Vivir del cuento

La Feria del Libro de Cádiz está resultando un auténtico sainete.

Primer acto: Inauguración del evento. Pregón de la escritora cubana Zoe Valdés. Los periodistas más piadosos han cifrado la duración del pregón en dos minutos. La mayoría de los asistentes coinciden en que no llegó siquiera al minuto. Teniendo en cuenta los gastos de viaje, alojamiento de lujo, comilonas esplendorosas y los correspondientes honorarios, el segundo de pregón ha salido a miles de euros. Los organizadores están indignados y el resto de la población se chotea a discreción.

Segundo acto: Contamos con la presencia del egregio escritor Boris Izaguirre, que aprovecha su presencia en la Feria para regalarnos los oídos con una tremenda exclusiva: deja la televisión porque el hecho de haber quedado finalista del Premio Planeta le ha convencido de que puede vivir de las letras. No puedo especificaros si ha decidido hacerse calígrafo o grafólogo. O quizás pintor rotulista. ¿Será posible que lo veamos con su latita de pintura y su pincel, plasmando sobre la fachada de una tienda un glamouroso “Modas Yenifer Zoraida”?

¿Cómo? ¿Qué se refería a escribir libros? ¿Seguro que pretende vivir de eso? Porque teniendo en cuenta que muchos ganadores del Premio Planeta, con muchos más libros publicados, muchos más premios ganados y una calidad reconocida más allá del guión de culebrón, declaran humildemente que siguen encadenados a la esclavitud de la columna periodística diaria o semanal, a la impartición de charlas y conferencias, a la enseñanza y a otras actividades para poder vivir, lo de este individuo me resulta de una ingenuidad conmovedora. Carmen Rigalt, Juan Manuel de Prada, Maruja Torres, Carmen Posadas o Fernando Savater, todos ellos ganadores o finalistas del Planeta, podrían hacer que bajara del guindo en un momento.

No sé, que pregunte a Zoe Valdés (finalista del Planeta en 1996) por qué necesita timar al personal con pregones supersónicos. O a Lucía Etxebarría (ganadora del Planeta en 2004) por qué ha tenido que poner un bar para poder comer todos los días. Claro que el bar de Lucía es un bar corriente y moliente, no es de esos donde entrarían Isabel Preysler, Carolina de Mónaco o Paris Hilton, así que veo difícil que Boris ponga los pies en él.

También puede hablar con Rosa Regás (ganadora del Planeta en 2001) y preguntarle qué tiene que hacer para que le asignen a dedo un puesto de esos que debería desempeñar un técnico de carrera y no un experto lameculos de políticos. Así usurparía un sueldo que le permitiría bastantes alegrías.

Temo que el supuesto alejamiento de Boris de la televisión no durará mucho. De momento ha hecho caso de sus colegas de “Histéricos Anónimos” y pretende comportarse casi normalmente. Pero cuando el hambre apriete, recelo que volverá a las andadas.

Tal día como hoy, hace dos años: Políticos y educación (2)

Tal día como hoy, hace un año: Ponga un síndrome en su vida

¡Pobre Doris!

Tengo una pena muy grande, y es que me acabo de enterar de que a Doris Lessing le hicieron la putada de su vida cuando hace ocho meses le concedieron el premio Nobel de Literatura. Por lo menos, eso es lo que dice ella ahora. Concretamente, dice que “lo lamenta”.

En su momento dijo a los periodistas que “estaba encantada pero no sorprendida”, ya que desde hacía cuarenta años su nombre venía sonando en ese sentido. Hizo bromas con los periodistas que acudieron a la puerta de su casa y les regañó por no llevar champán para brindar, ya que a ella no le había dado tiempo aún para comprarlo. También debía estar encantada con el millón y medio de dólares del premio, porque en ningún momento se planteó rechazar la pasta ni nada parecido.

¿Qué ha pasado desde octubre a mayo para que ahora se descuelgue la eximia escritora con declaraciones tales como que “la concesión del Nobel ha sido un maldito desastre” y que “su vida ha cambiado para peor”? Fundamentalmente se queja de dos cosas: a) de que se pasa el tiempo concediendo entrevistas y posando para fotos y b) de que apenas le queda nada del millón y medio de dólares (¡en ocho meses!) porque los ha puesto a nombre de sus hijos, nietos y otros miembros de la familia para no tener que pagar tantos impuestos.

Que yo sepa (y he investigado un poco en ese sentido), la aceptación del premio no conlleva la obligación de conceder entrevistas ni posados a fotógrafos. No es precisamente el certamen de Miss España. De hecho, la enorme cuantía de los premios se fijó para que los agraciados pudieran concentrarse en proseguir su trabajo en bien de la humanidad sin tener que preocuparse de esas cosillas que al resto de los mortales nos dan dolor de cabeza. Es decir, que nadie la obliga a estar todo el día pendiente de la prensa. Aduciendo su avanzada edad y su estado de salud podría llevar actualmente una vida tan aislada como quisiera. Si ha preferido no hacerlo así, estupendo, pero no puede al mismo tiempo quejarse por ello, ya que es una elección personal.

Por otro lado, sus problemas con el millón y medio de dólares tampoco me causan demasiada aflicción. Más bien me suscitan cierto rechazo hacia esta persona, como hacia otras que también se quejan de los problemas que tienen por ser tan ricos. A todos nos fastidia pagar impuestos, pero muchos comprendemos que es algo totalmente necesario. Por otra parte, queda feísimo que quien militó en el Partido Comunista se olvide ahora de esas personas menos afortunadas que ella que se pueden beneficiar con esos impuestos, ¿no?

