver en la ciudad!”
Desde entonces, todos tuvimos muy claro que eso del exotismo y la rareza era muy relativo. Y nunca más nos volvimos a sentir el centro de nada.
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Tal día como hoy, hace un año: Bee, el corderito travieso
Tal día como hoy, hace dos años: Catálogo de manías
Para no perderme ni uno