Total, que el pataleo quejica de esta señora ha deteriorado bastante la opinión que tenía de ella. Y ya, de paso, se me han venido a la mente dos interrogantes bastante incómodos para la imagen que Doris Lessing ha estado cultivado toda su vida:

¿Cómo es que una persona que siempre ha presumido de una ideología muy determinada, acepta un premio de una fundación que se sufraga a base de inversiones en industrias radicalmente opuestas a dicha ideología? Todos conocemos los motivos por los que Alfred Nobel instituyó los premios. La Fundación Nobel es una organización independiente, no gubernamental, que además de propietaria del capital, es responsable de su administración y del órgano central que coordina las distintas Instituciones Nobel. Además está exonerada del pago de impuestos por el gobierno sueco. Pero para mantener el impresionante montante de los premios y todo el gasto que ello lleva aparejado (ya mencioné lo que Nobel se proponía al otorgar unos premios tan grandes) fueron autorizados por el gobierno sueco a la adquisición de acciones en bolsa a partir de 1950. Como resultado de lo cual poseen bastantes empresas o parte de ellas, algunas de las cuales se dedican, por ejemplo, a la venta de armas, caso de la fábrica Bofors y, peor aún, se da el hecho de violaciones a la prohibición de venderlas a países con regímenes que violan los derechos humanos o que estén comprometidos en algún conflicto bélico. Resulta curioso que la señora Lessing, en su día, no pusiera pegas a ese dinero manchado de sangre.

¿Cómo es que la autora de la que se ha considerado la obra cumbre de la literatura feminista sigue utilizando, en lugar de su nombre real, el apellido de un señor del que se divorció hace ya cincuenta y nueve años?

Podría tratarse de una colección de misterios pero me temo que es simplemente hipocresía y pura incoherencia de vida.

Hybris y Némesis

Aracne era una muchacha griega de extraordinario talento para el tejido que se atrevió a desafiar una y otra vez a la diosa Atenea. Cuando, finalmente, la diosa aceptó el reto Aracne sumó a su soberbia la ofensa de representar en su tapiz una visión insultante de los dioses, concretamente del padre de Atenea. Como griega que era, Aracne comprendió, finalmente, que había ido demasiado lejos, cayendo en la que su sociedad consideraba la peor de las faltas, la hybris, caracterizada por la confianza exagerada en uno mismo y en sus obras, unida a la falta de control de los propios impulsos, causando pasiones exageradas, sentimientos violentos y conduciendo inexorablemente a la fatalidad (Ate). Desesperada, intentó ahorcarse. Pero Atenea sintió lástima y la convirtió en araña, tejiendo eternamente su tela. No es Atenea quien la castiga, sino Némesis, encargada de sancionar la hybris, de restituir el orden cósmico natural donde cada uno ocupa su lugar. Atenea, en todo caso, suaviza el castigo. Pero Hybris, Ate y Némesis están siempre unidas, como eslabones de una cadena. Con este mito y muchos otros (Orestes, Prometeo, los hijos de Edipo…) los griegos nos explicaban que la ceguera moral que lleva al hombre a rebasar sus propios límites, la falta cometida, el castigo fatal de los dioses y la desgracia que acarrea dicho castigo son aspectos inseparables.

Todas las culturas llegaron a conclusiones parecidas, expresándolas en diversos mitos. Desear más que lo que el destino nos asigna es desmesura, Hybris, y Némesis nos devolverá al lugar que nos corresponde. La alteración de un orden previo considerado natural no es algo inofensivo, siempre pasa factura, y lo peor es que esta factura usualmente no la paga sólo el culpable, sino que la tragedia toca de paso a muchas más personas.

El caso de Aracne es ciertamente inusual, porque la hybris donde tiene su campo abonado es en el poder y la política. Siempre se ha sabido que el poder engendraba hybris, y que aquellos que tenían en su mano manejar la vida y la muerte de millones de personas estaban, tarde o temprano, destinados a “perder la cabeza” de un modo u otro. Alejados de la realidad, capaces de justificar la violencia o lo que hiciera falta, sordos a los consejos de los más sabios, convencidos de su infalibilidad. Pero vamos a peor.

Hoy día el concepto de Hybris no resulta políticamente correcto, por muchos motivos. Nuestros logros tecnológicos nos hacen olvidar la fragilidad de nuestra terrenalidad. En lugar de educar en una moral de la moderación y la mesura se ensalza la soberbia y la arrogancia, disfrazadas bajo nombres tan aparentemente inofensivos como autoestima. Se presenta la humildad y la modestia como algo risible y que nos puede estorbar en la consecución de nuestros deseos.

El resultado es que la hybris ya no afecta sólo a los políticos y gobernantes. Ya no se trata sólo del poder, sino también del dinero. Deportistas y artistas de todo género sepultados en montañas de billetes que, en un principio, ellos mismos no acaban de creer que sean para ellos. Hasta que terminan creyendo que merecen eso y mucho más.

Pero hay negocio no sólo en quien tiene un mínimo talento, sino también en quien no tiene ninguno. Y estos pobres desgraciados son explotados sin escrúpulos en penosos espectáculos que son como aquellas exhibiciones de “monstruos de feria” que tan de moda estaban hace un siglo. Gente que sólo es capaz de emitir ruidos horrísonos y desafinados se presenta a concursos musicales; chicos y chicas feos, sin estilo, vulgares y ordinarios pretenden convertirse en iconos de belleza y elegancia; gente torpe, sin condiciones físicas y sin agilidad en concursos de baile… Para qué seguir, si todos sabemos de lo que hablamos.

Los innumerables realities de televisión y sus castings previos, que se han revelado como un lucrativo negocio, se han convertido en la mayor fuente de hybris de la historia, sin nada que envidiar a dinastías de megalomaníacos emperadores o a reuniones internacionales de vanidosos y mononeuronales presidentes de gobierno. Claro que, cuando llega Némesis y envía para su casa a un individuo que acaba de hacer el ridículo más espantoso con el mismo numerito con el que toda la familia le viene riendo la gracia desde que tiene cinco años, todavía tiene la arrogancia de ponerse delante de una cámara y espetar a los millones de espectadores a los que acaba de ofender con su torpeza y su falta de talento que “no es justo”. Ahí está el problema. Mientras que a un griego analfabeto nadie tenía que explicarle lo que era Hybris, Ate y Némesis, estas criaturas no lo entenderán nunca.

Tal día como hoy, hace un año: La pasión cogorza turca

Tal día como hoy, hace dos años: Profesores y alumnas

“Diseñadoras”

Hoy no tengo clase por fiesta local: es la feria de El Puerto. Ya hace años que cubrí mi cuota de ferias (Sevilla, Jerez, Sanlúcar y El Puerto, año tras año) y he de reconocer que me lo pasé bien. Tenía veintitantos años, la resistencia física propia de la edad, muchas ganas de divertirme y bastantes amigos con casetas particulares, que son las que merecen la pena. No hay nada más aburrido ni más triste que dar vueltas por una feria sin saber donde dejar caer tus reales posaderas. Sin embargo, tener amigos con caseta propia es como hacer un recorrido por casas donde te han invitado. Allí te encuentras con gente conocida, te convidan a todo y cuando te apetece te trasladas a otra donde también te están esperando. Si te apetece bailar, bailas; si quieres beber, bebes; si tienes hambre, picas algo, pero nada es obligatorio. Puedes hacer que tu pasada por la caseta de Sutano o Mengano sea más corta o más larga, según te apetezca y según el ambiente que haya. Siempre tienes la excusa para irte de que te están esperando en la caseta de Perengana.

Sin embargo, como pasa con todo, llega un momento en que cada vez te apetece menos, sobre todo porque lo has hecho tantas veces que ya cansa. Y porque la edad no perdona y la resistencia física va disminuyendo, por supuesto. Mis alumnos, sin embargo, están en esa edad en que los van dejando ir a la feria solos por primera vez, con sus amigos, y comprendo perfectamente que estén como locos. El jueves y el viernes nos costó horrores que las clases transcurrieran medio normales, y es que la feria, a esas mismas horas, estaba ya en su apogeo.

Muchas niñas llegaron con enormes bolsones para enseñarnos los vestidos que estrenaban este año. Téngase en cuenta que en los trajes de gitana, desde hace algún tiempo, como en todo, hay modas que cambian continuamente. Nada nuevo. Si los fabricantes son capaces de convencer a millones de jovenzuelos de que el vaquero de un año no sirve para el año siguiente porque está totalmente out, con los trajes de gitana pasa lo mismo, aunque cuesten 500 euros. El caso es que la gente compre vestidos todos los años, para que unos pocos “diseñadores” vivan del cuento. Porque dentro del gremio de los “diseñadores” existe, atención, un subgrupo que es el de los “diseñadores de trajes de gitana”. En este subgrupo son mayoría absoluta las mujeres, y por lo general se dan unos aires que dejan chicos a Valentino o a Carolina Herrera.

Así, un año los volantes son de capa, y al año siguiente fruncidos. Un año se adornan con tiras bordadas, al otro con encaje de bolillos y al tercero sin nada. Un año llevan manga hasta el codo y al otro no sólo no llevan mangas, sino que son de tirantes. Un año son de los lunares de toda la vida y al otro de los estampados típicos de los años 60. Un año los volantes empiezan en la cadera y al otro a partir de la altura de las rodillas. Un año llevas escotazo en pico, enseñando canalillo, y al siguiente un escote cuadrado que parece de uniforme de colegio de monjas. Un año están de moda los colores vivos de siempre (rojo, azul, blanco, turquesa, verde), y poco después parece que vienes de un safari (beige, mostaza, verde militar). Por no hablar de los tejidos (percal, piqué, punto, y hasta tela vaquera). Combínese toda esta gama de variantes y se comprenderá que no hay forma de que un vestido esté a la moda dos años seguidos, que es de lo que se trata.

Mis alumnas todavía son muy jovencitas para haberse dado cuenta, pero yo ya hace años que me percaté de que si guardas un traje y lo sacas ocho o diez años después, volverá a estar de última moda, porque tarde o temprano las variantes se agotan y se vuelve a empezar. Ahora mismo tengo en un altillo cuatro vestidos (correspondientes a mi “pasado flamenco“), el más moderno de los cuales me lo hicieron a medida, a mi gusto, pasando de las modas, hace nada menos que diez y siete años, y podría lucirlo hoy sin el menor problema. Como anécdota sumamente ilustrativa os contaré que una compañera de trabajo se compró el año pasado un traje igualito a los que llevaba Marisol en sus películas infantiles y, como es rubia y con los ojos azules, a todos nos daba la impresión de estar haciendo un viaje en el tiempo.

Muchas de mis alumnas están aprendiendo ahora a bailar sevillanas (a bailarlas bien porque, esa es otra, se puede bailar y “bailar”), y el viernes les explicaba yo algunos trucos para que quedara el baile más airoso. Y muchas de ellas me explicaban que con los vestidos que se llevan ahora era imposible moverse como yo lo hacía porque, aunque se supone que son trajes hechos para bailar, con la mayoría de ellos apenas puedes dar unos pasos. Las faldas ahora son tubos superajustados que te obligan a imitar los andares de una chinita de las antiguas, de las de los pies vendados. Aquello me trajo a la memoria un comentario en un programa de televisión que hizo Bibiana Fernández, a quien Vicky Martín Berrocal (1) le prestó para un reportaje fotográfico un traje de los que ella “diseña”, y reconocía que casi la tuvieron que llevar en brazos al sitio donde tenía que posar, porque era casi imposible andar con él. Yo recordaba el traje en cuestión, que era, a la vista, espectacular pero, cuando se mostró por primera vez en un desfile, la modelo, que era famosa y experimentada en llevar por las pasarelas absolutamente de todo, apenas podía andar.

La tal Vicky es un ejemplo clarísimo de esta hornada de “diseñadoras” que, cuando no tienen otra cosa a la que dedicarse, “diseñan”. Hace trajes de gitana horrorosos que no sé como se atreve a mostrar en un desfile, como uno cuya parte superior es una camisa de color caqui, con corbata y todo, acompañada por un sombrero medio pamela/medio salacot y unos guantes de los que se utilizan para conducir, por citar un ejemplo. Si alguien compra ese engendro, se tendrá bien merecido el aspecto de mamarracho que le dará. Porque además, como es fácil comprender, no tiene nada que ver moverse (con dificultad) por una pasarela, y caminar por las calles de una feria con su suelo de albero, sus charcos y sus baches, y encima echarte un baile de cuando en cuando, con el agravante de que ni siquiera te podrás sentar hasta que no te quites el vestido, a riesgo de que te estallen las costuras.

Nada nuevo bajo el sol, que hay listos muy listos porque hay tontos muy tontos.

(1) Me gustaría aclarar que esta señora no representa para nada el prototipo de andaluza. Su tremenda ordinariez y su ignorancia, de la que además hace alarde todo lo que puede en los programas de televisión, como si fuera una seña de identidad, no se puede aplicar sin más a la mayoría de nosotras. El que ahora la saquen en todos lados se debe simplemente a que se ha convertido en una de las mascotitas de cierto canal televisivo, y la pobre no se da ni cuenta.

Si no lo digo, reviento

Ya sé que hoy es el Día del Libro y todo eso. Y que este post puede ser uno de los que me atiborran el blog de comentarios insultantes (borrados sin piedad ipso-facto), pero es que llevo toda mi vida aguantándome, sin decirlo, sin insinuarlo siquiera. Y ya es demasiado para mi cuerpo, que son demasiados años de autocontrol y tarde o temprano todo salta por los aires. Así que he decidido decirlo con toda naturalidad, y que arda Troya.

Odio “El Principito”. Más que odiarlo, me da risa, me produce vergüenza ajena. Sensiblería barata, fraseología cursi de presentación de Power Point y pseudofilosofía de vía estrecha. Eso es lo que me ha parecido siempre.

Resulta que no sé cuántos miles de hispanohablantes lo han elegido como el libro que más ha influído en sus vidas. Por mi parte, sin más comentarios.

Imagino que casi todo el mundo se ha privado alguna vez de decir lo que en realidad piensa de una obra literaria, o pictórica, de esas que todo el mundo alaba y que nadie se atreve a criticar por no parecer ignorante, iletrado o algo peor. Nada más lejos de mi intención que ofender a nadie. Pido perdón por anticipado si lo hago. Pero si tengo un blog es, entre otras cosas, para decir lo que opino sobre lo divino y lo humano.

¿Os atrevéis en un día como hoy, aniversario de la batalla de Villalar, día definitivo de la derrota de los comuneros, a echarle tanto valor al asunto como se lo echaron al suyo Padilla, Bravo, Maldonado y otros tantos? ¿Os atreveréis a nombrar un libro de esos que aparecen en las listas de obras maestras, pero que vosotros no podéis soportar?

Tal día como hoy, hace un año: Cuento de princesas

Tal día como hoy, hace dos años: Aniversarios

Una semana en el paraíso

En los años 60 muchos pueblos españoles quedaron abandonados, o casi. Algunos por la marcha espontánea de sus habitantes a lugares con mejores perspectivas de futuro. Otros porque fueron expropiados por la construcción de embalses, carreteras y demás. Durante décadas, esos lugares fueron pueblos-fantasma, y algunos todavía lo son. Otros comenzaron a revivir de nuevo cuando se empezó a poner de moda el turismo rural.

En los años 80 el Ministerio de Educación y Ciencia pensó que a algunos de esos pueblos se les podía sacar un aprovechamiento educativo y, mediante un convenio con el Ministerio de Obras Públicas (propietario de los mismos), eligió tres de ellos para establecer un proyecto llamado “Programa de Recuperación y Utilización Educativa de Pueblos Abandonados”. Estos tres pueblos son Búbal (Huesca), Umbralejo (Guadalajara) y Granadilla (Cáceres).

Granadilla fue expropiado a raíz de la construcción del embalse Gabriel y Galán. El pueblo quedó intacto, casi totalmente rodeado por el embalse, pero todas las tierras de labor del pueblo quedaron bajo las aguas, y así no era posible vivir allí en aquellos tiempos. Sus habitantes, con lo que habían cobrado por sus tierras y casas, marcharon a diversos lugares. Algunos se trasladaron al pueblo más cercano, Zarza de Granadilla, a 11 kilómetros. Otros aprovecharon para cambiar de vida y se trasladaron a capitales importantes en busca de una vida menos dura.

Desde 1984 Granadilla, como los otros dos pueblos, está dedicado a una experiencia singular. Cada domingo recibe a tres grupos de escolares de veinticinco alumnos cada uno, acompañados por dos profesores, procedentes de cualquier punto de España. Allí, diez y nueve personas se ocupan de organizar toda clase de actividades para los alumnos y cuidarnos con todo cariño. Los objetivos de este programa son varios: que los alumnos aprendan cómo se vivía en la España rural de los años 60, con las labores agrícolas y ganaderas típicas de cada época; inculcar a los alumnos hábitos de vida saludable; enseñarles como pueden, desde sus vidas normales y corrientes, ayudar a la conservación del medio ambiente mediante el aprovechamiento de recursos y la reutilización de todo tipo de materiales; y mostrarles otras posibilidades de ocio que no dependan de una televisión, un ordenador, un teléfono móvil o un videojuego.

Además, cada grupo desarrolla un proyecto concebido por los profesores que los acompañan, y que nos dé la oportunidad de enseñar cosas que no se pueden hacer dentro de un aula. Precisamente es ese proyecto el que decide la participación del grupo en cuestión. Los proyectos enviados se puntúan, y es esa puntuación la que decide qué institutos participarán. Y además los alumnos van totalmente becados por el Ministerio.

Esta es ya mi quinta vez. Y me marcho para allá con tantas ganas o más que cuando fue la primera. Voy con un grupito de veinticinco alumnos de 3º de ESO escogidos por mí, no en función de sus notas, sino como una especie de premio a los alumnos más esforzados, trabajadores, responsables, cumplidores con las normas y buenos compañeros. En resumen, un grupo delicioso, con el que iría al fin del mundo. Después de una semana vuelvo muerta de cansancio, pero merece la pena ver cómo disfrutan.

El lugar es precioso, un pequeño pueblo construido dentro de un castillo, con su muralla completa y su gran torreón. En toda la semana no salimos de allí, ni falta que nos hace. Y se hace muy corto, puedo asegurarlo. Vivimos en las casas del pueblo; un pueblo al que, cuando estaba habitado, nunca llegó la luz eléctrica. Hoy contamos con algunas comodidades. Tenemos luz y agua caliente gracias a paneles de energía solar y las casas fueron restauradas y dotadas de cuartos de baño sencillos, pero modernos.

Y lo más curioso de todo es que la despedida de los tres grupos siempre es idéntica y parece una tragedia griega: todos llorando, abrazados a los demás. Y eso que seis días antes no se conocían. También resulta asombroso para ellos cuando, en el viaje de vuelta en autobús, les recuerdo que llevan una semana sin ver la televisión, sin acercarse a un ordenador ni jugar con la videoconsola. Y se quedan con la boca abierta porque hasta entonces no habían caído en la cuenta.

Pues mañana domingo, a las 11 de la mañana, salimos hacia Granadilla. Volveremos el sábado 19 por la tarde. Es posible que desde allí no tenga muchas oportunidades de conectarme, de leer vuestros blogs, de dejaros comentarios. Pero espero volver con muchas anécdotas para contaros.

Tal día como hoy, hace un año: Cerebro en “stand by”

Tal día como hoy, hace dos años: Los nuevos charlatanes

Olimpiadas, chinos y macizorros de la tele

Es curioso que cuándo nos aburrimos de tomarnos sofocones por cosas realmente importantes pasamos a montar auténticos números de circo por asuntos que en realidad importan a cuatro gatos (por ejemplo, quién nos va a representar en un bodrio llamado Eurovisión que casi nadie ve) o nos rasgamos las vestiduras por temas sobre los que sabemos positivamente que luego NO VA A PASAR NADA, como es el tema del boicot o no boicot a las Olimpiadas. Porque en la cuestión olímpica lo realmente importante es que todo el mundo gana dinero: ganan los que construyen las mega-instalaciones necesarias, ganan los deportistas (sobre todo a cuenta de la publicidad), ganan las marcas de ropa deportiva, ganan las marcas comerciales de cualquier cosa, ganan las televisiones de todo el mundo, y gana hasta el Tato. Y los que no ganan en moneda de curso legal, ganan en especie, a base de comilonas y viajes a los que apuntan hasta al cuñado que les cae fatal.

A mí lo que me tiene con el alma en vilo no es si tal o cual país va a boicotear el evento, o si a la antorcha la apagan unos exaltados al pasar por Benalup de Sidonia (como si eso sirviera para algo), sino cómo será de horrible esta vez la ceremonia de apertura. Con el recorrido vital que una lleva ya a sus espaldas está casi convencida de que no hay forma humana de hacer algo más hortera y aburrido que lo que llevamos visto, aunque supongo que tratándose de China, todo es posible. Es de esas cosas que puedes prácticamente profetizar sin mucho temor a equivocarte: esos dragones sinuosos con miles de chinitos debajo, farolillos de papel, decenas de miles de chinitas vestidas de colores chillones haciendo esa especie de tablas de gimnasia que me traen a la memoria aquellas celebraciones del 1 de mayo de los 60 que nos tragábamos en el Nodo antes de la película. Y mucha pirotecnia, por supuesto.

Hago una salvedad. El numerito del encendido de la llama de Barcelona estuvo original y emocionante, fuera auténtico o ful. Pero aparte de ese detalle, todas las ceremonias de apertura que me he tragado a lo largo de mi vida en la esperanza de ver algo distinto han parecido calcadas unas de otras, y algunas pasando ya la raya del ridículo.

Hasta 2004. En esos días andaba yo por Escocia, y la tarde del comienzo de las olimpiadas me encontraba en un hotelazo de lujo (St. Andrews Bay Golf Resort, cinco estrellas) que está dentro del famoso campo de golf de St. Andrews. Por que os hagáis una idea, fue el lugar que Kevin Costner eligió para su viaje de novios en su segunda boda. No tengo ni idea de porqué aquel viaje incluía aquel hotel, porque no era un viaje especial para aficionados al golf ni nada parecido. Eso sí, los paisajes eran maravillosos, y siempre se agradece pasar aunque sea una noche en un hotel tan lujoso.

Había llegado al hotel a media tarde muerta de cansancio, y aquella enorme cama con su fantástico edredón me llamaba a gritos. Me eché un rato y puse la televisión, y justo empezaba la retransmisión de la ceremonia de apertura de los juegos de Atenas. Y por fin pude ver algo de este tipo que me gustó. El desfile de aquella especie de carrozas donde se escenificaban desde los frescos de los palacios de Creta hasta las leyendas de la mitología, la caracterización de los participantes, que parecían completamente estatuas griegas, el vestuario, la escenografía, todo me pareció precioso.

A la hora de la cena bajé al comedor y me encontré cenando sola en una mesa, frente a otra mesa donde de cara a mí cenaba también solito un macizorro impresionante. Me pasé todo el primer plato dándole vueltas a por qué me sonaba tanto aquella cara. Seguro que lo que comí era algo exquisito pero no puedo ni recordarlo. Sabía que conocía a ese fulano de algo y no podía apartar los ojos de él. Me venían a la cabeza constantemente las imágenes de lo de Atenas que había visto un rato antes, pero esa mezcla me liaba todavía más.

Por fin, a mediados del segundo plato, caí en la cuenta. El tipo era Kevin Sorbo, el protagonista de una serie llamada Hércules que algunos años antes era la preferida de mi ahijado y sus dos hermanos, que me hacían grabar cada episodio y verlos tres o cuatro veces con ellos, todos apretados en el mismo sofá, como a ellos les gustaba. La serie era horrible, pero no tengo más remedio que reconocer que yo tuve parte de la culpa de aquella afición infantil, porque desde que eran muy pequeños los llevaba al museo donde trabajaba, y les contaba todas las leyendas de la mitología clásica. Y siendo en Cádiz, claro, las historias de Hércules se llevaban la palma. A lo mejor por eso, en mi esfuerzo por reconocerlo se mezclaba inconscientemente con todas aquellas imágenes vistas en la tele un rato antes sobre Grecia y sus leyendas.

Hay que reconocer que el chico (no tan chico, es un año mayor que yo pero estaba muy bien conservado) era guapísimo. Me costó un rato reconocerlo, porque llevaba el pelo más corto que en la serie, y con unos vaqueros y una camiseta azul estaba mucho más guapo que enseñando toda aquella cantidad exagerada de músculos. Cuando por fin logré identificarlo me pasé el resto de la cena dudando si acercarme a pedirle un autógrafo para los niños. Al final no me atreví, y eso que, percatándose de que éramos los únicos del comedor que cenábamos sólos, una de las veces que cogió la copa de vino para beber un sorbo me sonrió y la levantó en mi dirección en una especie de brindis.

¡Qué lástima de cena! Posiblemente una de las mejores que tomé en mi vida y no consigo acordarme de nada de lo que comí. Un auténtico desperdicio.

En fin, que por una u otra cosa creo que no me olvidaré de aquella ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de Atenas 2004. Pero pensando en Pekín, me temo lo peor. No dudo de que se van a gastar un pastón, pero tengo la impresión de que el aspecto general me va a recordar más bien la mezcla de aquellos festivales franquistas con los Coros y Danzas actuando en el Bernabeu con la decoración de un restaurante chino de los cutres. Espero equivocarme.

Tal día como hoy, hace un año: Ahora frío, ahora calor

Pobres niños de treinta y cinco años

Cuando era pequeña me entretenía de muchas formas sin necesidad de tener juguetes muy sofisticados. Una vez que superé los cinco o seis años ya no soporté las muñecas. Antes de esa edad tuve una (la llamé Arancha), en forma de bebé pelón. Pero después de Arancha ya nunca más pedí otra muñeca. Pronto se convencieron en mi casa de que si me compraban alguna la abandonaba rápidamente en un rincón casi sin ni siquiera sacarla de la caja. De esta forma, creo que desde los siete años ya no volvió a entrar otra muñeca en casa.

Pero es que las muñecas no eran ni remotamente necesarias para pasarlo bien. Desde esos juegos para los que no hacía falta contar con nada (pollito inglés, el pañuelito, las prendas, el teléfono…) hasta muchos otros para los que bastaba casi cualquier cosa que encontraras en casa (pelota quemada, la china, el elástico…). Podía pasarme ratos enormes haciendo pompas de jabón en la terraza del lavadero, que daba a un enorme patio donde estaban los garajes de la casa, con sólo un vaso y el cilindro de plástico (e incluso de cartón) de una bobina de hilo gastada de mi madre. Y luego estaban los juegos de mesa (esos Juegos Reunidos Geyper, por Dios, que nos duraron años y años). Y los libros, por supuesto.

También teníamos nuestros días o épocas de pasar el rato con lo que entonces parecían gamberradas, como hacer alguna llamada de teléfono al azar con una de esas bromas idiotas con las que nos partíamos de risa, capturar un buen montón de grillos y echarlos en el patio de alguien a quien le tuviéramos manía, para que le dieran la noche, o llamar a un timbre metiendo un palillo de dientes y rompiéndolo de forma que el timbre se quedaba sonando hasta que alguien bajaba a reparar el desaguisado.

En resumen, sin ni siquiera recurrir a la televisión, las tardes, los fines de semana y las vacaciones se nos hacían cortas para todo lo que teníamos pensado hacer. Y lo importante es que hicimos en su momento justo lo que correspondía en cada etapa de nuestra infancia.

Luego vinieron generaciones de niños que, a la edad en que los de mi época estábamos leyendo Robinson Crusoe (1), las novelas de Stevenson, de Julio Verne o de Mark Twain, seguían leyendo la historias de “Regina, la araña que quería ser gallina” o de “Casimiro, el jilguero friolero”. Creo que gente como Gloria Fuertes y demás, con toda la buena intención del mundo, contribuyeron mucho a mantener a los niños en un estado de cuasi-imbecilidad hasta que llegaban a la mayoría de edad, ya sin la posibilidad de recuperar esos años perdidos.

Después vinieron los niños que sólo se divierten si están conectados a una máquina, sea televisor, ordenador, Play Station o móvil. Eso, por supuesto, tarde o temprano pasa factura. De pronto te encuentras con treinta o cuarenta años y echas de menos lo que tenías que haber hecho a los seis, a los once o a los catorce años.

De unos pocos años a esta parte se ha puesto de moda que grupos de adultos, convocados por teléfono móvil o internet, se reunan para hacer de una forma casi improvisada esas cosas que deberían haber experimentado en su más tierna infancia. Una batalla de almohadas en mitad de una plaza, entrar varios cientos de personas en la misma librería para preguntar por libros que no existen, hacer pompas de jabón en la calle, montar numeritos idiotas en unos grandes almacenes, etc… La próxima convocatoria es reunirse en los alrededores de Atocha y quedarse inmóviles durante cinco minutos, como cuando nosotros jugábamos a pollito inglés.

Reconocen que nunca se habían divertido tanto. Y yo me lo creo, pero no me dan ninguna lástima, pues tuvieron la oportunidad de ser unos niños normales y haberse divertido entonces eso y mucho más. Lo que ocurre es que no les dio la gana.

Lo realmente patético es que luego lo cuentan como si en vez de ser el resultado de una pequeña tara de su personalidad, su acción fuera algo vital para la humanidad. Te comentan que no tiene ningún significado político, pero con la boquita pequeña, queriéndonos dar en realidad a entender que es un mazazo en la cara del “sistema”, que aunque no lo percibamos están luchando contra la deshumanización del mundo actual y esas cosas. Todo muy trascendente.

Así que ya sabéis. Si cualquier día os encontráis a un grupo de adultos en la calle haciendo el ganso de una de estas formas, se trata solamente de un grupo de desgraciadillos que, por ser unos niños bastante anormales, ahora se ven en la circunstancia de ser unos adultos también bastante anormales.

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(1) Por cierto, hace sólo unos días en una clase de 4º de ESO comprobé que a los alumnos de quince años ni siquiera les sonaba “Robinson Crusoe”. Por sus caras era como si les hubiera preguntado si habían leído el “Ulises” de Joyce.

Tal día como hoy, hace un año: Sic transit gloria mundi

Ponga un síndrome en su vida (III)

Los viajes son causa de muchas decepciones. Tenemos un primer grupo de decepciones formado por los engaños, estafas e incumplimientos de agencias de viajes, compañías aéreas, etc. En rigor, una gran parte de esas decepciones podrían ser evitadas, ya que en parte se deben a sostener contra todo pronóstico que en algunos sitios regalan duros, no ya a cuatro, sino a dos pesetas. Si un hotel sale baratísimo y al mismo tiempo promete un lujo excepcional, algo raro pasa; si un pasaje de avión cuesta la mitad que el mismo en otra compañía, la hora de salida del vuelo será altamente inconveniente, por ejemplo. En resumen, la acumulación de ese tipo de decepciones será directamente proporcional a nuestra ingenuidad. O también al hecho de que estemos firmemente convencidos de ser mucho más listos que el resto de los mortales. En ambos casos, culpa nuestra.

Un segundo grupo de decepciones tienen su origen en el hecho de viajar a un lugar en un momento inadecuado. No es lo mismo viajar a Grecia en agosto que en enero, o visitar la India en plena temporada de monzones. Si uno no puede escoger cuándo viajar debe sopesar los posibles inconvenientes y, en cualquier caso, no quejarse después. Me resulta sorprendente que año tras año haya gente empeñada en viajar al Caribe en fines de agosto o septiembre, y que luego se indigne por haber pasado las vacaciones encerrada en una habitación de hotel mientras fuera ruge un huracán. En el fondo, volvemos un poco a lo dicho anteriormente, o a ver si no por qué va a existir lo de temporada alta, media o baja, con enormes diferencias de precios.

En este grupo incluiría a los que se empeñan cada Semana Santa en ir a una playa española. Por supuesto que puede darse el caso de unos días espléndidos, pero hay que reconocer que es la excepción más que la regla, lo que no es de extrañar porque estamos al comienzo de la primavera, ni más ni menos. Cada año, en los telediarios, se ven imágenes de rostros compungidos de paseantes que deambulan por paseos marítimos arrasados por temporales, sintiéndose muy desgraciados porque no han podido sacar el bañador de la maleta.

Un tercer grupo de decepciones se debe al hecho de no conocernos a nosotros mismos. Si somos de los que le hacen ascos a todo lo que no sean las croquetas de mamá, lo tenemos claro. Si nos gusta la bulla y el trasnoche, una casa rural en mitad de un valle de Cantabria puede no ser lo adecuado.

Hasta aquí se podría decir que de todas esas decepciones nosotros mismos somos los culpables, por no haber recabado la información necesaria o por empeñarnos en negar la realidad. Pero hay otras decepciones mucho más difíciles de evitar, que son las que nacen de la diferencia entre nuestras expectativas al planear el viaje y la realidad que nos encontramos. Por ejemplo, cuando has visto cientos de veces fotografías de un monumento o una obra de arte en un libro, y cuando lo tienes delante experimentas la desilusión de encontrarlo más pequeño, menos impresionante o no tan bonito como pensabas. A mí me sucedió con el interior de la catedral de Santiago, que me pareció bastante insignificante para lo que esperaba.

Eso, ni más ni menos, es lo que suele suceder con las ciudades más idealizadas por la literatura y el cine, y en su caso extremo da lugar al llamado “síndrome de París”. Está descrito en la literatura médica desde 2004 y parece ser que afecta sobre todo a los japoneses. Llegan a la ciudad con el tópico incrustado en las circunvalaciones cerebrales y se encuentran con la mala educación de sus habitantes y el individualismo que contrasta con el espíritu de grupo habitual entre ellos, y sufren un auténtico shock cultural. No debe tratarse de casos aislados, ya que la embajada japonesa dispone de un teléfono que atiende a estos casos las 24 horas del día, teniendo previsto incluso el ingreso en hospitales, y los hoteles más exclusivos proporcionan los servicios de psicólogos especializados. En la mayoría de los afectados los síntomas remiten con este primer tratamiento, pero más o menos una docena de japoneses al año deben ser repatriados rápidamente ante el estado de ansiedad y los ataques de pánico que sufren. Los casos más graves han desembocado incluso en intentos de suicidio.

Por la inactividad que he podido observar esta semana en los blogs que leo habitualmente intuyo que muchos habréis estado fuera de casa. Espero que no os haya atacado ningún síndrome allá donde hayáis estado pero, en cualquier acaso, os ofrezco también la idea como coartada laboral para alargar unos días más las vacaciones.

Tal día como hoy, hace dos años: El tema de moda

Me sobran treinta años

Llevo cinco días de vacaciones. Cinco días de tranquilidad absoluta, sin horarios, sin obligaciones. En esos cinco días he empezado tres post distintos, que he desechado a los pocos párrafos, porque me he dado cuenta de que lo que quiero escribir es otra cosa. Algo que no se me ha ocurrido de pronto, algo sobre lo que he reflexionado muchas veces, algo que no es producto de un disgusto, de un arrebato, de una alteración de cualquier tipo. Al contrario, es el resultado final de una meditación que sobreviene cuando no estoy agobiada por los compromisos y las prisas.

Nunca ha salido de mi cabeza, nunca lo he comentado con nadie, nunca lo he dicho en voz alta. Lo escribo aquí porque me apetece, pero no es mi intención comenzar una discusión sobre el tema. No espero que nadie me dé la razón ni que me la quite. Por eso este post tiene deshabilitada la opción de dejar comentarios.

Tengo cuarenta y ocho años. En circunstancias normales se puede esperar que viva otros treinta en buenas condiciones, si no más. Quitando el tema de la fibromialgia, ahora bastante controlado, tengo una salud de hierro. Tengo un trabajo que, aunque nunca fue mi primera opción, me gusta, aunque tampoco tengo la menor intención de hacer de mi trabajo el motor de mi vida. No es para tanto. Es algo que muchísima gente puede hacer tan bien o mejor que yo, y donde no se notará para nada mi ausencia cuando ya no me dedique a ello. De la que fue mi primera elección, la arqueología, disfruté los años que pude hasta que físicamente ya no me sentí capaz. Fueron unos años estupendos, sobre todo por la gente que conocí y que me llevó además a hacer todos esos viajes maravillosos que, hasta el día de hoy, creo que es lo mejor que he hecho en la vida.

Tuve mi correspondiente época de “vanidad intelectual”, cubierta suficientemente con publicaciones, conferencias, cursos, etc. De aquellas inquietudes sólo queda pereza y hastío cuando veo cómo la gente es capaz de pegarse puñaladas traperas con tal de conseguir que su nombre figure en negro sobre blanco en determinados lugares.

Gano más dinero del que necesito. Aunque me doy algunos caprichos, en general soy una persona austera. No debo a nadie ni una peseta y tengo unos ahorritos que me dan cada mes una renta de más de 500 euros limpios. Como no tengo necesidad, no toco para nada esa renta ni tampoco parte de mi sueldo, de forma que mi capital aumenta poquito a poco. Y eso que todavía no he heredado a nadie de mi acomodada familia. Sin embargo, no tengo ningún proyecto futuro en el que emplear ese dinero. No tengo hijos ni sobrinos, así que por ahí tampoco hay planes.

En mi familia son muy aficionados a hacer testamentos continuamente, en un intento de controlar férreamente lo que pase con sus bienes después de su muerte. Yo ni siquiera me he planteado hacerlo. Siento bastante desapego por todo lo material hasta el punto de que me da exactamente igual lo que vaya a ser de lo mío cuando yo muera. Creo que no soy egoísta, pero tampoco una filántropa. No me siento con energías suficientes para dedicar mi tiempo libre a hacer buenas obras, ni creo que eso fuera a llenar mi vida en absoluto.

Hasta ahora he vivido muy bien, lo reconozco. No tengo quejas, aunque en varias ocasiones de mi vida me impidieron tomar el rumbo que yo había decidido. Pero vamos, que tampoco ha sido para hacer una tragedia de ello. En general, sólo puedo estar agradecida a la vida.

Pero ya está. He ido quemando etapas y he llegado a todas mis metas. Habrá quien crea que eso ocurre porque me he puesto metas muy poco ambiciosas. Es posible, pero tampoco envidio a los que se las han puesto tan altas que todavía siguen corriendo hacia ellas. Tengo el convencimiento de que nada puede despertar ya mi interés durante algo más que un rato o unos días. Carezco de proyectos y de objetivos para el resto de mi vida. La sola idea de que los próximos treinta años sean una simple y monótona repetición de lo que está siendo el momento presente puede hacer que me olvide de lo que me ha gustado mi vida hasta el momento.

En resumen, que me sobran los próximos treinta años. No me importaría lo más mínimo quedarme dormida tranquilamente y no volver a despertarme. Ni siquiera pediría un pequeño margen de tiempo para hacer esas cosas que algún día quise hace y nunca pude. Al contrario que en la película de Jack Nicholson y Morgan Freeman (Ahora o nunca), si me anunciaran que me quedan X meses de vida, creo que me limitaría a no hacer nada. Y dudo mucho siquiera que se lo contara a alguien.

Me parece bastante penoso que personas de mi edad, más jóvenes y más viejas, estén muriendo cuando todavía sienten que les queda tanto por hacer. Que hace sólo unos días muriera el padre de unos alumnos míos, dejando solos a dos niños extraordinarios de 15 y 13 años; que mi amigo J. esté ahora mismo en un hospital, muriéndose de un cáncer que hace sólo un mes todavía no había dado la cara; o que Anthony Minghella no vaya a poder dirigir otras películas preciosas que seguro tendría en mente.

Es una lástima que no se puedan regalar años de vida.

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